Comprada por el príncipe

Capítulo 10

(Aurora)

Después de volver de la costurera decidí no salir más de la posada. Andar paseando por la calle era demasiado arriesgado, aunque me aburriera, era preferible quedarme aquí y esperar a que el príncipe mandara por mí.

No tuve que esperar demasiado, dos días después llegó un mozo a la posada a preguntar por mí. Era innegable que estaba molesta con Gregor por haberme olvidado estos días, pero también estaba contenta de no tener que permanecer más tiempo aislada en la habitación.

El carruaje, que no pertenecía a la realeza, sino que parecía alquilado, me llevó hasta una casa a las orillas de la capital a una colonia con aspecto elegante, de casas de buen tamaño sin llegar a ser esas suntuosas mansiones donde vivían los más ricos del reino. El barrio debía pertenecer a gente que aún no llegaba a la cima social, pero que ya podía considerarse de clase alta. El chofer se detuvo frente a una casa de varios pisos. La miré desde la ventanilla preguntándome si realmente era esta la casa en la que el príncipe iba a hospedarme. Parecía excesivo, además de que dudaba que los vecinos estuvieran conformes con tener que compartir su vecindario con una querida como yo. Claro que era improbable que Gregor hubiese declarado a quién pensaba hospedar.

Salí del carruaje y crucé la reja de acceso, caminé por el camino de piedra bordeado de tulipanes que llevaba a la entrada principal. Pensé con ironía que era lugar ideal para que Aurora Katz y su tía imaginaria pasaran sus vacaciones en la capital.

Un mayordomo uniformado me abrió la puerta.

—Bienvenida a su casa, señorita Katz —me saludó haciéndose a un lado para dejarme pasar.

Entré a un amplio recibidor, del lado derecho se encontraban las escaleras que daban acceso a la planta superior, a mi izquierda se encontraba una sala completamente amueblada y al fondo parecía estar el comedor.

Contemplé encantada mi nueva casa, no esperaba que el príncipe me procurara un lugar tan acogedor y bien provisto.

—¿Te gusta? —escuché su voz desde lo alto de la escalera.

Por más encantada que estaba, eso no evitó la mueca de reproche que le dediqué al verlo.

—¿Sabe usted que es un desconsiderado de lo peor? —le reclamé.

—¿Disculpa? —dijo desconcertado por mi hostilidad. Sus ojos no se despegaban de mí mientras bajaba las escaleras para llegar a donde yo estaba—. ¿Me perdí de algo?

—¿Dónde estaba? Han pasado tres días desde que quedó de ir por mí, lo estuve esperando —le reclamé.

Una sonrisa de pilluelo se dibujó en sus labios, como si mi enojo lo divirtiera.

—Lo siento, Aury, mis hermanos me culparon por haber llegado tarde al baile, así que mi padre se la agarró contra mí y me obligó a ser su sombra. Hasta ayer pude librarme el tiempo suficiente para encontrar esta casa y luego tuve que mandar a amueblarla y conseguir al personal que la atendiera… no ha sido poca cosa —se justificó.

—¿Y no podía enviar una nota? ¡Me dejó a mi suerte! De no haber sido por su hermano mayor, habría acabado durmiendo en la calle —me quejé.

—¿Alexor? Me temo que no estoy entendiendo —dijo con la frente arrugada—. ¿Qué tiene que ver Alexor con esto?

—No tenía dinero para pagar la posada, así que tuve que abandonarla. Mientras vagaba sin rumbo por la calle principal, me topé con su hermano y su esposa.

—¿Conociste a Triana? —preguntó sorprendido.

—Sí, tuvimos que inventarle un cuento de que yo estaba aquí de vacaciones con una tía.

—¿Y se lo creyó? —preguntó a punto de estallar en una carcajada.

—Sí, pero ese no es el punto —chillé—. Su hermano terminó dándome dinero para pagar la posada, de otro modo no sé qué habría sido de mí.

Gregor irguió la espalda, su semblante se volvió serio, como si algo lo hubiera disgustado.

—¿Y qué te pidió a cambio? —quiso saber en tono suspicaz.

La implicación de sus palabras encendió aún más mi ira.

—¿Qué está insinuando? ¡Nada de eso! Lo hizo por ayudarme, por supuesto que no pidió nada a cambio y, aunque así hubiera sido, yo jamás habría accedido. ¿Qué clase de mujer cree que…?

No acabé la pregunta, pues me di cuenta de lo ridícula que sonaba ¿Qué clase de mujer cree que soy? Pues la que vende su afecto a cambio de unas monedas, justo esa era la clase de mujer que era.

—Oye, tranquila. Yo solo quise saber, Alexor es calculador, no es del tipo caritativo. Por eso pregunté —se justificó.

—Bueno… —dije más tranquila—. En realidad, sí me pidió algo… alejarme de su familia. 

—¡Ah, ya sabía yo! —exclamó con una sonrisa autosuficiente.

—Lo que me molesta es que a usted no le haya pasado por la mente que yo lo necesitaba. Se desapareció tres días y jamás se preguntó si estaba pasando carencias —le reclamé.

—La verdad es que no creí que fuera un problema —dijo encogiéndose de hombros—. Por supuesto que iba a pagar por el resto de tu estancia, es más, el mozo que envié tenía instrucciones de saldar la cuenta en la posada. No tenías necesidad de abandonarla, iba a cubrir todo lo que consumieras.




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