Corazón Dorado

Regalos perversos

El agua salió a borbotones de la máquina enlodada, mientras la banda transportadora llevaba la arenilla de punta a punta y el ruido burbujeante y húmedo salpicaba el pozo.

Sus hombres, metidos en el lodazal, meneaban las bateas de madera inspeccionándolas mientras el sol les ennegrecía la piel. Era el precio que debían pagar por el oro. Pero ya lo sabían. El sudor, la fatiga e incluso el dolor, no eran nada comparado a un tesoro; por muy diminuto que fuera.

Emiliano estiró la mano y tomó un poco de la misma apretándola entre sus dedos. Una pepita diminuta le mostró su brillo. Pasó la almohadilla de su pulgar por esta.

Qué lejos se veía el día en que aquello era lo que primaba en su vida.
El metal. Duro y frío. Sin alma.
Y lo que conseguiría con él.

Sonrió ante la idea de mandar a hacer un regalo especial para su mujer. Una bobería que reluciera esa preciosa sonrisa que tenía.

Era feliz.

Miró al suelo, al lodazal donde estaba inmerso. Desde temprana edad se sintió incapaz de alcanzar la felicidad. Él estaba embarrado hasta el cuello; y rogaba a ese Dios extraño y lejano que ella no se salpicara. Sus pensamientos lo llevaron a un pasado sangriento, obsceno y lleno de canalladas. Toda su vida se resumía a eso.

¿Era acaso inevitable que la fetidez le golpeara las narices?

Parecía imposible evitarla cuando se lleva encima una maldición que te mantiene en un hilo.

Dejó a sus hombres trabajar y subió a sus oficinas desde donde tenía una clara visión de su pozo. Entró directo al baño donde se refrescó cara y nuca. Sus ojos dorados se habían suavizado producto de la esperanza que bullía en su interior desde hacía ocho meses.

Qué fácil resultaba la felicidad. Y a la vez desesperante la idea de perderla.
Se secó la cara con la pequeña toalla de mano que había dispuesto su mujer en el baño de la oficina, la acarició y la colocó en su sitio.

El Cojo entró a la oficina .

—A la Dotty se le detuvo el motor y echa humo.
—Jú—bufó, saliendo de la oficina.

De un tiempo para acá las máquinas no paraban de estropearse, causándole más de un dolor de cabeza. Era ese el motivo por el que cual había tenido que volver a Casablanca dejando a su mujer en la ciudad esa semana. La idea le mantenía en un hilo, pero gracias al apoyo de Gabriela y Toribio que la acompañaban, pudo mantenerse cuerdo.

Qué duro era estar sin ella.

Pero tenía una responsabilidad con la mina y no debía deslindarse de la misma.

Antonella estaba arreglando los papeles para la inminente venta de la villa y le daba una vuelta a Yaya quien cada vez se encontraba mejor. Estaría allí una semana.

El Capitán jaló el cordón que puso a funcionar a la Dotty y ésta se sacudió con un fuerte rugido. Algo salió disparado sorpresivamente hacia la espalda de un minero que gritó tras la impresión del golpe.

—Había algo en la máquina, Capitán —acotó el Cojo.

Era improbable que aquello pasara, siendo la máquina encargaba de soltar chorros de agua hacia la mina; no de extraerlos.

—Trae acá—ordenó.

El minero le entregó una bolsa mediana, sellada con cinta adhesiva gris oscuro.
El Capitán tomó su cuchillo y rajó el paquete descubriendo una pequeña caja de madera.

No necesitaba abrirla para saber que no iba a gustarle su contenido.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando levantó la vista hacia la selva. Podía sentir su mirada siniestra. Le conocía bien y sabía que su sadismo le llevaría a estar allí, mirándolo, regodeándose en su terror, devorándolo, como una bestia babeante que se alimentaba del miedo.

Soltó lo que tenía en las manos y en un impulso se adentró en la selva. Ráfagas verdes pasaron por su lado. Rápido sacó el cuchillo de cacería, cortándolas, mientras escuchaba como se rompían a su paso.

Estaba allí, lo sabía, podía sentirlo, incluso olerlo.

Él también poseía instintos animales dispuestos para la acción y sabía cómo encontrar un animal aunque se escondiera. Divisó una sombra y se abalanzó sobre esta hasta estamparla contra un árbol colocando la navaja de su cuchillo contra su cuello.

—¿Cap... Capitán..?

Enfocó los ojos y salió de su trance. No era la bestia inmunda que buscaba sino uno de sus trabajadores que le miraba entre temblores.

El Capitán aflojó su navaja pero no la bajó.

—¿Qué haces aquí?
—Me... me... meando.

