Corazón de diamante

La proposición de Dan

La decisión sobre la sucesión ya estaba tomada.
Cuando llegara el momento, Leo sería el próximo rey de Sion.
Alis había recibido la noticia con una tranquilidad que sorprendió a algunos miembros del consejo. Seguía siendo princesa, aquello no cambiaría, pero jamás se había imaginado pasando sus días sentada en un trono resolviendo asuntos políticos. Leo, en cambio, poseía mucho del carácter de Lía: era sereno, observador y sabía escuchar antes de tomar una decisión.
A Alis le esperaba otro camino.
Ahora que el Domo ya no los encerraba, los antiguos mapas habían vuelto a extenderse sobre las mesas del castillo. Continentes que durante generaciones nadie había visitado, territorios apenas dibujados y lugares cuyos nombres ya nadie recordaba.
Y ella quería conocerlos todos.
Dan había prometido acompañarla.
Aunque aquella tarde tenía algo bastante más importante en qué pensar.
—¿Y si dice que no?
Silfret levantó la mirada.
—Entonces habrás decorado un árbol inútilmente.
Dan frunció el ceño.
—Eres terrible ayudando.
—Me pediste ayuda para llevarla hasta allí, no para tranquilizarte.
Dan sostuvo la pequeña caja entre las manos.
Silfret la miró unos segundos. Años atrás habría hecho cualquier cosa para mantener a ese humano lejos de Alis. Había desconfiado de él, había tenido celos y, peor aún, había tenido razones para odiarlo después de todo lo ocurrido.
Pero también había visto a Dan permanecer cinco años junto a una mujer que quizá nunca despertaría.
Eso era difícil de ignorar.
—Aceptará —dijo finalmente.
Dan levantó la mirada.
—¿Eso fue un intento de darme ánimos?
—No te acostumbres.
Dan sonrió.
—Solo necesito que la lleves hasta allí sin decirle nada.
—Puedo hacer eso.
—Que sea una sorpresa.
—He entendido.
—No menciones mi nombre.
Silfret lo miró con fastidio.
—Dan.
—¿Qué?
—Sé guardar un secreto.
Silfret encontró a Alis dentro de uno de los almacenes del castillo.
O, más exactamente, encontró primero medio cuerpo de Alis metido dentro de un enorme baúl.
—¿Alis?
—¡Aquí!
Varias cosas cayeron al suelo.
Silfret se acercó.
—¿Qué estás haciendo?
Alis salió con el cabello desordenado.
—Buscando algo.
—Eso ya lo veo.
—Hace años fabriqué unas gafas de viento. Bueno, técnicamente no eran necesarias para nosotros, por eso las guardé, pero ahora Dan vendrá conmigo y atravesaremos zonas de nubes a mucha velocidad. Sus ojos son humanos y...
Volvió a introducirse en el baúl.
—¡Aquí están!
Sacó triunfante unas gafas extrañas.
Silfret cruzó los brazos.
—Creo que Dan sobrevivirá sin eso.
Alis lo miró horrorizada.
—¿Y si no?
—Alis...
Ella colocó las gafas sobre una mochila que ya estaba bastante llena.
—También necesitará ropa más gruesa. Leí que los humanos pierden calor muchísimo más rápido. Y comida, por supuesto. Quizá medicamentos. ¿Los humanos se enferman por cambios de altura?
—No lo sé.
Alis se quedó pensando.
—Tengo que preguntarle a Texa. También debería llevar algo por si le falta el aire.
Silfret observó la enorme mochila.
—¿Pretendes llevar a Dan de exploración o conservarlo en una caja acolchada?
—Los humanos son delicados.
—Dan vivió aquí cinco años.
Alis abrió la boca.
La cerró.
—Eso no significa que deba arriesgarlo.
Silfret reconoció inmediatamente aquella expresión. Era la misma Alis que podía enfrentarse a una criatura gigantesca sin pensarlo dos veces y después preocuparse durante horas porque alguien que quería se había hecho un pequeño corte.
—Precisamente venía a buscarte —dijo—. Dan te está esperando en su lugar especial.
