Una semana de preparativos había sido suficiente para convertir una de las plataformas exteriores del castillo en un pequeño caos de cajas, provisiones, mapas y herramientas.
Alis caminaba alrededor de Dan examinándolo de arriba abajo.
—Levanta los brazos.
—Alis, ya hicimos esto tres veces.
—Cuatro.
Dan suspiró y levantó los brazos.
El traje diseñado por Zayet cubría casi todo su cuerpo. Era ligero y flexible, pero lo más llamativo estaba en la espalda: dos líneas luminosas recorrían los hombros hasta que, al activarse, proyectaban unas alas translúcidas hechas completamente de energía.
—Otra vez —ordenó Alis.
—¿Otra vez qué?
—Actívalas.
Dan tocó el pequeño dispositivo de su muñeca. Las alas aparecieron con un suave destello.
—Funcionan.
—Impulso.
Dan presionó otro punto y sus pies se elevaron bruscamente unos centímetros.
—¡Ya!
Desactivó el sistema y volvió al suelo.
Alis sonrió satisfecha.
—Perfecto. Si caes y ninguno de nosotros puede alcanzarte, las alas se activarán automáticamente.
—Tengo dos hadas conmigo. ¿Qué probabilidades hay de que me dejen caer?
—Contigo, prefiero no averiguarlo.
Una voz apareció detrás de ellos.
—Hace bien.
Silfret descendió sobre la plataforma llevando su propio equipaje.
—¡Llegaste! —Alis sonrió—. Pensé que cambiarías de opinión.
—Jamás.
Ella miró el uniforme que llevaba debajo de su ropa de viaje.
—¿Y estás seguro de dejar tu puesto como capitán?
Silfret acomodó la mochila sobre su hombro con absoluta tranquilidad.
—Mi prioridad siempre será protegerte y cuidarte a ti.
Dan giró lentamente la cabeza.
Silfret notó la mirada.
—Como a una hermana pequeña —añadió rápidamente—. La conozco desde que éramos niños. Sé prácticamente todo sobre ella y lo fácil que es que termine metida en problemas.
La expresión de Dan empeoró.
Silfret cerró los ojos.
—Eso sonó peor.
—¿Exactamente cuánto significa «todo»? —preguntó Dan.
—Dan... —murmuró Alis.
—Solo pregunto.
Silfret cruzó los brazos.
—Sus comidas favoritas, lo que odia, dónde se escondía cuando su madre la buscaba, cuándo está mintiendo, cuándo está nerviosa... tiene un lunar en la espalda una cicatriz en la nuca
—Silfret.
—...cómo saber que está a punto de hacer algo peligroso...
—Silfret.
—¿Qué?
Alis señaló a Dan.
—Estás empeorándolo.
Dan mantenía los ojos entrecerrados.
—Solo quiero saber hasta dónde llega ese «todo».
Alis finalmente entendió.
—¡Oh! ¿Estás celoso?
—No.
—Sí estás celoso.
—No estoy celoso.
Silfret soltó una risa por la nariz.
Dan lo miró.
—¿De qué te ríes?
—De nada.
Alis se interpuso antes de que aquello se convirtiera en una discusión.
—Dan, nosotros no entendemos algunas cosas igual que los humanos. Eso que tú llamas... ¿lujuria? Que les atrae el cuerpo de otros
Silfret hizo una mueca.
—Qué palabra tan desagradable.
—Eso. Nosotros podemos querer a alguien, protegerlo, enamorarnos, formar una unión... pero no vivimos pensando en esas cosas como me explicaste que ocurre entre algunos humanos. Yo misma todavía no termino de entenderlo.
Dan bajó ligeramente los hombros.
—Lo sé.
Alis tomó su mano.
—Entonces no tienes que preocuparte.
Silfret señaló las manos entrelazadas.
—¿Podemos irnos antes de que esto se vuelva todavía más incómodo?
—Sí —respondieron ambos.
La aeronave esperaba frente a ellos.
Alis alzó la mirada maravillada.
Zayet y su equipo se habían superado. La nave era lo suficientemente grande para que los tres pudieran permanecer varios días dentro, con espacios para dormir, almacenar provisiones y estudiar muestras. Podía ser pilotada manualmente o seguir las rutas registradas automáticamente.
Alis llevaba además dos copias del mapa: el antiguo mapa físico y una reproducción digital proyectada desde su muñeca.
Finalmente le entregó a Dan una tabla alargada.
—Tu Skye's.
Dan la sostuvo.
—¿La patineta voladora?
—Tu patineta voladora.
—Cada día aquí se vuelve más extraño.
—Espera a salir del reino.
Y tenía razón.
Durante los primeros días atravesaron valles que ninguno de ellos había visto.
Las criaturas que durante siglos habían sido llamadas monstruos seguían allí, pero eran completamente diferentes sin la influencia del Corazón.
