Corazón de diamante

Alegría entre tristeza

Jamet ascendió lentamente desde el Abismo del Olvido.

Sus pasos resonaban en las escaleras de piedra, uno detrás de otro, mientras la oscuridad quedaba cada vez más abajo.

No miró atrás.

Tenía la manga extendida hasta la muñeca, ocultando el símbolo que Facer había dibujado sobre su piel. Aun así, podía sentirlo.

No dolía.

Todavía.

Pero ardía en su conciencia.

Una vida por otra.

Jamet tragó saliva.

Le quedaban muchos escalones antes de llegar a la superficie.

Demasiados.

Suficientes para arrepentirse.

Podía volver con Facer y exigirle otra alternativa.

Podía buscar a Zayet.

Podía enseñarle el símbolo y contarle todo.

Su padre seguramente encontraría una solución. Siempre encontraba alguna explicación para lo inexplicable.

O quizá debía hablar con la reina.

Con Leo.

Con Dan.

Con cualquiera.

Jamet se detuvo.

Apoyó una mano contra la pared.

Por primera vez desde que había salido de la celda de Facer permitió que el miedo apareciera de verdad.

—¿Qué estoy haciendo...? —murmuró.

Morir.

La palabra era sencilla hasta que se trataba de uno mismo.

Jamet observó su mano.

Pensó en todas las cosas insignificantes que jamás volvería a hacer.

No regresaría al laboratorio.

No volvería a discutir con los botánicos cuando insistían en que sus mezclas eran demasiado peligrosas.

No volvería a escuchar a Hadda quejarse de alguna tontería.

No volvería a ver a Texa.

Ni a Zayet.

Ni a Leo.

Una presión dolorosa apareció en su garganta.

—Maldición...

Se cubrió los ojos.

No quería morir.

Esa era la parte que no había querido admitir.

Tenía miedo.

Muchísimo.

Entonces apareció otro rostro en su mente.

Alis.

Cinco años.

Cinco años inmóvil sobre aquella flor.

Cinco años sin reír.

Sin enfadarse.

Sin hablar demasiado.

Sin meterse donde nadie la llamaba.

Sin hacer aquellas preguntas absurdas que parecían surgirle antes de pensar si debía pronunciarlas.

Jamet bajó lentamente la mano.

Él apenas había compartido unos días con ella.

Silfret tenía toda una infancia a su lado.

Dan había pasado cinco años esperando que abriera los ojos.

Lía la había llevado en brazos cuando era una niña.

Zayet había arriesgado todo por protegerla.

Leo había recuperado a su hermana solo para encontrarla dormida.

¿Y él?

Él tenía unos cuantos días.

Nada más.

Jamet dejó escapar una pequeña risa.

—Qué ridículo eres...

Precisamente por eso jamás había esperado sentir tanto.

Toda su vida había sido demasiado extraño para pertenecer completamente a algún lugar.

No tenía alas.

Pero volaba.

No pertenecía a los Olfatos, aunque ahora trabajara entre ellos.

No pertenecía al castillo.

No pertenecía a ningún círculo.

Siempre había tenido la sensación de ser una pieza fabricada para un rompecabezas diferente.

Hasta conocerla.

Alis nunca le preguntó qué era.

Nunca intentó clasificarlo.

Nunca le hizo sentir que debía justificar su existencia.

Para ella, Jamet simplemente era...

Jamet.

Y por primera vez eso había sido suficiente.

Volvió a caminar.

—Tú sí tienes un lugar aquí, princesa.

Una sonrisa triste apareció en sus labios.

—Así que supongo que uno de los dos debe volver.

Se acomodó la manga.

Esta vez no volvió a detenerse.

Dan estaba junto a Alis cuando Jamet entró.

Como casi siempre.

Tenía un libro abierto sobre una pierna, aunque llevaba varios minutos sin pasar la página.

Cinco años habían cambiado muchas cosas en él.

Su rostro había perdido parte de aquella expresión despreocupada de juventud. Sus facciones estaban más marcadas y su cabello castaño continuaba igual de rebelde, aunque ahora caía sobre una mirada mucho más cansada.

Pero había una costumbre que no había cambiado.

Mientras leía, su pulgar acariciaba distraídamente el dorso de la mano de Alis.

Jamet se quedó unos segundos en la puerta observándolo.

Sintió una punzada de culpa.

Dan la amaba.

Eso era evidente incluso para alguien que quisiera fingir no verlo.

—Necesito revisarla.

Dan levantó inmediatamente la cabeza.

Al ver a Jamet, cerró el libro.

—¿Pasó algo?

Jamet negó.

—Necesito comprobar una cosa.

Los ojos verdes de Dan se iluminaron con una esperanza que Jamet conocía demasiado bien.

—¿Encontraste algo?

Aquella pregunta le dolió.

Jamet intentó mantener el rostro tranquilo.

—Tal vez.

Dan se puso de pie tan rápido que el libro cayó al suelo.

Ni siquiera lo recogió.

—¿Qué encontraste?

—Todavía no sé si es algo.

—Pero encontraste algo.

Jamet apartó ligeramente la mirada.

—Necesito comprobar cómo está reaccionando su núcleo.

Dan se acercó a la flor.

—Entonces hazlo.

—Necesito hacerlo solo.

Dan giró lentamente la cabeza.

—¿Solo?

—Sí.

La esperanza de su rostro se mezcló inmediatamente con desconfianza.

—¿Por qué?

Jamet ya tenía preparada la mentira.

Aun así, le costó pronunciarla.

—Tu energía humana puede alterar las mediciones.

Dan frunció el ceño.

—Nunca dijiste eso antes.

—Nunca había intentado esto antes.

Silencio.

Dan lo observó fijamente.

Jamet sintió que estaba a punto de descubrirlo.

—¿Qué estás planeando?

Jamet levantó una ceja, recuperando por un instante su actitud habitual.

—¿Siempre tienes que sospechar de mí?

—Cuando entras diciendo que posiblemente encontraste algo después de cinco años y luego quieres echarme de la habitación, sí.

—Cinco minutos.

—Jamet...

—Cinco minutos, Dan.




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