Corazón de diamante

Silfret conoce el amor

Lo primero que Silfret vio al abrir los ojos fue piedra.

Parpadeó.

La piedra seguía allí.

Intentó incorporarse y entonces todo su cuerpo se balanceó.

—¿Qué...?

Miró hacia abajo —o hacia arriba, considerando su posición— y finalmente comprendió que estaba colgado de los tobillos, cabeza abajo, varios metros sobre una pequeña laguna subterránea.

—Perfecto.

Intentó recordar.

Había seguido el rastro de las pertenencias de Dan. Encontró una de sus cajas entre la vegetación, dio un paso y escuchó un mecanismo bajo su pie. Después una explosión, una red, algo clavándose en su brazo...

Y nada.

—¡Alis!

Su voz rebotó por toda la cueva.

—¡Dan!

Nadie respondió.

Buscó su reloj.

No estaba.

—Perfecto —repitió, esta vez con menos paciencia.

Intentó doblar el cuerpo para alcanzar la cuerda.

—Capitán de la Guardia Real... —murmuró mientras luchaba inútilmente—. Derrotado por no mirar dónde pisa.

Algo se movió debajo del agua.

Silfret quedó inmóvil.

Volvió a escucharlo.

Un movimiento lento y pesado.

Entonces vio los huesos acumulados junto a una pared.

—Eso tampoco es tranquilizador.

El agua volvió a agitarse.

Una figura emergió lentamente.

Silfret distinguió primero unos ojos oscuros, después un rostro femenino y finalmente una larga cola.

Una sirehada.

Soltó el aire.

—Oh. Menos mal. Hola.

La desconocida lo observó.

—¿Tienes nombre?

Silencio.

—Yo sí.

Nada.

—¿Podrías ayudarme a bajar?

Ella se sumergió.

—Eso interpretaré como un no.

Silfret extendió una mano hacia una roca donde había un objeto metálico. Recordó uno de los hechizos que Alis le había enseñado y concentró la energía.

El objeto salió disparado hasta su mano.

—Gracias, Alis.

Cortó la cuerda.

Solo entonces recordó un pequeño detalle.

Sus alas estaban heridas.

—Oh, no.

Cayó directamente al agua.

Apenas salió a la superficie, algo agarró su pierna.

—¡¿Qué haces?!

Fue arrastrado hacia abajo.

Silfret giró y encontró a la sirehada intentando llevarlo hacia las profundidades.

Forcejearon.

Ella era muchísimo más fuerte de lo que esperaba.

Consiguió sujetarla y, aprovechando su velocidad, impulsó ambos cuerpos hacia arriba.

Salieron del agua y Silfret logró inmovilizarla contra la orilla, sujetándole las muñecas por encima de la cabeza.

—¡¿Por qué me atacaste?!

Ella mostró unos dientes ligeramente afilados.

—Suéltame.

Silfret parpadeó.

—Así que sí hablas.

—Suéltame.

—Después de intentar ahogarme, no.

Ella forcejeó.

—¡Suéltame!

—Si sigues así voy a sacarte completamente del agua y dejaré que se seque tu cola.

La muchacha dejó de moverse.

Silfret sonrió.

—Eso pensé.

Entonces la cola desapareció.

En su lugar aparecieron dos piernas.

Silfret apenas alcanzó a abrir los ojos.

—¿Qué...?

Una patada lo lanzó contra la pared.

—¡AGH!

Cayó de rodillas intentando recuperar el aire.

Cuando levantó la cabeza, una lanza estaba apuntando directamente a su rostro.

La punta se clavó en la piedra junto a su oreja.

Silfret tragó saliva.

—Eso estuvo innecesariamente cerca.

—¿Quién eres?

—Silfret.

La punta volvió a acercarse.

—Silfret, capitán de la Guardia Real de Sion. Bueno... ahora explorador.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Sion?

—Sí. ¿Puedes bajar eso?

No lo hizo.

—Ahora tú —añadió él—. ¿Quién eres?

Hubo unos segundos de silencio.

—Nyra.

—Bien. Nyra. Mucho gusto. Aunque normalmente cuando conozco a alguien no intenta ahogarme.

Ella bajó finalmente la lanza.

—Eres puro.

Silfret se levantó lentamente.

—¿Qué?

—Tu sangre. Eres de un solo rango.

—Ráfaga. De los veloces.

Nyra lo estudió con curiosidad durante apenas un segundo antes de darse la vuelta.

Silfret apareció delante de ella en un instante.

—¿Y tú cómo hiciste eso con tu cola?

Nyra reaccionó inmediatamente.

¡Pum!

Silfret terminó nuevamente contra una roca.

—¡¿Puedes dejar de golpearme?!

—Puedes dejar de aparecer frente a mí.

—Solo estaba preguntando.

—Preguntas demasiado.

Silfret se tocó el hombro dolorido.

—Me recuerdas a alguien.

Nyra comenzó a recoger partes de la trampa.

Silfret la observó.

—¿Tú hiciste esto?

—Sí.

—¿Para qué?

—Voldur.

Silfret miró la cuerda de la que había estado colgado.

Después la miró a ella.

—Bueno, atrapaste algo distinto.

Nyra hizo una pequeña sonrisa.

—Sí. Un alado muy preguntón y parlanchín.

Silfret arqueó una ceja.

—Qué graciosa.

—Eras menos molesto cuando estabas inconsciente.

—Necesito volver con mis amigos.

—Se fueron.

Silfret dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Hace un día.

—Imposible. Caí aquí hace unas horas.

Nyra negó.

—Llevas cuatro días dormido.

Silfret la miró fijamente.

—¿Cuatro?

—La sustancia era para un Voldur. Parece que fue demasiado para ti.

—¡¿Me drogaste cuatro días?!

—Tú pisaste la trampa.

—¡Porque dejaste una trampa!

—Funcionó.

Silfret se pasó ambas manos por el rostro.

Alis debía estar volviéndose loca buscándolo.

—Ayúdame a encontrarlos.

Nyra siguió caminando.

—No.

—Te daré lo que quieras.

Ella se detuvo.

—¿Lo que quiera?

—Si me ayudas a regresar con ellos, sí.

Nyra soltó una risa incrédula.

—De acuerdo.

Silfret extendió la mano.

Nyra la miró.

—¿Qué haces?

—Cerrar el acuerdo.

Ella finalmente golpeó su palma contra la de él.

—Solo porque quiero deshacerme de ti.

—Encantador.




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