Corazones al límite

CAPÍTULO 2 El precio de la libertad

Ciudad de México

El sol apenas comenzaba a iluminar la habitación de Diana cuando el sonido de su teléfono la despertó.

Abrió los ojos con dificultad y miró la pantalla. Tenía varios mensajes de sus amigas.

Constanza: ¿Ya llegaste a México?

Anet: ¡Te extrañamos muchísimo!

Lorena: Prométenos que no vas a meterte en problemas durante la primera semana.

Diana sonrió y comenzó a escribir.

Diana:No prometo nada. Las extraño, tontas.

Dejó el teléfono sobre la cama y se levantó. Después de darse una ducha, se puso unos jeans, una blusa blanca y unas zapatillas. Bajó las escaleras esperando encontrar a su madre, pero solamente vio a una empleada preparando el desayuno.

—Buenos días, señorita Diana.

—Buenos días. ¿Mi papá está en casa?

—El señor Doménico la espera en el despacho.

Diana suspiró.

—Perfecto. Ni siquiera he desayunado y ya tengo una cita con el juez.

La empleada sonrió discretamente.

Diana tomó una manzana y caminó hacia el despacho.

***

**El desafío de Doménico**

Doménico revisaba unos documentos cuando Diana entró sin tocar.

—¿Me buscabas?

—Siéntate —ordenó él.

Diana tomó asiento frente a su escritorio.

—¿Qué pasa?

—He estado pensando en tu situación escolar. Después de lo ocurrido en Suiza, no será sencillo conseguirte otro internado en Europa.

—Ya lo sé.

—Por eso tendrás que estudiar aquí.

Diana levantó las cejas.

—¿Aquí?

—En la Ciudad de México. Buscaré una institución donde puedas terminar tus estudios.

—No necesito que busques nada por mí.

Doménico dejó los documentos sobre el escritorio.

—No estás en posición de exigirme nada.

—No estoy exigiendo nada. Solo quiero decidir sobre mi vida.

Su padre la observó con seriedad.

—Mientras vivas bajo mi techo, seguirás mis reglas.

Diana respiró profundamente.

—Entonces quizá sea hora de dejar de vivir bajo tu techo.

Doménico soltó una risa incrédula.

—¿Y adónde piensas ir? ¿A vivir con tus amigas? ¿A mantenerte con qué dinero?

—Puedo trabajar.

—No tienes idea de lo que significa mantenerte por tu cuenta.

—Tal vez porque nunca me has dejado intentarlo.

El silencio se apoderó del despacho.

Doménico se levantó y caminó hasta la ventana.

—Muy bien. Si tanto deseas demostrar que eres independiente, hazlo. Termina la preparatoria por tu cuenta, consigue un trabajo y paga tus propios gastos. Pero no esperes que resuelva tus problemas cada vez que cometas un error.

Diana sintió un pequeño nudo en el estómago.

Aquello era exactamente lo que había pedido, aunque no esperaba que su padre se lo pusiera tan difícil.

—Acepto.

Doménico giró la cabeza.

—¿Qué?

—Que acepto tu desafío. Voy a terminar mis estudios y voy a trabajar. No voy a pedirte dinero.

—Ya veremos cuánto dura tu entusiasmo.

Diana se levantó.

—No necesito que creas en mí, papá. Esta vez voy a creer en mí misma.

Salió del despacho antes de que él pudiera responder.

***

**La decisión de Diana**

Pilar estaba preparando café cuando escuchó el timbre.

Al abrir la puerta, encontró a su sobrina con una maleta pequeña y una mochila.

—¡Diana!

—Hola, tía.

Pilar la abrazó con fuerza.

—¿Qué haces aquí? ¿No llegaste ayer?

—Sí, pero necesito hablar contigo.

La mujer se apartó para dejarla entrar.

—Pasa, cariño.

Diana dejó la maleta junto al sofá.

—Papá y yo tuvimos una discusión.

Pilar suspiró.

—Me lo imaginaba.

—Me retó a terminar la preparatoria por mi cuenta, conseguir un trabajo y pagar mis gastos. Dijo que si quería ser independiente, tenía que demostrarlo.

Pilar la observó con preocupación.

—¿Y qué le contestaste?

—Que aceptaba.

—Diana...

—Tía, no quiero regresar a esa casa. No quiero seguir sintiendo que estorbo.

Pilar se acercó y le tomó las manos.

—Esta también es tu casa, pequeña. Puedes quedarte conmigo.

Los ojos de Diana se llenaron de lágrimas.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Pero quiero que entiendas algo: ser independiente no significa que tengas que enfrentar todo sola.

Diana la abrazó.

—Gracias, tía. No sabes cuánto necesitaba escuchar eso.

Pilar le acarició el cabello.

—Vamos a buscar una preparatoria. Y después veremos qué trabajo puedes hacer sin descuidar tus estudios.

—Prometo esforzarme.

—No quiero promesas imposibles. Quiero que aprendas a levantarte cuando las cosas no salgan como esperas.

Diana sonrió.

Por primera vez desde su expulsión, sintió que alguien estaba de su lado.

***

**La casa de los Vallardares**

Braulio salió de su habitación con la mochila al hombro.

Había terminado sus tareas temprano y esperaba tener una mañana tranquila.

Pero apenas llegó al comedor, Esteban comenzó con sus comentarios.

—¿Otra vez con esa mochila? ¿No te cansas de jugar al deportista?

—Buenos días para ti también —contestó Braulio.

—Te hice una pregunta.

—Y yo no tengo ganas de contestarla.

Su primo se levantó de la silla.

—No olvides que vives aquí porque mi familia te lo permite.

Braulio apretó los puños.

—Lo sé. Me lo recuerdas todos los días.

—Entonces procura no olvidarlo.

La tía apareció desde la cocina.

—¿Qué sucede ahora?

—Nada —respondió Braulio—. Ya me voy.

—Espera —dijo ella—. Necesito que recojas unas cosas del supermercado.

—Puedo hacerlo después de clases.

—Siempre tienes algo que hacer.

Braulio miró el reloj.

—Tengo entrenamiento y luego clases. Si llego tarde, el entrenador me va a llamar la atención.

Esteban soltó una carcajada.

—Qué tragedia. El capitán no puede faltar a su entrenamiento.




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