Alis entró en la habitación tomada de la mano de Dan.
La puerta se cerró detrás de ellos y, de pronto, todo el ruido de la celebración quedó lejos. Ya no estaban las risas de Leo, ni las bromas de Silfret, ni la música, ni las felicitaciones que los habían perseguido durante horas.
Solo estaban ellos.
Alis miró alrededor y sonrió. Habían decorado la habitación con pequeñas luces suspendidas y flores que desprendían un aroma suave. No tuvo demasiado tiempo para admirarlas.
—¿Qué haces? —rio cuando Dan la levantó entre sus brazos.
—Algo que llevo esperando hacer desde hace demasiado tiempo.
—¿Llevarme?
—Tener derecho a llevarte.
Dan la dejó cuidadosamente sobre la cama.
Alis se acomodó y extendió una mano hacia él.
—Ven.
Dan se acostó a su lado y ella apoyó la cabeza sobre su pecho. Durante unos segundos permaneció escuchando los latidos de su corazón.
—Estoy feliz —susurró.
—Yo también.
—Ahora somos esposos de verdad.
—Sí.
Alis dibujó distraídamente pequeños círculos sobre su pecho.
—Espero que algún día aparezca nuestra luz.
Dan bajó la mirada.
—¿Nuestra luz?
—La de nuestro hijo.
La sonrisa de Alis cambió. Se volvió mucho más dulce.
—Quiero saber cómo sería. Si tendría tus ojos o mi cabello. Quizá tus rizos. Podríamos enseñarle a volar si tiene alas y, si no tiene, Zayet podría hacerle unas como las tuyas. Y podríamos llevarlo a conocer todos los lugares que encontramos...
Dan le acarició lentamente el cabello.
Habían hablado alguna vez de tener hijos, pero ambos sabían que quizá nunca ocurriría. Él no tenía núcleo de energía y ninguna luz suya podía unirse a la de Alis en el Panal de Vida.
Aun así, no quiso romper aquel momento.
—Serías una madre peligrosa.
Alis levantó la cabeza ligeramente no se lo esperaba eso.
—¿Por qué?
—Porque probablemente dejarías que nuestro hijo hiciera todo lo que tú hacías.
—¡Claro que no!
Dan arqueó una ceja.
—Alis.
—Bueno... algunas cosas.
Volvió a acomodarse sobre él.
Pasaron unos segundos, Dan miró hacia el techo, después hacia ella.
—¿Vamos a hacer solamente esto?
—Sí.
—¿Toda la noche?
—Claro.
Dan tuvo que contener la risa, Alis levantó nuevamente la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Te estás riendo.
—Es que imaginaba otra cosa para nuestra noche de bodas.
Ella frunció el ceño.
—Por fin podemos dormir juntos, es lo más bonito en ser pareja. ¿Los humanos no duermen juntos cuando se casan?
—Sí. Pero normalmente dormir... es lo último que hacen en una noche como esta.
Alis se incorporó, apoyando un codo en la cama
—¿Entonces qué hacen para mantenerse despiertos?
Dan la contempló unos segundos.
Había cosas de ella que nunca cambiarían.
Había conocido dimensiones diferentes, combatido criaturas gigantescas, destruido el Corazón de Diamante y reconstruido pueblos enteros, y podía seguir preguntando ciertas cosas con absoluta inocencia.
Dan tomó suavemente su mentón y la besó.
Al principio fue el mismo beso que ella conocía, después se volvió diferente, más lento más íntimo y profundo, cuando se separaron, Alis respiró profundamente.
—No puedo respirar, eso fue extraño.
—¿Fué malo? No te gustó
Ella negó, solo con la cabeza
—No es que noe gustara, osea sí, pero es distinto.
Dan acercó los labios a su oído.
—¿De verdad quieres saber qué hacen los esposos humanos, en la noche de bodas?
Alis sonrió, con una leve sonrisa desconociendo a la imaginación de Dan.
—Sí.
—Entonces tendré que enseñarte. — Dan se acercó más y le acarició la nuca
Ella rio.
—Hay muchas cosas que desconozco de los humanos aún
—Esta vez no necesitas hacer tantas preguntas.
—Eso va a ser difícil.
Dan volvió a besarla.
Y cumplió su palabra.
Aquella noche Alis descubrió que los humanos tenían una manera muy diferente de expresar físicamente el amor entre una pareja. Hubo nervios, risas, preguntas que hicieron a Dan esconder el rostro contra la almohada y momentos en los que Alis estuvo convencida de que los humanos eran una especie mucho más extraña de lo que había imaginado.
Pero también hubo confianza.
Dan jamás dejó de observarla para asegurarse de que estuviera cómoda, y Alis, poco a poco, dejó de intentar comprenderlo todo para simplemente sentir.
Cuando finalmente quedaron abrazados bajo las mantas, ella tenía el rostro escondido contra su pecho.
—¿Y eso cómo se llama?
Dan soltó una pequeña carcajada.
—Sexo, o hacer el amor de manera romántica
Alis levantó la cabeza.
—¿Solo eso?
—¿Esperabas un nombre mágico?
—Después de todo eso, sí.
Dan comenzó a reír.
Alis también.
—Fue... extraño —admitió.
—¿Otra vez extraño?
Ella pensó.
—Bonito.
—Eso mejora bastante mi orgullo.
—Y quiero repetirlo.
Dan dejó de reír.
—¿Ahora?
Alis sonrió.
—¿No dijiste que esta noche lo último que haríamos sería dormir?
Dan la miró unos segundos.
—Te amo.
—Yo también te amo.
Y aquella noche durmieron bastante menos de lo que Alis había planeado.
Los meses siguientes estuvieron llenos de nuevas luces.
La primera perteneció a Silfret y Nyra.
Alis prácticamente arrastró a Dan para verla.
—¡Mira! ¡Mira sus alas!
—Las estoy viendo.
—¡Son diminutas!
El bebé permanecía entre los brazos de Nyra, con las pequeñas alas todavía plegadas contra la espalda.
Alis acercó un dedo.
La diminuta mano lo atrapó.
Su expresión se deshizo.
—Dan...
—No llores.
—No estoy llorando.
—Tienes lágrimas.
—¡Porque es pequeño!
Silfret cruzó los brazos.
—Todos los bebés son pequeños.
—Tú cállate. No entiendo cómo algo tan bonito salió de ti.