Corazón Dorado

Peligrosa excursión

El día estaba perfecto para una excursión y, si su instinto no fallaba, seguiría así. Decidió tomarse el día libre para disfrutarlo con su mujer y llevarla de paseo a un paraje que le quitaría el aliento. Ahora que se confesaron su amor el Capitán deseaba compartir con Nella el lado hermoso de la selva y hacer que se enamorara del lugar. En su fuero interno ansiaba retenerla hasta que su cabello se cubriera de canas y que se olvidara del dichoso trato que los unió y que no habían vuelto a mencionar. Nella tenía más de seis meses en Casablanca y contando.

Ella lo quería y lo necesitaba. Y él estaba dispuesto a dar la vida por ella.

Aunque fuera un bastardo con un secreto que lo mantenía en un hilo. Había aprendido a lidiar con esa verdad macabra que le carcomía, forjó su fuerza de voluntad y le hizo el hombre que era. Se sintió satisfecho... hasta que conoció a Nella y quiso ser mejor, no llevar esa tara en su sangre y poder ofrecer más de sí mismo.

En algún momento me sinceraré, se dijo. Aunque no ahora. En otro momento, en otro lugar. Mientras, disfrutaría el día de cacería y llenaría la despensa con carne fresca.

El Capitán se felicitó por su plan y sonrió... hasta que escuchó a Gerardo quejarse por enésima vez.

—¡Ay! Hay mucha plaga.
—Papá, te dije que te echaras repelente de insectos.
—Es muy grasoso, Nella, y sabes que me da alergia—Gerardo se aplastó un insecto contra el brazo—¿cuánto falta para llegar?Me duelen los pies.
—Llegando al sendero de allá nos adentramos en la selva—el Capitán hizo un esfuerzo sobrehumano por ocultar su fastidio.
—¡¿Falta más?!

Gerardo dejó caer sus manos en sus rodillas,
estaba bañado en sudor y le costaba respirar. Su condición física era muy pobre debido a años de excesos con la bebida. Aunque los meses en Casablanca le habían cambiado el semblante.

—Es el área reservada para cazar, nos la cedieron los pemones—explicó el Capitán .
—¿Una tribu indígena?Válgame Dios. Nella, dónde nos ha metido este hombre.
—Los Pemones son pacíficos y estas son su tierras—se terció la escopeta—. Mientras cacemos lo que vayamos a consumir y no lo hagamos por deporte, ellos nos lo permiten.
—Ah...
—Esto es muy bonito. Mira papá, el paisaje.

Nella hizo un gesto con la mano que abarcó una impresionante sabana salpicada de montañas de cimas planas, denominadas tepuyes, y saltos de agua; los arcoiris se multiplicaban donde el sol se posase.

—Es maravilloso—suspiró arrebolada.

Le parecía un lugar mágico y extraordinariamente hermoso. Justo la reacción que esperaba el Capitán. La miró con cariño y le besó la mano que compartían.

—Tú eres maravillosa—murmuró contra su piel.
—Pero hay tanta plaga...

Gerardo detrás de ellos se peleaba con los mosquitos.

—Tú papá es un grano en el culo.
—No sea malo, mi Capitán .
—Jú...

Miró su mohín. El mismo puto mohín que lo convenció de que su padre se anotara a la aventura. Secretamente planeaba tomar a su mujer en el río, pero al anotarse Gerardo esa posibilidad se esfumó. Estaba empezando hastiarse de él.

Hasta que sintió un tirón en la manga de su camisa.

—¿Puedo llevar mi rifle, Capi? Ande, no sea malito.

Miró esos ojos negros—inquietos como mariposas—que conocía bien.

Otra que se anotó sin invitación, pensó.

—No, Chusmita. El arma no es un juguete, aunque te empeñes en creerlo.
—Andeeeee, soy buena con el rifle. No sea malito.
—Como vuelvas a pedírmelo... —se tocó el cinturón en una amenaza implícita.
—¡Yo espero! —soltó la niña y se fue dando brinquitos.

Nella miró ese cuerpo espigado y de trenzas deshilachadas alejarse.

—Hablando de granos en el culo—murmuró.
—Es solo una niña. Y tu padre es...
—¿Qué es?

Un quejica. Un flojo. Una pesadilla.

Reconoció las señales. Sus lindos labios fruncidos preparados para la pelea. Lo sabía. Pero sin ánimos de discutir la tomó de la cintura y la levantó en el aire como si fuera su trofeo.

—El creador de semejante hermosura. ¡Gracias Gerardo!
—De nada—contestó el padre de mala gana.
—¡Ya bájeme!
—No. Hasta que me digas que me quieres.
Nella se echó a reir.
—Te quiero.
—¡Gracias, joder!

Le estampó los labios en la mejilla con tanta fuerza que pareció un perro dándole lametazos a su ama. Gerardo meneó la cabeza con gesto descompuesto al ver como su hija, una Alcántara Del Castillo, se desternillaba de risa. Secándose el sudor de la frente concluyó que era una pesadilla.

Seguro estoy ebrio y toda esta aventura me la estoy soñando, decidió.

Al llegar al claro el Capitán les explicó las normas de la cacería. Se escondieron detrás de unas piedras a esperar. A Nella los sonidos selváticos: el riachuelo, los pájaros, la brisa sacudiendo las ramas; le resultaron agradables.

—Entonces... después de tanta caminata ¿nos quedamos aquí a esperar?
—Chsss
—Es que se me están acalambrando las piernas.
—Gerardo...chss.

Chusmita apoyó su mano en el hombro del Capitán que veía a través de la mirilla de la escopeta.




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