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Licencia para hacer sufrir y el arte de pensar como él

A lo largo de este viaje, Manuel no ha estado a ciegas en absoluto. Yo le enviaba capturas y le contaba al 100% las reacciones de los lectores beta. Él sabía al segundo si gustaba lo que hacía, qué opinaban de él y cómo reaccionaba la gente a su historia.

Sin embargo, por motivos de su propia vida, Manuel tuvo que desaparecer un tiempo del proyecto. Y ahí me vi: totalmente sola ante el peligro. Sin supervisión.

Fue en ese momento cuando tomé las riendas absolutas de todo. Pero claro, tenía que avanzar con una regla de oro inquebrantable en mente: no escribir nada con lo que Manuel no estuviera de acuerdo.

El problema (o la ventaja) es que a esas alturas yo ya conocía a Manuel mucho más de lo que cualquiera de los dos está dispuesto a admitir públicamente. Como él mismo suele decir, soy un libro abierto... y bueno, digamos que hay cosas de su mente que yo no sé si debería saber, ¡pero las sé!

Por eso, antes de irse, solo me hizo una petición desesperada: que mantuviera a raya a mi "yo sádico".

Mi reputación me precede

A ver, no lo dijo exactamente con esas palabras, pero seamos honestos: tengo una reputación un poco... peculiar a la hora de escribir y leer. Me gusta el drama, me gusta que duela y me gusta jugar con las emociones.

Yo conozco a mis lectores (al menos a una parte, y espero llegar a muchos más por aquí), y sabía perfectamente que ellos querían y esperaban algo más de lo que les estaba dando en los primeros borradores. Por otro lado, comprendía perfectamente el punto de vista de Manuel y sus límites (los cuales no os puedo desvelar ahora porque el spoiler sería monumental; lo dejaremos para dentro de trescientos años, cuando ya os hayáis leído el libro).

Así que le propuse un trato. Le prometí que respetaría al 100% su petición principal si, a cambio, me dejaba tratar a su personaje como se merece, pero dándole sutilmente a los lectores lo que querían de él.

Y sí, señoras y señores: lo convencí.

Eso sí, el trato se cerró bajo la condición de que respetara ciertos acuerdos inquebrantables. Pero claro, como ya sabéis por el capítulo anterior, a esta autora se le da terriblemente bien romper pactos... jiji. Por eso Manuel vive ahora mismo en una ansiedad continua cada vez que ve que avanzo en el borrador.

El reto de pensar en masculino

Más allá de los pactos, hubo un desafío enorme en todo esto: es raro ser mujer y tener que pensar exactamente como un hombre. Ponerme en sus zapatos, reaccionar como él lo haría en el siglo XIX, respirar su masculinidad y plasmarla con fidelidad fue un ejercicio mental increíble.

Pero al final, el esfuerzo valió la pena. Logré captar su esencia pura. Hice sufrir de lo lindo a mis lectores beta durante el proceso (cosa que, obviamente, disfruté muchísimo), pero al final les encantó.

Espero de corazón que los nuevos lectores que lleguéis a Petricor paséis por esa misma montaña rusa de emociones y sufráis un poquito conmigo, porque os prometo que quedarse hasta el final merece, y mucho, la pena.

El confesionario...

Hoy os he desvelado mi faceta más "peligrosa" como escritora, así que os toca hablar:

¿Sois del equipo de lectores que disfrutan sufriendo con una buena dosis de drama, o preferís que todo sea un camino de rosas?

Manuel, si estás leyendo esto... ¿cómo llevas la taquicardia de no saber qué he escrito en el último capítulo?

¡Les leo abajo! Nos vemos en la próxima entrada para seguir descubriendo los entresijos de este viaje.



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En el texto hay: autor, canarias

Editado: 11.10.2026

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