Corazones al límite

CAPÍTULO 3 Un mundo nuevo, nuevas rivalidades

Lunes, 7:00 de la mañana. Ciudad de México.

El despertador sonó por tercera vez.

Diana abrió un ojo y miró la hora en su teléfono.

—¡No puede ser! ¡Voy a llegar tarde!

Se levantó de golpe, apartó las cobijas y corrió hacia el baño.

Aquella mañana era especial. Después de todo lo ocurrido en Suiza, estaba a punto de comenzar una nueva etapa en su vida: su primer día en la preparatoria Nova Atenas.

Mientras se arreglaba el cabello frente al espejo, recibió un mensaje de Constanza.

Constanza: ¿Cómo va tu nueva vida en México?

Diana: Estoy a punto de entrar a una escuela nueva. Deséame suerte.

Anet: ¡No te metas en problemas el primer día!

Diana: No prometo nada.

Diana sonrió y guardó el teléfono.

Se puso unos jeans, una blusa blanca y una chaqueta azul marino. Tomó su mochila y bajó las escaleras.

Pilar ya la esperaba con el desayuno.

—Buenos días, dormilona.

—Buenos días, tía.

—¿Nerviosa?

—Un poquito.

—No tienes por qué estarlo. Sé tú misma.

Diana tomó una tostada.

—Ese es precisamente el problema. A veces ser yo misma me mete en demasiados problemas.

Pilar soltó una carcajada.

—Entonces procura pensar antes de actuar.

—Voy a intentarlo.

Nova Atenas

El automóvil de Pilar se detuvo frente a una enorme institución educativa.

Diana bajó la ventanilla y observó el edificio.

La preparatoria Nova Atenas tenía amplios jardines, instalaciones deportivas, canchas y una zona destinada al entrenamiento de los equipos escolares.

Varios estudiantes caminaban por los pasillos exteriores.

—¿Qué te parece? —preguntó Pilar.

—Es enorme.

—Y ahora será tu escuela.

Diana sonrió.

—Espero sobrevivir.

Pilar le acomodó un mechón de cabello.

—Te irá bien. No lo dudes.

Antes de entrar, Diana abrazó a su tía.

—Gracias por todo.

—No tienes que agradecerme. Ahora ve, que Álvaro nos está esperando.

La oficina del director

Álvaro se levantó de su escritorio cuando vio entrar a Pilar.

—Pilar, qué gusto verte.

Ambos se saludaron cordialmente.

—Gracias por recibirnos —respondió ella.

—No tienes nada que agradecerme. ¿Y esta señorita debe ser Diana?

—Sí. Diana Antillón.

Diana extendió la mano.

—Mucho gusto.

—El gusto es mío. Bienvenida a Nova Atenas.

Álvaro revisó sus documentos.

—Tu expediente académico es bastante bueno. Sin embargo, necesitamos revisar algunas equivalencias de tus estudios en Suiza.

—No tengo problema —contestó Diana.

—Mientras tanto, podrás incorporarte a las clases. Espero que aproveches esta oportunidad.

—Lo haré.

Pilar miró a su sobrina con orgullo.

—Estoy segura de que sí.

Álvaro llamó a una de las asistentes para que acompañara a Diana a conocer las instalaciones.

Antes de salir, Diana escuchó que Pilar y el director comenzaban a conversar sobre asuntos personales.

—¿Todavía recuerdas aquellos años? —preguntó Álvaro.

Pilar sonrió ligeramente.

—Algunas cosas es mejor recordarlas con cariño.

Diana no quiso interrumpirlos.

Salió de la oficina sin imaginar que entre aquellos dos existía una historia que todavía no había terminado de escribirse.

Los nuevos compañeros

La asistente acompañó a Diana hasta el salón.

—Aquí tendrás tus clases. Tus compañeros ya están dentro.

—Gracias.

Diana respiró profundamente y abrió la puerta.

Todas las miradas se dirigieron hacia ella.

La profesora dejó el marcador sobre el escritorio.

—Buenos días. Tú debes ser Diana Antillón.

—Sí, profesora.

—Adelante. Preséntate con tus compañeros.

Diana caminó hasta el frente.

—Hola, soy Diana. Acabo de regresar de Suiza y espero llevarme bien con todos.

Desde la última fila, una chica de cabello perfectamente arreglado la observaba con curiosidad.

Era Cony.

A su lado estaban dos de sus amigas.

—¿Esa es la nueva? —susurró una.

—Eso parece —respondió Cony.

Diana eligió un asiento junto a una joven que le sonrió amablemente.

—Hola, soy Elenita.

—Mucho gusto.

—No te preocupes. La mayoría somos buena onda.

—Eso espero. Ya tuve suficientes problemas en mi antigua escuela.

Elenita soltó una risita.

—Entonces llegaste al lugar indicado. Aquí nunca falta algo de emoción.

Al otro lado del salón, Eduardo le hizo una seña a su hermana.

—¡Elenita!

—¿Qué quieres?

—Nada, solamente quería saludar.

Diana sonrió al observarlos.

—¿Son hermanos?

—Sí. Eduardo es un poco insoportable, pero es buena persona.

—¡Te escuché! —protestó él.

La clase comenzó entre risas.

Pero Cony no parecía compartir el entusiasmo.

No le había gustado que la recién llegada llamara tanto la atención.

El capitán del equipo

Mientras tanto, Braulio se encontraba en las instalaciones deportivas.

El entrenador había reunido a los integrantes del equipo de canotaje para hablar de la próxima competencia.

—Quiero disciplina y compromiso. Esta temporada tenemos posibilidades de ganar, pero necesito que todos trabajen como un verdadero equipo.

Braulio escuchaba atentamente.

—Capitán, ¿qué opinas? —preguntó el entrenador.

—Que estamos preparados. Hemos entrenado mucho y todavía podemos mejorar nuestros tiempos.

—Eso es lo que quiero escuchar.

Eduardo se acercó cuando terminó la reunión.

—¿Vas a ir esta tarde al callejón de las bandas?

—No lo sé. Tengo que estudiar.

Samuel apareció detrás de ellos.

—¡Siempre estudiando! ¿Cuándo vas a divertirte?

—Cuando tú aprendas a entregar una tarea completa.




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