Corazón Dorado

Una relación

Antonella miró al Capitán con ojos muy abiertos y el corazón plagado de expectativas. Incapaz de hablar por la emoción solo pudo negar con la cabeza. Él separó sus dedos y disfrutó la sensación de las hebras de cabello resbalándose entre ellos.

—Eres lo más bello.

Se inclinó y también fue amable, apoyando el peso de su cuerpo en su codo se acercó a la joven y le permitió acostumbrarse poco a poco a sus labios. Muy suavemente. Y a medida que Nella dejaba de temblar y respondía a sus delicadas atenciones, él se aventuraba más.
El rostro... Los hombros... Los brazos...
Se tomó su tiempo con ella. Preparándola y preparándose. El tiempo fue diluido y flotaron las sensaciones sutiles y placenteras.
Lentamente...
Muy lentamente...
Cuando su mano grande y tosca se deslizó por el muslo de la joven, él se disculpó:

—Lo siento, mis manos son ásperas como lijas.

Antonella se sentía en una nube de placer, nunca la habían acariciado así. Le acomodó un mechón rubio detrás de la oreja y dejó su mano en su barba rasposa. Estaba ante un hombre verdaderamente guapo, con el deje indómito del que se cría entre lo salvaje. Antonella llegó a pensar que el sexo con él podía llegar a ser brusco e incluso violento.
Qué equivocada estaba.
Ronroneó envuelta en una nube de deseo suave y calientita. En un placer dulce que la hacía palpitar.
Él sonrió.
Una sonrisa amable en un rostro atractivo.
Su piel era como el bronce y sus ojos brillaron como el oro más puro. Entonces ella lo supo, conoció al hombre egoísta que toma sin pedir y entonces le pareció que el Capitán no le estaba quitando, más bien le estaba dando.
Y ella ansiaba tanto recibir.
Lo tomó por la nuca y lo besó, pero antes de hacerlo musitó:
—No, sus manos son suaves.

Navegó en su boca profundizando el beso hasta el punto de hacerle perder la cabeza. No hubo miedo, solo un deseo que se encendió como leña seca, evaporando temores y abriendo paso a los susurros y los quejidos de los amantes.
Nella se arqueó de gozo al sentir que la penetraba, perdiéndose en un placer que la quebraba por dentro.
Tenía el cuerpo desmadejado como si hubiese participado en un maratón. Una maratón larga y en la que participó activamente hasta llegar a la meta. A su lado el hombre se dejó caer también, sudado y sin resuello.

—¿Te molesta si fumo? —preguntó el Capitán alargando la mano hacia la mesita de noche—. Me gusta después de un polvo.
—No creo que me moleste más nunca en la vida. Siento como si hubieras quitado un yunque de encima—dijo ella sin salir de su asombro, pero era tanto su bienestar que desató su entusiasmo al agitar sus brazos—, ¡el sexo es buenísimo!
—Pensé que ya lo sabías— el Capitán encendió el cigarro.
Le causó gracia verla animada como la niña que ha descubierto un juego nuevo.
—Le acabas de dar un vuelco a mi vida —le dijo Nella, tomó su mano y la apretó—. Gracias, de verdad.
—Las que te adornan, preciosa.
Nella le sonrió con ternura. Él le acarició la barbilla en forma de corazón.
—A ver ¿Por qué me agradeces? Soy yo el afortunado de tenerte en mi cama.
—Es que por mucho tiempo creí que no era buena para esto.
El Capitán aspiró mirándola fijamente y después de soltar el humo preguntó:
—¿Es joda?
—No, es en serio. Digamos que no me fue bien antes.
—Ju, no sé quién fue el idiota que te hizo creer eso pero para bailar tango se necesitan dos.
—Es cierto, el sexo es cosa de dos—comentó reflexiva—Aunque siempre sentí que era mi responsabilidad satisfacer.
—Pues hoy has estado estupenda.
Antonella sonrió encantada y ruborizada a la vez.
—Gracias, mi Capitán.
—Si vuelves a mirarme así harás que se me pare de nuevo. Si antes tenía mis dudas sobre nosotros, ahora estoy seguro que nuestro trato funcionará. Y nos divertiremos mucho mientras tanto.
—Yo también lo creo.
Nella ladeó la cabeza y lo miró con detenimiento, el Capitán fumaba su cigarrillo muy satisfecho de sí mismo mientras ella se daba cuenta que apenas le conocía.
—Dime tu nombre de pila—pidió.
—No lo creo. Me gusta como suena «Capitán » en tus labios cuando te corres—tomó un jalón y al soltar el humo la señaló con el cigarro—. Y eso te recordará quien manda.
Antonella le hincó un dedo en el hombro.
—Ni se te ocurra. Somos iguales, ese es el trato.
—Joder, mujer.
—De ninguna manera tendré sexo con alguien que no confía en mí lo suficiente para decirme algo tan básico... —Antonella se exasperó al verlo sonreír de oreja a oreja—¿Qué?
—Acabas de tener sexo y no sabes ni mi nombre ni mi edad ¡eres una perdida, mujer!
—¿Le parece gracioso? —se cruzó de brazos exasperada mientras el hombre se desternillaba de risa—Entonces no habrá más sexo hasta que me diga su nombre.
Con un gesto obstinado, Nella levantó la camisa del piso y comenzó a ponérsela.
—Maldita sea, maldita sea, arruinarás la noche solo por una estupidez.¡Vuelve a la cama y déjate de tonterías!—dio un puño en la mesa de forma teatral, Antonella no se inmutó por el drama sino que siguió con los suyo, el Capitán soltó un suspiro y continuó—... De acuerdo, te lo diré.