Desde la nave observaron una manada de aquellas enormes criaturas parecidas a leones. Dos adultos descansaban mientras varios cachorros jugaban entre ellos.
Más adelante, las criaturas voladoras migraban juntas atravesando las nubes.
No estaban atacando.
Estaban viviendo.
Alis pasó gran parte del trayecto fuera de la aeronave, volando junto a ella.
Dan la observaba desde una ventana.
—¿No piensa entrar?
Silfret ni siquiera levantó la vista del mapa.
—No.
—Lleva tres horas ahí.
—Puede estar todo el día.
Dan volvió a mirar a Alis. Ella giraba en el aire, descendía entre las nubes y volvía a elevarse con una felicidad casi infantil.
Por primera vez no había un domo diciéndole hasta dónde podía llegar.
Al sexto día llegaron a una isla que figuraba en los mapas antiguos como Tinik.
Los árboles tenían troncos de varios colores que se mezclaban como un arcoíris. Algunas frutas, en cambio, eran completamente negras.
Alis se acercó a una.
—Qué extraño...
La tocó.
La supuesta fruta abrió dos alas.
—¡Ah!
Un pequeño murciélago salió volando y debajo de las alas negras reveló un cuerpo completamente blanco.
Dan comenzó a reír.
—La gran exploradora atacada por una fruta.
—Creí que era una fruta.
—Eso lo hace mejor.
Un rato después Dan se alejó discretamente.
Alis estaba examinando una raíz cuando levantó la cabeza.
—¿Dónde está Dan?
—Cerca —respondió Silfret.
—No lo veo.
—Yo sí.
Alis se elevó un poco.
—¿Dónde?
Silfret señaló.
—Allí. Está orinando.
—Ah.
Alis iba a descender cuando algo llamó su atención.
Las piedras frente a Dan estaban aumentando de tamaño.
—¿Qué...?
Cada gota que caía sobre ellas las hinchaba.
—¡Dan, aléjate!
—¿Qué?
Las piedras explotaron.
Alis extendió una mano y un escudo apareció frente a Dan justo cuando un líquido lila salió disparado.
Las supuestas piedras desplegaron pequeñas patas y escaparon entre la vegetación.
Donde el líquido tocaba el suelo, este comenzaba a humear.
—Ácido —dijo Alis.
Voló inmediatamente hacia él.
—¡Dan! ¿Estás bien?
—¡Sí! ¡No te acerques!
Alis se detuvo.
—¿Por qué?
Dan tenía ambas manos intentando cubrirse y las orejas completamente rojas.
Alis parpadeó.
Miró hacia abajo.
—Oh.
Se dio la vuelta inmediatamente.
A varios metros, Silfret se estaba riendo.
—¡No es gracioso! —protestó Dan.
—Un poco sí.
Dan se acomodó rápidamente la ropa.
Alis seguía de espaldas.
—No vi nada.
—Gracias.
—Pero a partir de ahora no hagas pipí en cualquier sitio. Usa la nave.
—Entendido.
—O avísame y reviso primero.
—Alis, por favor.
Silfret soltó otra carcajada.
Dos semanas después estaban mucho más lejos de Sion de lo que Alis había imaginado alguna vez.
La nueva tierra era diferente.
Incluso durante el día parecía oscura. Los árboles tenían tallos morados y hojas azuladas. El musgo que cubría el suelo era gris.
La aeronave necesitaba recargar energía solar, por lo que debían esperar hasta la mañana siguiente.
Silfret observó el bosque.
—No me gusta.
Dan se dejó caer sobre el musgo.
—¿Por qué?
—Está demasiado silencioso.
Alis también lo había notado.
No había cantos.
Ni insectos.
Ni pequeños animales.
Solo viento.
—Ni siquiera escucho estalitas —añadió Silfret—. Esos grillos están en todas partes.
Dan tocó el musgo gris.
—Para mí todo aquí es raro. En mi mundo el suelo tampoco parece cabello de anciano y no estoy quejándome.
Alis rio.
Finalmente decidieron descansar.
A la mañana siguiente un grito de Dan la despertó.
—¡Silfret!
—¿Qué?
—Devuélvemela.
Silfret abrió los ojos.
—¿Qué cosa?
—Mi mochila.
—No tengo tu mochila.
—No me gustan esas bromas.
—Y a mí no me gusta despertarme escuchándote.
Alis se incorporó.
—Quizá la guardaste en la nave.
—Estoy seguro de que estaba aquí.
Dan entró a revisar.
Alis comenzó a buscar alrededor mientras Silfret hacía lo mismo.
Entonces algo se enrolló alrededor de su espalda.
—¿Qué...?
Fue arrastrada violentamente.
—¡Alis!
Silfret reaccionó y sujetó su brazo.
Alis vio una enorme flor abriéndose frente a ella y una larga lengua tirando de su pierna.
Lanzó un hechizo.
La flor explotó hacia un lado.