Alis dejó de acomodar la mochila.
Silfret también se quedó quieto.
Había hablado demasiado.
—¿Dan me está esperando?
—Sí.
—¿Dónde?
Silfret desvió la mirada.
—Ya sabes dónde.
Alis entrecerró los ojos.
—¿Por qué?
—Porque...
Silencio.
—Silfret.
—Tus amigos del bosque también estarán allí.
—¿Mis amigos del bosque?
—Sí.
—¿Y Dan?
—También.
Alis comenzó a sonreír.
—Está preparando algo.
—No dije eso.
—¡Está preparando algo!
—Alis...
Ella dejó las gafas inmediatamente.
—¿Te pidió que vinieras por mí?
Silfret cerró los ojos.
—Definitivamente no sirvo para esto.
Alis soltó una pequeña risa.
—¿Qué está haciendo?
—Si te lo digo terminaré de arruinarlo.
—¡Entonces sí es una sorpresa!
Silfret señaló la puerta.
—Ve y averígualo tú misma.
Alis salió prácticamente volando.
Silfret miró la mochila abandonada.
—De nada, Dan.
Dan llevaba varios minutos debajo del viejo sauce.
Había elegido aquel lugar por una razón.
Allí había besado a Alis por primera vez.
Ahora pequeñas luces doradas flotaban entre las ramas y algunas flores luminosas rodeaban las raíces. Los pequeños habitantes del bosque, aquellos seres parecidos a hongos que Alis conocía desde niña, sostenían diminutos instrumentos.
Dan respiró profundamente.
—Alis, desde que te conocí...
Negó.
—No.
Volvió a intentarlo.
—Estos años me hicieron comprender...
Tampoco.
—Dios, ¿por qué esto es tan difícil?
Sintió algo húmedo sobre el labio.
Se tocó la nariz.
Una pequeña gota de sangre había caído directamente sobre la caja del anillo.
—Perfecto.
La limpió rápidamente con la manga y se llevó los dedos a la nariz. El sangrado se detuvo casi inmediatamente.
Probablemente nervios.
No era el momento de pensar en ello.
—¿Qué haces?
Dan dio un salto.
Alis estaba justo detrás de él.
—¡Alis!
Escondió la caja detrás de la espalda.
Ella también se puso nerviosa al verlo tan alterado.
—¿Qué escondes?
—Nada.
—Eso definitivamente era algo.
Dan miró alrededor.
—Silfret arruinó la sorpresa, ¿verdad?
—Solo un poquito.
—Voy a matarlo.
—Intentó arreglarlo hablando de mis amigos del bosque.
Uno de los pequeños músicos levantó la mano.
—¡Nosotros sí somos parte de la sorpresa!
Dan se cubrió el rostro.
—Gracias.
Alis rio.
Entonces empezó la música.
Ella dejó de bromear.
Las luces doradas descendieron lentamente desde las ramas del sauce y Dan se acercó hasta quedar frente a ella.
Tomó una pequeña rosa y la acomodó entre sus cabellos.
—Sigues siendo hermosa.
Alis bajó ligeramente la mirada.
—Estás muy extraño hoy.
—Estoy aterrado.
—¿Tú?
—Muchísimo.
Eso la hizo sonreír.
Dan extendió una mano.
—¿Bailas conmigo?
Alis la aceptó.
Comenzaron a moverse lentamente bajo las ramas del sauce. Al principio ninguno habló. Alis apoyó una mano sobre su hombro y Dan la sostuvo por la cintura.
—Aquí me besaste por primera vez —murmuró ella.
—Lo recuerdo.
—Yo también recuerdo que fue bastante extraño.
—Gracias por arruinar el momento romántico.
Alis rio.
Dan también, pero después la observó en silencio.
Ya no necesitaba ensayar.
—Cuando te conocí pensé que sabía exactamente lo que quería —dijo—. Después te conocí de verdad y todo cambió.
La sonrisa de Alis disminuyó lentamente.
—Cometí errores contigo. Muchos. Y hubo un tiempo en que ni siquiera merecía que confiaras en mí.