El pobre hombre tenía los pantalones abajo y su pene flácido en la mano. El hedor a orina golpeó al Capitán que enfudó su cuchillo.

—Vuelve a tus labores—al ver que el hombre seguía paralizado rugió—. ¡Y guarda esa vaina!

Escaneó la selva pero ya no estaba. El hijo de puta había escapado.

Regresó a su oficina con la caja en la mano, la tiró sobre la mesa mientras buscaba una botella de ron que tenía guardada. La necesitaría. Retiró la tapa y se echó un par de tragos largos mirando la caja con suspicacia. Se limpió la comisura de la boca con el brazo mientras el licor le quemaba la garganta.

Cómo deseaba que no estuviera ahí, cómo deseaba no tener que abrirla. Pero sabía, que quisiera o no, debía hacerlo. Sus dedos se acercaron hasta la tapa de la misma con un ligero temblor y la levantaron.

Un fuerte hedor le impactó y una arcada le acució. Fue corriendo al baño donde descargó su estómago. Cuando terminó, asqueado, se irguió, lavó su rostro y entró a su oficina.

Allí estaba la maldita caja.

El olor nauseabundo se había apoderado del lugar como la peste misma, en ese momento entró el Cojo y se llevó la mano a la nariz.

—No cierres la puerta—ordenó el Capitán atacado por otra arcada.

El Cojo asintió y se acercó con curiosidad. Llevaba años trabajando para el Capitán y sabía que cada cierto tiempo recibía una caja misteriosa que le caldeaba los ánimos; aunque nunca hablaba de ello.

—Ve dentro y dime qué ves.

El Cojo se acercó tapándose la nariz con un pañuelo. La primera impresión le hizo abrir los ojos, horrorizado. La segunda cerrarlos.

—Dedos, vísceras de animal, creo y... creo... que hay una nota.

El Capitán dio dos zancadas, miró dentro—e incapaz de meter los dedos en semejante atrocidad—vació la caja en la papelera, descubriendo un papel arrugado dentro de un plástico transparente. Conteniendo otra arcada lo tomó, la abrió y se quedó mirando el papel. Era una fotografía en blanco y negro. Un eco de algún bebé. Frunció el ceño. Algo le llevó a voltear la imagen y encontrarse con algo escrito con una letra exquisita y cuidada.


No puedo expresarte lo que me decepciona saber que una hembra te ha domado con su coño. Creí que te había dejado claro que esas pecadoras de Babilonia se comen tu energía y te debilitan. De ellas solo se obtiene morbo y poder al aplastarlas como los gusanos que son. Son mulas y merecen pagar por ello con sangre y dolor.

¿Cómo te explico Emiliano, que has caído muy bajo al meter tu semilla en una mula de débil estirpe? ¿Sabes?

Tendré que enseñarte a ser un hombre.

Es una pena, casi te perdonaba tu existencia. Ah, pero lo disfrutaré, eso sí. Y como siempre seré generoso con mi enseñanza.

Por lo pronto, ¿te gustó mi regalo?

Es un poco de todo para tu disfrute, fue gratificante sentir los rasguños del gato cuando le destripé, casi tanto como follar a tu hijita.

Un abrazo sincero.

E.


El estómago del Capitán volvió a descomponerse y entonces tuvo que acercarse al sanitario para descargarlo de nuevo. Pensar en Chusmita y el suplicio que pasó le puso enfermo. No soportaba el no haber podido protegerla como debía. Apretó los puños sobre el lavabo soltando maldiciones y sintiendo como la desesperación le escocía los ojos.

—Eh, Capitán ... ¿está bien?

Reaccionó. Sus hombres no podían verle en ese estado. Se limpió los ojos con el antebrazo y se irguió todo lo orgulloso que era. Su mirada fiera doblegó al Cojo, quien bajó la cabeza.

—Necesito reunirme con el capitán de los pemones a la brevedad posible.
—Mmm... ¿Y qué le digo?

El Capitán le agarró por el cuello de la camisa y siseó:

—Lo que te acabo de soltar.
—Sí... tranquilo.
—Lo que hable con él no es de tu incumbencia. Y cuidadito con contarle a alguien lo que acaba de pasar aquí.
—Tranquilo, sabe que puede confiar en mí.

El Capitán le miró fijamente.

—¿Puedo? Porque no paro de pensar en que un loco se ha colado en mi mina y nadie lo ha visto ¿acaso he de cuidarme las espaldas de mis propios hombres?
—No señor, ahora mismo averiguo qué pasó.

Le soltó la camisa con furia provocando que el hombre diera un traspiés.

—Más te vale.




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