Corazón Dorado

Amenazas y nuevos comienzos

 

Después de la carcajada siniestra una voz se hizo escuchar.

—¿Me amenazas con tu nombre? Qué irónico, sabemos que el mío te pone a temblar.

El Capitán vio el rostro de Chusmita, pálido a morir. Con los ojos tan abiertos y aterrados que querían salirse de sus órbitas. Asintió en silencio, asegurándole con ese gesto, que él la protegería incluso si se dejara la vida en ello.

Tomó uno de sus rifles y se adentró en el bosque en carrera.
 

El tiempo pareció detenerse alargándose hasta el infinito. El silencio ayudó, aunado a la incertidumbre. Sus miembros estaban entumecidos y aún así se negaron a moverse de sus posiciones, esperando al Capitán.

Cuando crujieron y se movieron ramas levantaron la vista, asustados y a la expectativa.

—No encontré nada.

Al salir de los matorrales Nella saltó sobre él.

—Estoy bien, mujer.
—Jamás vuelva a hacerme eso.

Se la quitó de encima sin delicadeza.

—He dicho que estoy bien. Será mejor que nos vayamos.
—Está bien—murmuró ella, temblorosa y frágil. Y no comprendió su reacción hasta que le vio acuclillarse frente a Chusmita y apretarla con fuerza. La niña sollozaba sin cesar.
—Está bien, pequeña. Sé fuerte. Levanta, debemos irnos.

La ayudó a incorporarse pero las delgadas piernas de la muchacha no dejaban de temblar. La mente de Nella rápidamente asimiló la situación por lo que era: la voz misteriosa era la del Caníbal y había revivido el trauma en Chusmita.

Nella halló la fuerza que necesitaba acercándose a Chusmita y pasándole un brazo para que se apoyara en ella.

El Capitán asintió levemente con un gracias en la mirada. Nella le devolvió el gesto en silencio, mientras él la soltaba y tomaba la vara con el animal instando a Gerardo con un gesto de su cabeza a que hiciera lo propio.

Lo más rápido que pudieron acortaron el camino hasta la sabana. Al llegar a la salida del bosque el Capitán se detuvo y se dirigió a Nella.

—Adelántense—le rozó la mejilla con un dedo—.Tengan cuidado.

Nella lo tomó por un gesto de disculpa que aceptó sin chistar.
—Me explicará ¿qué cojones está pasando? ¿Por qué alguien nos tenía a mí y a mi hija como tiro al blanco?

A medida que su hija se alejaba, ellos seguían plantados en la salida del bosque, a saber, con un loco armado tras de ellos.
El Capitán no le contestó, sino que se giró poniéndolos de frente con el árbol que antes estaba justo detrás de ellos. Gerardo soltó un grito al mirar un par de dedos cocidos con hilo negro y clavados en la corteza sobre una sangrante “E”.

—Pero qué demonios.

Sintió un escalofrió resbalarle por la espalda. Aquello parecía maligno. Aquello parecía satánico. Parecía...

Maldad pura y sin filtros.

—Y tú, Gerardo ¿podrás soportar la realidad sin recurrir a la bebida?
—Me explicará ¿qué cojones está pasando? ¿Por qué alguien nos tenía a mí y a mi hija como tiro al blanco?

A medida que su hija se alejaba, ellos seguían plantados en la salida del bosque, a saber, con un loco armado tras de ellos.
El Capitán no le contestó, sino que se giró poniéndolos de frente con el árbol que antes estaba justo detrás de ellos. Gerardo soltó un grito al mirar un par de dedos cocidos con hilo negro y clavados en la corteza sobre una sangrante “E”.

—Pero qué demonios.

Sintió un escalofrió resbalarle por la espalda. Aquello parecía maligno. Aquello parecía satánico. Parecía...

Maldad pura y sin filtros.

—Y tú, Gerardo ¿podrás soportar la realidad sin recurrir a la bebida?
 

Pasó una semana desde su encuentro con el Caníbal y nada ocurrió. Esa sombra negra y podrida en su vida lo tenía harto, le agradeció al Dios en el que casi nunca pensaba que Chusmita fuese una niña tan fuerte. Cuando se le pasó el susto volvió a la normalidad. Sin embargo él redobló la vigilancia en su cabaña. Cuando el Caníbal rondaba era porque algo macabro planeaba. Y no quería averiguarlo. Pero el mensaje fue claro la letra que le había elaborado con dedos y sangre era la inicial de su nombre:Emiliano.

Fuese lo que fuese que planeara ese lunático tenía que ver con él. El Caníbal conocía su secreto... y aquel maldito se regocijaba en recordárselo.

Para cambiar los aires el Capitán salió de Casablanca y se dirigió al pueblo más cercano para abastecerse. Aprovechó de comprar algunas cosas que Nella le había encargado. Fruta fresca, jabón perfumado y unas sábanas de buena calidad terminaron en una caja en la parte trasera del jeep. Toribio le dedicó una mirada zumbona al Capitán al verlo asegurar un jarrón con flores.

—Flores para la señorita.
—Sí, le gustan ¿algún problema?
—Se la ve contenta con usted.
—Eso parece. Y espero que no se vaya todo a la mierda—comentó encendiendo el jeep—. Ayer la llamaron por teléfono los de la inmobiliaria y le dijeron que hay tres posibles compradores para la villa de sus padres. Es puro lujo, Toribio, si la vieras. Ni idea de cuanto costará pero seguro será suficiente para que Nella esté tranquila por años.
—¿Cree que lo dejará?




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