Corazón Dorado

Tan solo una trampa

El Capitán rebanó el plato con el pan y siguió comiendo sin prestar atención a la molestia en su voz. En un momento de su vida, Antonella fue valorada por sus apellidos de abolengo y no pudo evitar sentirse ofendida ¿un apodo? Recordó las veces que Federico le dedicó poemas inspirados en su nombre. Poemas llenos de falsas promesas de amor, recordó con cierta amargura. 
¿Por qué de pronto pienso en esto?

—Y usted ¿cómo se llama?
—Capitán.
—Me refiero a su nombre de pila—dijo apretando los labios.
El hombre no le contestó sino que le puso la comida en frente.
—Abre la boca.

Antonella siguió su orden y decidió disfrutar de la carne, a estas alturas sabía que el verdadero nombre del Capitán parecía un misterio. La carne estaba deliciosa y le sumaba energía así que decidió no hacer más comentarios al respecto. 
Cuando terminaron lo que quedaba en el plato, el hombre se levantó.

—Ven conmigo, mujercita.

Le siguió a la oficina intrigada con lo que tendría para decirle. El Capitán sirvió dos vasos de ron y le puso uno en las manos. Antonella no era de tomar licor pero accedió a beber como gesto amistoso, al tomar un sorbo que su cuerpo se calentó agradablemente y continuó dando pequeños sorbos que disipaban el dolor que sentía desde hacía una semana.

Es una especie de analgésico pensó con una sonrisa.

El Capitán recostó su cuerpo sobre el viejo escritorio fijándose en la forma en que la horrible bata caía sobre el cuerpo femenino. Le quedaba exageradamente grande y la hacía lucir más pequeña y vulnerable pero la luz de la oficina transparentaba la tela dejando ver las curvas de su cuerpo. El deseo le llevó a tomarse un trago largo y a dejar el vaso sobre el escritorio antes de mirarla a la cara y decir con aparente tranquilidad:


—Sigo deseándote, Antonella. Me gustaría poseerte. Y si decidieras aceptar, te juro que te trataría como a una reina. Y aunque sea solo un polvo, lo pagaría bien.

De igual manera Nella necesitó un trago para asimilar sus palabras. La promesa en su voz logró que le temblara la mano ligeramente. 

—Capitán. No soy prostituta—añadió con suavidad.

Él asintió sin perder el porte. No deseaba ponerla nerviosa sino que se abriera a él. Extendió la mano y la invitó a sentarse en su sillón mientras él ocupó una silla cercana.

—Creo que ha quedado claro lo que no eres. Cuando me pediste ayuda no creí que soportarías una semana. Pero aquí estás. Hecha mierda pero aquí estás. Eso dice mucho de tan solo tu temperamento.
Se permitió sonreír por lo que sintió un halago, a pesar de la comparacion que le resultó graciosa. Y sincera. Le mostró sus dedos cubiertos de banditas.
—Lo que queda de mí. 

Él encontró aquel gesto encantador. Se reclinó hacia ella y le tomó la mano con cuidado, estudiándola por unos segundos.

—Lo que yo creo es que no deberías estar aquí. El trabajo duro no te va.
—Uf, ni que lo digas. 
—Cuando te veo... pareces de esas mujeres que salen en las pinturas antiguas. Con esa piel tan blanca y cubierta de joyas. Así es como deberías estar. Me jode saber que la necesidad te trajo aquí bajo mi sucia bota. Ojalá no fuera así.

El tono amable y la caricia en su mano lograron que se relajara. La verdad es que el Capitán no se veía tan amenazante cuando sonreía, así de esa manera tan atractiva. Y Nella llevaba tanto tiempo a la defensiva que había olvidado lo que era confiar en alguien.

—Tampoco me imaginé en un lugar así—admitió con un suspiro—. Pero mi mundo está patas arriba. Lleva así desde algún tiempo. Y no es el momento para ponerme selectiva. La única persona a la que le importo, está muriendo. Y sea como sea he de solucionar.
—Es difícil ¿verdad? Ver morir a alguien que amas es doloroso. Yo perdí mi madre a los seis años y luego a mi abuela a los diez, a partir de allí tuve que valerme por mí mismo.
—Lo lamento mucho, Capitán—dijo Nella conmovida por su confesión, imaginarse aun niño rubio de ojos color miel, pequeño y desvalido; le llegó al corazón—. Imaginé que su vida había sido difícil por como es usted pero no me imaginaba eso.
—¿Cómo soy? ¿Un hombre difícil? —preguntó divertido.
—Algo así—admitió con timidez.

El Capitán sonrió abiertamente al verla apurada.

—No he dormido sobre algodones.
—Yo lo hice por un tiempo. Todo era hermoso y perfecto pero no fue más que un espejismo, un sueño del que tuve que despertar cuando murió mi madre hace diez años. Ahora no soporto imaginar que la tragedia vuelva a mi vida y me arranque a la única persona que amo. A veces siento que es como luchar contra olas gigantescas que me apabullen. Hay días que no sé que más hacer o qué más dar de mí misma.

El Capitán la miró largo rato debatiéndose si hacer una pregunta que sentía le ponía en jaque.

—¿Un hombre? ¿Es la persona que amas? —formuló con el corazón en un puño.
—No. La mujer que me crio. 

El alivio que le llegó fue verdadero e incapaz de pasar otra noche sin tocarla, alargó la otra mano hasta su cuello y se lo masajeó con suavidad. Antonella suspiró de gusto al sentir sus dedos callosos sobre su piel y se permitió cerrar los ojos por un segundo en un momento de debilidad. 

—Yo diría que es una gran deuda... Debes ser leal. Hacer lo que sea para ayudarla—el Capitán miró su boca por un instante—. Es lo que hay cuando a uno le importa alguien. Hay que dar el todo por el todo.
Nella se fijó en sus ojos. No había notado lo hipnóticos que eran ¿por qué brillaban de esa forma al mirarla? Esa voz tan masculina, lo agradable de su contacto y su cercanía lograron que algo dentro de ella se encendiera.
—Eso hago—susurró.




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