Corazones al límite

CAPÍTULO 1 Una aventura que cambió su destino

Suiza

El viento frío golpeaba los ventanales del prestigioso internado Saint Claire, mientras una fina capa de nieve cubría los jardines. Eran las seis y media de la mañana y la mayoría de las estudiantes todavía dormía.

Pero en una de las habitaciones del tercer piso, cuatro chicas estaban demasiado despiertas para preocuparse por las clases.

—¿Están seguras de que podemos hacerlo? —preguntó Anet mientras miraba por la ventana.

—¡Por supuesto! —respondió Diana Antillón, con una sonrisa traviesa—. Llevamos semanas planeándolo. No podemos echarnos para atrás ahora.

Constanza soltó una carcajada mientras terminaba de guardar algunas cosas en su mochila.

—Tres días en la montaña. Sin profesores, sin reglas y sin tener que escuchar a nadie. ¿Qué podría salir mal?

Lorena levantó una ceja.

—Que nos descubran, que nos congelen o que terminemos perdidas en medio de la nada.

—¡Qué negativa eres! —bromeó Diana.

Las cuatro amigas se miraron y comenzaron a reír.

Diana era la líder del grupo. Tenía una personalidad fuerte, era impulsiva y no soportaba que alguien le dijera qué hacer. Aunque sabía que aquella escapada podía traerles problemas, estaba convencida de que necesitaban vivir una aventura lejos de las normas del internado.

—Prométanme algo —dijo Diana, extendiendo la mano—. Pase lo que pase, ninguna va a culpar a las otras.

—Lo prometemos —contestaron las tres.

Unieron sus manos y, minutos después, salieron por una puerta lateral que daba a los jardines.

No sabían que aquella decisión terminaría cambiando sus vidas.

***

**Tres días después**

El regreso fue muy distinto de lo que habían imaginado.

Las cuatro chicas entraron al despacho de la directora con el rostro cansado y la ropa todavía marcada por la aventura. Frente a ellas había varios documentos, teléfonos y cuatro familias que llevaban horas exigiendo explicaciones.

La directora, una mujer de mirada severa, se acomodó los lentes.

—¿Tienen idea de lo que han provocado?

Ninguna respondió.

—Sus familias denunciaron su desaparición. Durante tres días no tuvimos información sobre su paradero. Sus padres llegaron a pensar que habían sido secuestradas.

Diana bajó la mirada.

—Fue una aventura. No queríamos hacerle daño a nadie.

—¡Una aventura! —repitió la directora, indignada—. Sus compañeras son hijas de diplomáticos. La situación llegó a las autoridades de sus países y puso en peligro el prestigio de esta institución.

—La culpa fue de todas —intervino Constanza—. Diana no nos obligó a ir.

—Yo organicé la salida —dijo Diana, dando un paso al frente—. Si alguien tiene que asumir la responsabilidad, soy yo.

Anet la miró preocupada.

—Diana, no tienes que hacer eso.

—Sí tengo. Yo las convencí.

La directora cerró una carpeta.

—El comité disciplinario ha tomado una decisión. Las señoritas Constanza, Anet y Lorena recibirán sanciones severas. En cuanto a ti, Diana Antillón, la institución ha decidido expulsarte de manera inmediata. Además, tu expediente será notificado a otros internados europeos.

Diana sintió que el estómago se le encogía.

—¿Me están expulsando?

—Así es.

Por primera vez, no tuvo una respuesta ingeniosa.

Miró a sus amigas. Las tres tenían los ojos llenos de lágrimas.

—Lo siento —susurró Lorena.

Diana intentó sonreír.

—No se preocupen. Ya encontraremos la manera de salir adelante.

Pero cuando salió del despacho y llegó a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama.

Había querido vivir una aventura.

Nunca imaginó que terminaría perdiendo su lugar en aquel colegio.

***

**Ciudad de México**

El sonido de una alarma despertó a Braulio Vallardares.

Se incorporó de golpe y miró la hora.

—¡No puede ser!

Se levantó, se puso una camiseta deportiva y comenzó a buscar sus tenis. Tenía entrenamiento temprano con el equipo de canotaje de Nova Atenas y no pensaba llegar tarde.

Al salir de su habitación, encontró a su primo Esteban sentado en el comedor.

—Miren quién decidió levantarse —comentó Esteban con una sonrisa burlona—. El gran deportista.

Braulio lo ignoró y se dirigió a la cocina.

—Buenos días —saludó a su tía.

La mujer apenas levantó la mirada.

—Hay que comprar algunas cosas para la casa. Espero que hoy tengas tiempo.

—Tengo entrenamiento y después clases. Puedo hacerlo por la tarde.

Esteban soltó una carcajada.

—Siempre tienes una excusa. Te crees muy importante porque eres el capitán del equipo.

Braulio tomó un vaso de agua.

—No me creo importante. Simplemente tengo responsabilidades.

—¿Responsabilidades? —repitió Esteban—. Deberías agradecer que tienes un techo donde vivir.

Braulio apretó la mandíbula.

Aquellas palabras no eran nuevas. Desde que había quedado huérfano, había vivido bajo el techo de sus familiares, pero nunca había sentido que aquella fuera realmente su casa.

—Ya me voy —dijo finalmente.

—Y no regreses tarde —ordenó su tía.

Braulio tomó su mochila y salió sin responder.

***

**El refugio de Braulio**

El lago estaba tranquilo cuando llegó a las instalaciones deportivas de Nova Atenas.

El equipo ya se encontraba reunido. Algunos calentaban, otros revisaban sus canoas y varios conversaban junto al muelle.

—¡Capitán! —gritó Eduardo al verlo—. Pensé que hoy nos ibas a dejar abandonados.

—Ni en tus sueños. ¿Ya revisaron las canoas?

—Todo listo —contestó Eduardo.

Samuel, al que todos llamaban Sammy, se acercó con una sonrisa.

—¿Listo para perder, Vallardares?

Braulio levantó una ceja.

—¿Quieres apostar?

—Mejor no. La última vez terminé pagando el desayuno de todos.

Los chicos comenzaron a reír.

Braulio se puso el chaleco salvavidas y se acercó al agua. En aquel lugar se sentía libre. No importaba lo que ocurriera en su casa, ni las palabras de Esteban. Allí era simplemente Braulio: el muchacho que amaba remar y que soñaba con competir algún día a nivel internacional.




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