Corazón Dorado

Una solución ocurrente

Los días que le siguieron el Capitán se dio cuenta de que la joven podía tener piernas débiles pero lo compensaba con la tozudez de una mula. También se fijó que se ganaba las atenciones de los mineros con su dulzura. Los comentarios sobre ella llegaban a sus oídos y ¡tenía putos ojos en la cara! La veía, por los demonios que sí. Su delicada estampa era como una brisa en el desierto y él no podía apartar sus ojos cada vez que llegaba a la mina para repartir las viandas. Aunque solía hacer sus dos comidas en casa le pidió a Pancha que le mandara sus viandas junto con las comidas de los mineros solo para verla.
—Su comida, Capitán—el hombre la recibió fijándose en las ampollas de sus dedos.
—¿Cómo está tu mano?
—Me duele un poco pero el Zurdo me ha prestado unos guantes para que el balde no me lastime.
—Jú, el Zurdo no da nada sin esperar nada a cambio.
—¿Y usted sí? —se atrevió a preguntar Antonella en un susurro.

En respuesta el hombre se levantó de su asiento y rebuscó en un mueble lleno de cachivaches de minería. Tomó algo y se lo lanzó a Antonella que lo cogió por puro reflejo para evitar le diera en la cara: un par de guantes.

—Tu jefe soy yo y por ende quien debe procurarte tus herramientas. Ve y devuélvele sus guantes a ese vividor si no quieres tener problemas conmigo—ordenó con altivez.

Antonella se mordió el labio para no mandarlo a paseo, no tenía ni una pizca de educación.
Pero necesito el dinero para el tratamiento de yaya, se recordó tomando luego una respiración. 

—Está bien—dijo.

El Capitán pudo ver el brillo de rebeldía en sus ojos antes de que saliera de la oficina. Era una reina, él lo sabía, pero debía acostumbrarse que si trabajaba en su mina, el que mandaba era él. También le aclararía a los mineros que debían mantener los ojos alejados de esa mujer. Sí... eso se los dejaría bastante claro.
                          ***
Siempre había escuchado que el trabajo dignificaba al hombre, pero sentía que lo que llevaba haciéndo una semana en la mina del Capitán era como unas minivacaciones en el infierno. Su mente ágil se dio cuenta que el sistema no funcionaba, llevar los baldes en varios viajes a pie hasta la mina además de impráctico exigía demasiado de su cuerpo. Posiblemente, se debía a que no estaba acostumbrada al trabajo meramente físico, aunque había tenido que trabajar de todo, e incluso una vez ejerció las funciones de enfermera privada; nada tan exigente como eso. 
Bajo el sol, bañada en sudor, con las manos y el cuerpo adolorido solo podía pensar en lo mucho que su madre sufriría si la viera en ese momento. Soñaban juntas con un futuro lleno de los privilegios que los Alcántara del Castillo podían procurarse pero cuando veía sus manos a diario casi se echaba a llorar, solía cuidarlas porque pensaba que serían las manos de una prestigiosa cirujano. Pero ahora...

—Listo Flor.

Antonella revisó la unión y sonrió.

—Gracias Poeta.

El hombre que baja estatura se echó aire con el sombrero de pluma al que era adepto mientras miraba el armatoste meneando la cabeza.

—No sé si le agrade al Capitán tu invento.

Antonella levantó la barbilla y se montó en la bicicleta, a pesar de ser vieja y usada se sentía suave al pedalear. La pequeña carreta fijada se sentía estable. Resistiría.

—Caer a menudo porque me fallan las piernas no es productivo. Además él mismo dijo que como jefe debe procurarme lo que haga falta para hacer bien mi trabajo—apuntó ella levantando la barbilla ligeramente y sintiéndose eufórica de pronto—.Creo que le gustará, ya lo he visto arreglar sus máquinas y se nota que le agrada la mecánica. 

—El Capitán sabe de todo y si no, se lo inventa. Le agradará saber que ha llamado tu atención con sus talentos.

Antonella detuvo el andar de la bici súbitamente.

—Ni se te ocurra decírselo—comentó mortificada—. Ya tengo bastante con amanecer en su sofá y comer su comida para que piense que...

—Está bien, seré una tumba. Puedes confiar en mí. También puedes confiar en el patrón, se preocupa por ti más de lo que imaginas.

 Antonella no supo que contestar, durante la semana, en sus breves intercambios con el Capitán, solía tratarla con brusquedad y parquedad. Ella sí se había fijado, sin embargo, en lo concentrado que era en su trabajo, en que no le importaba bajar al pozo y trabajar codo a codo con los mineros ensuciándose de lodo a pesar de ser el patrón, y en lo bueno que era arreglando las máquinas. Ese día que le vio sin camisa, sudado y lleno grasa con sus fuertes manos metidas en el motor de la excavadora, le flaquearon las piernas y su zona íntima se calentó. Era tan viril que quitaba el aliento. Esa reacción la incomodó, su cuerpo no reaccionaba así nunca, de hecho, había sido considerada en el pasado como una mujer tibia en la cama y llegó a creer a temprana edad que nunca sentiría el deseo que mojaba solo de pensarlo. Sin embargo, ni era el momento, ni el lugar, ni la persona adecuada para averiguarlo, no podía permitir que aquel hombre supiera el efecto que surtía en ella.
                          ***
Antonella se abotonó la bata con pesadez, Pancha se la había prestado y le quedaba enorme pero necesitaba ponerse algo cómodo para descansar su cuerpo de los estragos del día. Llevaba los dedos rotos envueltos en banditas, los labios resecos y la piel con una ligera capa dorada que ocultaba sus características pecas. La selva se estaba apoderando de ella. O así lo sentía.
Se peinó la melena y cayó dócil sobre su espalda. Estaba en la casa del Capitán, allí la esperaba su última comida y sabía que podía estar allí porque el hombre se la pasaba en la mina. 

Pancha le sirvió un caldo espeso de gallina como cada noche. Antonella se lo tomó con ansia.

—Capitán.

Al escuchar ese apodo levantó la cabeza y una gota de sopa se escurrió por su barbilla. Él se le quedó mirando desde el umbral.




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