Se detuvo con las bragas en las manos y la camisa abierta. El capitán la miró enfurruñado.

—Me estás forzando a hacer algo que no quiero, mientras que yo no te forcé a nada.
—Usted deseaba mi cuerpo hoy y yo se lo di. Ahora quiero su nombre.
—Odio mi nombre y no me representa—refunfuñó.
—A ver si lo entiendo: desde que llegué aquí nadie lo llama por su nombre de pila ¿acaso está vetado?
—Es una porqueria de nombre.Una plasta.

—Por Dios... ¿se llama Torombolo? —preguntó divertida y él la fulminó con la mirada, está vez fue ella quien rio— Vamos, no puede ser tan malo.
—Eres muy caprichosa, Nella—se llevó el cigarro a la boca y clavó la mirada en ella mientras aspiraba y dejaba salir el humo—. Eso nos puede acarrear problemas.
—Usted es un troglodita y yo no le digo nada.
Aplastó el cigarrillo en el cenicero hasta pulverizarlo.
—Si te digo mi nombre no podrás llamarme así delante de nadie más—le advirtió.
—Qué tontería—soltó Nella entre risas.
—Joder, mujer.
—Le dije que no iba a ser su esclava.
El Capitán se frotó las cuencas de los ojos y lo dejó salir rápido como si fuera un improperio.
—Emiliano.
—Vaya—Nella se sentó a su lado y le miró con curiosidad, parecía el niño al que le acaban de sacar una muela—. Es un nombre bonito.
—Llámame lo menos posible por él, ¿vale?
—Vale.
Satisfecha por haber tenido su pequeña victoria Antonella tentó los labios del Capitán rozándolos con los suyos. Él no tardó en dejar su malestar y tomar lo que se ofrecía tan cálidamente.
Esa noche Antonella se dejó arrastrar hasta donde la corriente la llevara.

                                         ***
—Siempre es como lo dice tu Capitán . Si te digo que el burro es blanco, Toribio, es porque tengo los pelos en la mano. Venga, dame el sombrero que me gané.

Toribio esquivó habilmente el manotazo que lanzó el Capitán para arrebatarle su preciado sombrero de pluma blanco con banda color crema. El mas bonito de todos los que tenía. Y miró al joven minero con recelo, estaba cubierto de grasa y sus ojos brillaban con malicia.

—Manchará el sombrero si lo toma—acotó solemne.
—¡Bah! Qué importancia tiene si se lo pondré a Fulgencio.
—¡Se lo piensa poner al cerdo! —exclamó horrorizado de que su sombrero acabara en la cabeza de semejante animal.

El Capitán se encogió de hombros y contestó:

—Es un animal muy distinguido.
—Pero... pero... mi Capi.

El Capitán bajó la pierna que tenía sobre la máquina que estaba reparando y recogió el trapo del suelo mientras escuchaba las excusas de Toribio para no darle el sombrero que había ganado en una apuesta justa.

—... Yo solo decía que el hueco era muy angosto para el tamaño de la pieza. No le llevaba la contraria, ni mucho menos, usted es el que sabe de máquinas y yo solo soy un simple peón al que le gusta la poesía.
—Y las apuestas. Y por una apuesta te he ganado el sombrero.
—Pero Capitán , aposté que no entraba la pieza en la ranura de la máquina y no me imaginaba que usted iba a cortarla para hacerla encajar. Bien sabe que mi debilidad son las apuestas y me tentó teniendo un as bajo la manga.




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