Corazón de diamante

¿Despertarás?

Todos esperaron que Alis despertara pronto.

Primero hablaron de horas.

Después de días.

Luego dejaron de ponerle una fecha.

La flor medicinal sobre la que descansaba permanecía iluminada día y noche. Sus pétalos regulaban la temperatura de su cuerpo y pequeñas raíces absorbían energía del ambiente para entregársela lentamente.

Sus heridas habían sanado.

Su respiración era estable.

Su corazón continuaba latiendo.

Pero Alis no despertaba.

Durante las primeras semanas, Zayet prácticamente convirtió una de las habitaciones del castillo en un lugar de investigación. Libros antiguos se acumulaban sobre las mesas, pergaminos permanecían abiertos por el suelo y decenas de fórmulas llenaban las paredes.

Probó hechizos.

Plantas.

Estimulantes mágicos.

Métodos antiguos para restaurar núcleos debilitados.

Nada.

Alis continuaba durmiendo.

También se construyó un portal artificial hacia el mundo humano.

Dan recibió la noticia directamente de la reina.

—Puedes regresar si lo deseas.

Dan miró hacia el portal.

Durante unos segundos pudo ver al otro lado.

Su mundo.

Su vida.

Todo aquello que había dejado atrás.

Después miró hacia la habitación donde dormía Alis.

—No.

Lía permaneció en silencio.

—Dan, no sabemos cuándo despertará.

—Lo sé.

—Podrían pasar meses.

—Entonces esperaré meses.

—También podrían ser años.

Dan bajó la mirada.

—Entonces esperaré años.

No cruzó el portal.

Y el tiempo continuó.

Los días se transformaron en semanas.

Las semanas en meses.

Y Sion comenzó lentamente a acostumbrarse a vivir en paz.

Leo fue reconocido oficialmente como miembro de la familia real.

El hijo perdido de Lía regresaba finalmente al lugar que le correspondía dentro de la corona y, al no encontrarse Alis en condiciones de asumir ninguna responsabilidad, comenzó a prepararse como sucesor al trono.

Su relación con su madre cambió.

Al principio ambos parecían desconocidos intentando recuperar años imposibles de devolver.

Pero Lía decidió no desperdiciar los que todavía tenían.

Le enseñó la historia del reino.

Las leyes.

Las relaciones entre círculos.

Cómo escuchar a un consejo sin permitir que este gobernara por él.

Cómo tomar decisiones cuando ninguna opción parecía correcta.

—Ser rey no significa conseguir que todos te quieran —le explicó una vez mientras recorrían el salón del consejo—. Significa aceptar que algunas decisiones harán que te odien.

Leo sonrió.

—Definitivamente sabes cómo motivarme.

Lía le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Todavía puedo arrepentirme y buscar otro heredero.

Leo rio.

También se volvió cada vez más cercano a Hadda.

Al principio compartían conversaciones ocasionales.

Después entrenamientos.

Más tarde comenzaron a buscarsi incluso cuando no existía ninguna razón para hacerlo.

Nadie decía nada.

Pero Lía comenzó a notarlo.

Y también sonreía cuando los veía juntos.

Texa y Zayet se instalaron con su familia cerca del castillo.

Su presencia provocó algo que nadie había previsto.

Pertenecían a grupos diferentes.

Durante generaciones, aquellas diferencias habían alimentado desconfianza y desprecio entre círculos.

Sin embargo, allí estaban ellos.

Una familia.

Y poco a poco su existencia comenzó a derribar prejuicios que parecían imposibles de eliminar.

No desaparecieron completamente.

Pero por primera vez comenzaron a debilitarse.

Silfret también cambió.

La investigación posterior a la batalla reveló la participación de su padre en los acontecimientos que habían puesto en peligro al reino.

Fue declarado traidor.

Para Silfret aquello fue un golpe difícil de soportar.

Sin embargo, nadie pudo acusarlo de compartir las acciones de su padre.

Había combatido por Sion.

Había arriesgado su vida.

Y continuó haciéndolo.

Con el tiempo fue ascendido a capitán de las fuerzas encargadas de proteger las zonas cercanas al reino.

El muchacho que alguna vez había seguido a Alis para evitar que se metiera en problemas ahora daba órdenes a decenas de soldados.

Pero había algo que nunca cambió.

Cada vez que regresaba al castillo...

visitaba a Alis.

Jamet tomó un camino diferente.

Nunca había pertenecido realmente a ningún círculo.

No tenía alas.

Su vuelo era diferente.

Su habilidad tampoco encajaba completamente entre las clasificaciones tradicionales.

Podría haber aceptado un puesto dentro del castillo.

No quiso.

Terminó uniéndose a los químicos botánicos de los Olfatos.

Al principio algunos se opusieron.

Jamet ni siquiera poseía su habilidad característica.

Pero su conocimiento de sustancias, plantas, reacciones y compuestos era demasiado avanzado para ignorarlo.

En poco tiempo dejó de importar a qué grupo pertenecía.

Su trabajo hablaba por él.

Aun así, todos los días repetía la misma rutina.

Al atardecer dejaba el laboratorio.

Cruzaba el castillo.

Y visitaba a Alis.

Casi siempre encontraba a Dan allí.

Algunas veces hablaban.

Otras simplemente permanecían en silencio.

Jamet se sentaba junto a la flor, revisaba la energía de Alis y después regresaba a trabajar.

Al día siguiente hacía exactamente lo mismo.

Pasó un año.

Alis no despertó.

Después dos.

Nada.

Al tercer año, la esperanza comenzó a convertirse en algo diferente.

Nadie lo decía delante de Lía.

Mucho menos delante de Dan.

Pero todos lo pensaban.

Quizá Alis nunca despertaría.

Los niños comenzaron a escuchar historias sobre la princesa que había salvado Sion.

En las plazas aparecieron dibujos.




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