Ella permaneció callada.
—Pero me diste otra oportunidad. Después casi te perdí... y pasé cinco años esperando que abrieras los ojos.
Dan acarició suavemente su mejilla.
—Ahora quieres recorrer continentes, meterte en lugares desconocidos y probablemente hacer cosas peligrosas sin pensar demasiado.
—Oye.
—Sabes que es verdad.
Alis sonrió.
—Y quiero estar ahí. No para detenerte. Quiero acompañarte.
Dan se apartó lentamente.
Alis frunció el ceño.
Entonces lo vio arrodillarse.
Sus ojos se abrieron.
—Dan...
Él sacó la pequeña caja.
—En mi mundo tenemos una tradición. Cuando quieres pedirle a alguien que comparta su vida contigo, haces esto.
Abrió la caja.
El anillo brilló bajo las pequeñas luces doradas.
Alis llevó ambas manos a su boca.
—Alis, no sé cuánto nos espera afuera de Sion. Tampoco sé cuántos lugares terminarás obligándome a explorar contigo.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
—Pero sí sé con quién quiero hacerlo.
Dan respiró profundamente.
—¿Quieres casarte conmigo?
Alis permaneció inmóvil apenas un segundo.
—¡Sí!
Dan apenas tuvo tiempo de levantarse.
Alis saltó sobre él y lo abrazó antes de elevarse unos centímetros del suelo con las alas agitándose descontroladamente.
—¡Sí, sí quiero!
—¡Alis, estamos volando!
Ella descendió riendo.
Dan consiguió colocarle el anillo.
Alis lo observó fascinada y después volvió a abrazarlo.
—Voy a casarme contigo.
—Esa era la idea.
Ella lo besó.
Los pequeños músicos dejaron de tocar.
—¡Puaj!
—¡Otra vez no!
Varios se taparon los ojos.
Alis se separó riendo.
—¡No miren entonces!
Uno abrió ligeramente los dedos para espiar.
Dan volvió a acercarse, pero Alis puso una mano sobre su pecho.
Por un instante su expresión cambió.
—Dan...
—¿Qué ocurre?
—A veces todavía tengo miedo.
Él comprendió inmediatamente.
Alis bajó la mirada.
—Somos diferentes. Y aunque ahora todo esté bien... no sé qué pasará contigo dentro de muchos años.
Dan tomó su mano.
—Entonces lo averiguaremos juntos.
—Pero...
—Alis.
Ella levantó los ojos.
—Tú siempre has sido mi medicina.
Alis sonrió con los ojos húmedos.
—Eso fue muy cursi.
—Y aun así funcionó.
Dan volvió a besarla.
Los músicos protestaron inmediatamente.
—¡No otra vez!
—¡Ya dijimos que no hagan eso!
Alis comenzó a reír contra los labios de Dan y terminó separándose.
Entonces escucharon aplausos detrás de ellos.
Silfret estaba apoyado contra el tronco de otro árbol.
Alis abrió los ojos.
—¿Estabas mirando?
—Llegué para comprobar que él no arruinara todo.
Dan levantó una ceja.
—Tú casi arruinaste todo.
—Y aun así dijo que sí.
Silfret se acercó.
Durante un momento miró a Dan en silencio. Después extendió la mano.
Dan la aceptó.
—Cuídala.
Alis frunció el ceño.
—Puedo cuidarme sola.
Los dos hombres respondieron al mismo tiempo:
—Lo sabemos.
Alis los miró.
—Eso sonó ensayado.
Silfret sonrió y finalmente abrazó a su amiga.
—Felicidades, Alis.
Ella lo abrazó con fuerza.
—Gracias.
Silfret se separó y señaló a Dan.
—Aunque todavía puedo cambiar de opinión sobre él.
—¡Silfret!
Dan rio.
Bajo las ramas del viejo sauce, Alis volvió a mirar el anillo.
Durante tantos años había deseado conocer qué existía más allá de los límites de Sion.
Ahora finalmente podía hacerlo.




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