Pero no era una flor.
La criatura que salió corriendo parecía una mezcla imposible entre una rana y una araña, con múltiples patas y una estructura vegetal sobre el lomo.
—Eso fue desagradable —murmuró Alis.
Silfret miró su espalda.
—Alis...
—¿Qué?
—Tu ropa.
Ella miró por encima del hombro.
La saliva de la criatura estaba disolviendo la tela.
—¡No, no, no! ¡Me gusta este conjunto!
En segundos buena parte de la espalda quedó abierta. Alis sujetó la parte delantera para impedir que terminara cayéndose.
—¡Haz algo!
—¿Yo?
—¡Sabes coser!
Silfret sacó rápidamente un pequeño kit.
—Date la vuelta.
Alis obedeció.
—Que quede firme.
—Si sigues moviéndote no quedará firme.
Silfret estaba terminando de ajustar la tela alrededor de su cintura cuando Dan salió de la nave.
Se detuvo.
Silfret estaba pegado a la espalda de Alis, con las manos junto a su cintura.
Algo cambió inmediatamente en su expresión.
Caminó hacia ellos y empujó a Silfret.
—¡Aléjate de ella!
—¿Qué te pasa?
Alis abrió los ojos.
—¡Dan!
—Primero desaparece mi mochila y ahora te encuentro así con ella.
Silfret lo miró incrédulo.
—¿Qué estás insinuando?
—Tal vez la mochila fue una excusa para que me alejara.
—¿Qué?
Alis se interpuso.
—¡Me atacó una criatura! ¡Mi ropa se estaba deshaciendo y él la estaba cosiendo!
Dan negó con la cabeza.
—Siempre hay una explicación.
—Porque eso ocurrió.
—¿Hay algo entre ustedes que nunca me contaste?
—¡No!
—Dan, estás diciendo tonterías —intervino Silfret.
—He visto cómo son las hadas masculinas. Físicamente tienen... tienen lo mismo que nosotros. Así que no me digas que entre ustedes no podría...
Alis se quedó completamente roja.
Silfret también.
—Eso es mi vía urinaria, imbécil. Tú también tienes una.
—¡Ya lo sé!
—¡Entonces deja de hablar como si hubieras descubierto un gran secreto!
Alis se llevó una mano a la frente.
—Dan, tus celos son completamente innecesarios.
Mientras ellos discutían, Silfret vio algo blanco entre las plantas.
Se alejó unos pasos y lo recogió.
—¿Este no es tu cepillo dental?
Dan apenas lo miró.
—Sí.
Silfret vio otro objeto más adelante.
—Y eso parece parte de tus cosas.
Siguió avanzando.
—Creo que tu mochila está por aquí.
Alis ni siquiera reparó en que Silfret continuaba alejándose.
—Mírame —le dijo a Dan.
Él lo hizo.
Alis comenzó a reír.
—¿Ahora qué?
—Estás celoso porque Silfret es más atractivo que tú.
—¿Qué?
—Te preocupa que alguna vez me haya gustado.
—No dije eso.
—No necesitabas hacerlo.
Alis se acercó y le dio un beso corto.
—Nunca ocurrió.
Dan respiró profundamente.
—Lo siento.
Ella iba a responder cuando vio algo amarillo sobre su mejilla.
—Espera.
Sacó un pañuelo y comenzó a limpiarlo.
—Tienes polen.
Dan frunció el ceño.
—Debió ser aquella flor de la entrada.
Alis observó el polvo amarillo.
Después miró a Dan.
—Tú no eres así.
Él también pareció comprenderlo.
—¿Crees que esto hizo que reaccionara de esa manera?
—Quizá aumenta alguna emoción. Inseguridad, enojo... tendremos que analizarlo.
Dan soltó una pequeña risa avergonzada.
—Entonces oficialmente culpo a la planta.
—No tan rápido. Los celos eran tuyos.
—Pero la planta los hizo peores.
—Eso sí.
Alis levantó la voz.
—¡Silfret! ¡Ya sabemos por qué Dan estaba actuando como un idiota!
Silencio.
—¡Silfret!
Alis giró.
No estaba.
Dan señaló hacia el bosque.
—Fue por allí buscando mi mochila.
Esperaron unos segundos.
Nada.
—Silfret —llamó Alis nuevamente.
El viento movió las hojas azules.
Corrieron en la dirección que había tomado. Encontraron algunas pertenencias de Dan dispersas entre la vegetación.
Después encontraron el mapa-reloj de Silfret.
Alis lo recogió.
Su sonrisa desapareció.
Silfret jamás abandonaría algo así durante una exploración.
—Esto no está bien.
Buscaron durante horas.
Dan utilizó la aeronave para recorrer el perímetro desde arriba mientras Alis volaba entre los árboles llamándolo. Revisaron cuevas, raíces, árboles huecos y cualquier rastro de movimiento, desaparecido sin rastro alguno