Corazón Dorado

Capítulo especial II

 

El Capitán llegó al hospital portando un ramo de flores y su ropa de Juan Perez que se ponía para los viajes a la ciudad, pero esta vez sin la corbata ya que no soportaba sentirse amarrado como animal. Saludó a Toribio a Gabriela y a la nana de su mujer, estos le dijeron que Nella estaba en el tercer piso resolviendo un asunto administrativo pero que se había tardado.

—Ju, será mejor que suba a buscarla por si le falta pagar algo.

—Y usted señor Juan Pérez ¿a cuenta de qué le paga las cuentas a mi niña si supuestamente solo son amigos? —preguntó la nana entrecerrando los ojos y fingiendo que estaba molesta.

—Mire, Yaya, sabe que es una tontería simular que Nella es otra cosa que mi mujer. Será mejor que dejemos ese punto claro de una vez porque no pienso dormir separado de ella.

Entonces la mujer puso los brazos en jarras y arrugó el rostro como si estuviera muy enojada.

—¿Significa eso que usted, señor Pérez, se atrevió a robar la virtud de mi niña?

—Espera… ¿Qué?—Emiliano se rascó la nuca no hallando que decirle a la nana de su mujer que seguía pensando que Nella era inocente, finalmente levantó los brazos y exclamó—Esas son chorradas de mujeres, Yaya, y si quiere saberlo, pregúnteselo a ella.

Al verlo tan apurado la señora soltó una carcajada e hizo reír a los presentes por haberle tomado el pelo al minero que la veía como si fuera un extraterrestre.

¿Qué le pasa a la señora? ¿Serán efectos del tratamiento? Se preguntó el minero. Hasta que Yaya le apretó las mejillas como si fuera un crio y le dijo con cariño:

—Ya sé que eres el enamorado de mi niña y que prefieres que te digan Capitán. Así que no más mentiras jovencito, cuando lleguemos a casa tendremos una conversación seria usted y yo ¿entendido?

El Capitán soltó un suspiro, resignado.

—De acuerdo. Iré a buscar a Nella.

—Voy con usted—se enganchó de su brazo y aunque Gaby y Toribio intentaron persuadirla para que se quedara, no aceptó—No soy una inválida y no me matará caminar un poco. Estoy cansada de estar sentada.

Se dirigieron al ascensor. El Capitán estaba un poco incómodo con la señora, aunque feliz de verla más recuperada que la última vez. Se preguntó qué le había contado su mujer, ya que no quería soltar un comentario y meter la pata como la vez que le declaró sus sentimientos, además dudaba que Nella le hubiera contado del trato que hicieron, aunque eso ya no importaba ya que no estaba con él por el dinero, gracias a Dios.

—Es un bonito detalle traerle flores a la niña—apuntó la nana mirándolo con cariño.

—Sí, eh, a Nella le gustan—se encogió de hombros el Capitán, incómodo por el escrutinio de la nana y feliz de haber ido a afeitarse antes de llegar allá, ya que Juan Pérez era un tipo decente y debía aparentarlo. Y no parecer el bastardo que era en realidad.

La puertas del ascensor se abrieron en el segundo piso y entró Carmina con gesto asustado.

—Señora María menos mal que la veo, Antonella se acaba de caer por las escaleras y la están atendiendo. Iba bajar a buscarlos. Dios mío, es muy confuso todo lo que pasó.

—¿Dónde está? —preguntó el Capitán de inmediato, con el corazón en la boca.

—Está por aquí, síganme.

Salieron del ascensor siguiendo a la pelirroja que llevaba el uniforme de administración del Hospital Santa Mónica y unos tacones altos, llegaron hasta la puerta de una habitación donde se encontraban reunidos un grupo de doctores cuchicheando entre sí.

—Doctor Salcedo—dijo la Yaya muy preocupada.

El doctor dejó al grupo de médicos y apretó el brazo de la mujer haciéndole una seña a Carmina para que los dejara solos.

—¿Mi niña?

—La hemos sedado—contestó el galeno—. Tuvimos qué. Antonella tuvo una crisis emocional y se cayó por las escaleras. Estaba muy perturbada y decía cosas sin sentido.

—No se preocupe por el dinero, lo que haya que pagar lo cubro yo ¿dónde está, Nella, quiero verla? —interrumpió el Capitán.

—Me temo que solo miembros de su familia pueden pasar ya que está dormida, caballero—agregó el doctor mirándolo con interés.

—Soy su marido.

El doctor miró a la nana y esta hizo un gesto afirmativo.

—Bueno en ese caso… adelante.

Al pasar a la habitación encontraron a una Nella dormida y con múltiples hematomas en los brazos y uno importante en la mejilla. La nana corrió hasta ella y la abrazó con cuidado sintiendo lágrimas en los ojos.

—¿Cómo coño pasó esto en un Hospital?—exclamó el Capitán, furioso de ver lastimada a su mujer—Exijo una explicación o si no aquí va correr sangre.

El viejo galeno se sobó la cara y exclamó frustrado:

—No lo sé—ocupó el sofá, cansado de los sobresaltos del día e invitó al minero a sentarse para contar la poca información de la que disponía—. Antonella acababa de hablar conmigo, incluso María estaba. Se la veía tan contenta porque le di el alta a su nana. Pasados unos veinte minutos aproximadamente, qué se yo, escuché unos gritos provenientes de las escaleras. Y cuando me asomé era ella. La muchacha estaba en el piso después de caer de un tramo no muy alto. Solo se hizo un esguince y se lastimó un ligamento de la muñeca, lesiones leves, nada grave a decir verdad.




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