Corazón Dorado

Un sueño afortunado

Pero en la región denominada la Gran Sabana, reconocida por su belleza extraordinaria y montañas planas, la llegada continua de turistas del mundo entero produjo como consecuencia que algunos Pemones se volvieran trilingües. Él los respetaba y terminó por concluir que convivir con ellos en santa paz era lo mejor.

Ensimismado en un colorido penacho de plumas escuchó que el silencio de la noche se rasgó con un débil balbuceo. 
Se giró sobre sus pies y aguzó el oído. Halló en la esquina de la habitación a Antonella acurrucada y dormida. O haciéndose la dormida, pensó con malicia. Estaba claro que a la joven le valían poco sus órdenes. Eso le enfureció, le provocó tomarla por los hombros y arrojarla a la calle.

Eso es lo que haría, claro que sí.

Decidido, encendió la luz de un manotazo y se acercó con lo que intentó ser una voz enfurecida por la intrusión en su casa.

—¡Hey tú, te tienes que ir! 
—No te vayas—respondió en un susurro la chica, que se movió y cambió de posición sin levantarse ni abrir los ojos. 
—¿Qué dijiste? —le preguntó. 
—Es tan difícil estar sin mamá... estoy sola sin ti.

Quedó paralizado por el sentimiento impreso en la frase, parecía a punto de echarse a llorar. No podía estar fingiendo... ¿o sí? Se agachó para mirarla de cerca. Entonces comenzó a balbucear tonterías sin sentido y luego sonrió. Quedó desarmado ante su dulzura. Y en un estúpido reflejo le devolvió la sonrisa hasta darse cuenta que ella en verdad estaba durmiendo.

Sintiéndose idiota, sacudió la cabeza.

—Menuda estupidez.

La miró de nuevo. Su cabellera oscura se regaba hasta casi alcanzar la cintura. Sus pecas doradas recorrían su piel y se perdían en la abertura de la camisa que le marcaba unos pechos pequeños como limoncitos, pensó.

Se mordisqueó el labio. Había estado con muchas mujeres, pero ninguna como ella. Solía enrollarse con prostitutas cuando le iba bien. Pero ellas no olían a vainilla y orquídeas. Y definitivamente no tenían pechos de virgencita. Ella estaba allí en su casa. Sola. De madrugada. Y por primera vez en su vida acarició la idea de violentar a una mujer. 
  
                              ****

Despertó al sentir que caía por un precipicio con la mitad de su cuerpo colgando del sofá y retorcida en una postura increíblemente ridícula. Estiró los brazos y meneó su cuello dolorido, sintiéndose desorientada. No recordaba haberse acostado en el sofá y además con una manta encima. 
Se restregó la cara con ambas manos cuando su mente aterrizó. Estaba en casa del minero. Su plan había fallado, para su desgracia aquel hombre imposible ni siquiera quiso escucharla. Recordó como la había amenazado con el cuchillo y se puso a temblar.

No la ayudaría...

Apesadumbrada recostó la cabeza en el brazo del sofá. Desde allí vislumbraba la oficina del minero, un haz de luz entró por la ventana y se posó sobre el oro, como promesa, como una burla; cuando su vida seguía cayendo por el despeñadero.

—Bueno... es otro día Nella, sea como sea hay que guerrear—se alentó a sí misma. 
—Eh, ¿tomas café?

La mujer morena que le había abierto la puerta el día anterior estaba asomada en el umbral abrazada a una enorme olla tiznada que revolvía sin importarle manchar su ya ennegrecido delantal. Antonella dudaba que lo hubiera lavado alguna vez.

—Sí, gracias. 
—De gracias nada. Venga y sírvase.

Antonella la siguió hasta la cocina y luego más allá. Fuera, en lo que fuera el patio, un gran fogón cubierto por la plancha metálica para tostar arepas más grande que había visto en su vida. Tres mujeres robustas tomaban las arepas y las rellenaban con movimientos coordinados, metiéndolas finalmente en un balde.

—Buenos días—dijo Antonella con timidez llamando la atención de las mujeres que se volvieron hacia ella con curiosidad—Buenos días, señoras ¿cómo amanecen? 
—No mejor que tú con ese cabello revuelto tesoro, ya quisiera dormir en los brazos del patrón. Está buenísimo, pero ni me ve porque soy una vieja. 
—Y yo muy gorda—añadió la otra con humor. 
—Y yo muy fea—terminó la última provocando una ola de risas y cuchicheos. 
—Yo no... —Antonella quiso aclarar la situación pero los comentarios graciosos y subidos de tono se dispararon como metralla, haciendo que abriera los ojos cada vez más ante los atrevidos comentarios del trío de señoras de mediana edad. 
—A ver cotorras, este palillo que ven aquí—interrumpió Pancha apretado el hombro de la chica a modo de presentación—Trabajará con nosotras. Lo que haga fuera de su horario laboral con el patrón solo les concierne a ellos, ¡así que a trabajar! 
—Disculpe, ¿trabajaré con ustedes? ¿Eso le ha dicho el Capitán , que trabajaré para él? ¿Cuándo?

Pancha se volvió y dio un par de órdenes más a las mujeres que no paraban de cuchichear barbaridades de lo que harían si el patrón se les insinuara. Luego puso los ojos en blanco y sonrío.

—Son unas cotorras—comentó acercándole a Antonella una horrible taza de peltre con una sustancia viscosa que parecía lodo—Toma tu café y quita esa cara de boba que traes, si vas a trabajar con el Capitán debes espabilar. Esta mañana me dijo que te buscara un oficio. 
—Le dijo que trabajaría... —Nella sonrió esperanzada y tomó un sorbo de café pensando que era un asco—¿de qué va el trabajo? —preguntó apartando la taza. 
—Nena, de qué más, de calentar su cama y dejarlo hacerte cositas ricas ¡qué envidia! —vociferó una de las mujeres. 
—Menudo trabajo ¿no hay más plazas? —vociferó otra. 
—Conchita, ¿quieres dejar a la chica tranquila? No eres más que una vieja ociosa, sabes que el Capitán es un hombre joven y podría ser tu hijo. 
—Pero no lo es.

La mujer sonrío con tal desfachatez que se le marcaron todas las arrugas en su rostro vejuno y narizón. Antonella no pudo evitar sonreír.




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