Corazón de diamante

El teatro

Dos días habían pasado desde que Alis abrió los ojos.

Dos días en los que el castillo parecía haberse empeñado en recordarle que cinco años podían cambiarlo todo.

Todavía se equivocaba de camino porque algunos corredores habían sido reconstruidos. Encontraba rostros desconocidos entre los guardias y, de vez en cuando, alguien se quedaba mirándola como si acabara de aparecer un personaje salido de un libro.

Pero había algo que Alis aún no había contado.

Nadie sabía qué había ocurrido realmente con Fuego de Sombra.

Para todos, la batalla había terminado cuando Alis destruyó el Corazón de Diamante. Nadie sabía que, antes de aquello, el tiempo se había detenido. Nadie sabía que Fuego de Sombra había recuperado la apariencia de Sol, que la había llevado cuatrocientos años al pasado ni que le había mostrado la verdadera historia de Luz, Morgan y las criaturas.

Tampoco sabían que Sol le había pedido morir.

Alis todavía no encontraba fuerzas para explicarlo.

Había despertado gracias a un sacrificio apenas unas horas después de haber presenciado otro.

Sol.

Jamet.

Dos personas completamente diferentes que habían terminado tomando una decisión sobre sus propias vidas y colocándola a ella en medio.

Por eso estaba demasiado tranquila.

Dan lo había notado.

Alis siempre tenía algo que preguntar, algún lugar al cual quería ir o alguna idea que hacía que los demás tuvieran que seguirla para evitar que terminara provocando un desastre.

Ahora podía pasar varios minutos simplemente mirando algo.

Aquella tarde observaba el Panal de Vida.

Miles de pequeñas estructuras cristalinas se extendían frente a ellos. Algunas permanecían transparentes; otras tenían pequeñas luces en su interior.

Alis contempló una que acababa de iluminarse.

—¿Esa es nueva?

—Creo que sí —respondió Dan.

Una segunda luz apareció más arriba.

Alis sonrió ligeramente.

Cada brillo representaba una nueva vida que comenzaba a formarse.

Nuevos niños que algún día correrían por Sion.

Hacía cinco años, aquel futuro había estado a punto de desaparecer.

Alis apoyó los brazos sobre la baranda.

Ya no existía una batalla esperando detrás del Domo.

Las criaturas recorrían libremente los territorios exteriores sin atacar a nadie. Los diferentes círculos comenzaban a convivir. Los desterrados habían recuperado lugares dentro del reino.

Por primera vez podía mirar hacia el horizonte sin preguntarse qué amenaza se escondía detrás.

Era la paz que siempre había querido.

Y no sabía qué hacer con ella.

Giró ligeramente la cabeza.

Dan estaba a su lado.

Cinco años.

Aquello seguía resultándole imposible.

—Dan.

—¿Mm?

—¿No extrañas tu mundo?

Él dejó de mirar el Panal.

—¿Mi mundo?

—Sí.

Alis jugueteó con sus dedos.

—Tu familia. Tu casa. Tu vida allá.

Dan guardó silencio.

—Estuviste aquí cinco años por mí.

—Sí.

—Eso es demasiado tiempo.

Dan levantó una ceja.

—Gracias.

Alis le dio un pequeño golpe con el hombro.

—Sabes a qué me refiero.

Él sonrió.

—Lo sé.

Alis volvió a ponerse seria.

—Te ofrecieron regresar.

—Varias veces.

—Y dijiste que no.

—También varias veces.

Alis frunció el ceño.

—¿Por qué?

Dan la observó.

No respondió inmediatamente, y eso hizo que ella levantara los ojos hacia él.

—Porque estabas aquí.

—Pero yo estaba dormida.

—También estabas aquí.

Alis bajó la mirada.

—Podría no haber despertado nunca.

—Lo sabía.

—Entonces podrías haber esperado toda tu vida.

Dan se encogió de hombros.

—La habría esperado.

Alis lo miró rápidamente.

Dan ya no sonreía.

—Y si hubiera otra después de esta, habría esperado esa también.

Ella se quedó sin palabras.

Dan se acercó un poco más.

—No estaba esperando que despertaras para decidir qué quería, Alis. Ya lo sabía.

Los ojos verdes de Dan permanecieron sobre los suyos.

—Eras tú.

Alis sintió calor en las mejillas y volvió rápidamente hacia el Panal.

—Cinco años te hicieron demasiado bueno hablando.

Dan soltó una risa.

—Tuve mucho tiempo para practicar.

—Se nota.

—Aunque era complicado. No respondías mucho.

Alis giró indignada.

—¡Estaba inconsciente!

—Excusas.

Alis abrió la boca para contestarle.

Un sonido junto a su oído la interrumpió.

—¿Qué...?

El pequeño objeto que llevaba colocado comenzó a vibrar.

Dan señaló su oreja.

—Intercomunicador.

—¡Ya sé!

—Hace dos horas preguntaste cómo se apagaba.

—Cinco años, Dan. Dame tiempo.

Deslizó un dedo sobre el pequeño dispositivo tal como él le había enseñado.

Una pantalla luminosa apareció frente a su rostro.

Alis retrocedió.

La cara de Hadda apareció flotando en ella.

—¡Alis!

—¡Hadda!

—¿Por qué gritas?

—¡Porque tu cabeza apareció delante de mí!

Dan se llevó una mano a la boca para ocultar la risa.

Hadda suspiró.

—Zayet inventó eso hace dos años.

—Claro que fue Zayet.

—Solo tienes que acercarlo a la oreja y deslizar.

—Eso hice.

Alis tocó accidentalmente la pantalla y la imagen de Hadda desapareció.

—¡La maté!

—No me mataste —se escuchó la voz.

Dan ya estaba riéndose.

Alis volvió a deslizar y Hadda reapareció.

—Necesitas actualizarte bastante.

—Estuve ocupada durmiendo.

Hadda puso los ojos en blanco, aunque terminó sonriendo.

También ella había cambiado.

Alis todavía intentaba acostumbrarse a verla convertida en una mujer adulta.

—¿Qué querías?

—Mis alumnos harán una obra dentro de un rato.

—¿Tus alumnos?

Hadda sonrió orgullosa.

—Soy maestra ahora, ¿recuerdas?




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