Martes, 9:15 de la mañana. Preparatoria Nova Atenas.
Diana todavía estaba tratando de acostumbrarse a su nueva escuela. Aunque había pasado apenas un día desde su llegada, ya había descubierto que Nova Atenas tenía su propio mundo: grupos de amigos, rivalidades, secretos y, por supuesto, personas que parecían tener algo en su contra sin siquiera conocerla.
—¿Lista para sobrevivir a otro día? —preguntó Elenita mientras se acercaba a su casillero.
Diana cerró la puerta.
—Depende. ¿Hoy también tendremos una bienvenida hostil?
—¿Te refieres a Cony?
—¿Hay otra persona que me haya advertido que no crea todo lo que escucho?
Elenita soltó una carcajada.
—No le hagas mucho caso. Cony es así cuando siente que alguien puede quitarle algo.
—¿Y qué podría quitarle yo?
Elenita la miró con una sonrisa pícara.
—Eso tendrías que preguntárselo a ella.
Diana negó con la cabeza.
—No pienso perder mi tiempo tratando de entenderla.
—Me parece una buena decisión.
Las dos comenzaron a caminar hacia el salón.
Al doblar el pasillo, se encontraron con Eduardo y Samuel. Este último llevaba una pelota bajo el brazo y parecía estar contando una historia que ninguno de sus amigos escuchaba con demasiada atención.
—¡Por fin! —exclamó Eduardo—. Necesitamos una opinión imparcial.
—¿Sobre qué? —preguntó Elenita.
—Samuel asegura que puede ganarle una carrera a Braulio.
Diana levantó las cejas.
—¿En serio?
Samuel se enderezó, ofendido.
—¡Claro que sí! Lo que pasa es que nunca me dan la oportunidad.
—Te hemos dado como veinte —contestó Eduardo—. Y has perdido las veinte.
—Detalles.
Diana se rio.
—Creo que voy a necesitar ver esa competencia para decidir.
—¡Perfecto! —dijo Samuel—. Ya tenemos público.
El entrenamiento
Después de las clases de la mañana, Diana decidió acercarse a las instalaciones deportivas. Desde el día anterior sentía curiosidad por el equipo de canotaje. En Suiza había participado en excursiones al aire libre y algunas actividades acuáticas, aunque nunca había entrenado de manera formal.
Al llegar al muelle, encontró a Braulio revisando unas correas de seguridad mientras Eduardo acomodaba el equipo.
—Hola —saludó ella.
Braulio levantó la mirada.
—Hola, Diana. ¿Qué haces por aquí?
—Quería conocer mejor las instalaciones. Elenita me dijo que podía venir a ver los entrenamientos.
—Claro. Puedes quedarte. Solo procura no acercarte demasiado al borde del muelle.
—¿Siempre eres tan cuidadoso?
—Cuando hay agua de por medio, sí.
Diana sonrió.
—Tiene sentido.
Eduardo se acercó con una pala en la mano.
—¿Vas a probar suerte en el canotaje?
—No lo había pensado, pero me gustan los deportes acuáticos.
—Entonces deberías intentarlo —dijo Braulio—. No es tan fácil como parece, pero tampoco es imposible.
—¿Y tú podrías enseñarme?
Braulio se sorprendió un poco.
—Si de verdad te interesa, sí.
—Me interesa.
Desde el otro lado del muelle, Samuel gritó:
—¡Capitán! ¿Ya tenemos una nueva integrante?
—Todavía no —respondió Braulio—. Primero tiene que conocer el deporte.
—¡Pues que se prepare! Aquí no aceptamos excusas.
Diana se cruzó de brazos.
—Qué bueno, porque tampoco las doy.
Eduardo soltó una carcajada.
—Creo que nos va a caer bien.
Braulio observó a Diana con una sonrisa discreta. Había algo en su forma de hablar que le resultaba familiar: no parecía tener miedo de intentar cosas nuevas, aunque tampoco pretendía saberlo todo.
Una primera lección
Braulio tomó una pala y se la mostró.
—Lo primero es aprender a sujetarla correctamente. No se trata de hacer fuerza sin control. Necesitas coordinación y equilibrio.
Diana la recibió.
—¿Así?
—Un poco más arriba. Exactamente.
Braulio le indicó cómo colocar las manos. Diana prestó atención, aunque de vez en cuando levantaba la mirada para comprobar que lo estaba haciendo bien.
—¿Y después?
—Después viene lo complicado: mantener el ritmo.
—Eso no suena tan difícil.
—Eso dicen todos antes de subirse a una canoa.
—¿Me estás retando?
—Solo te estoy advirtiendo.
Diana sonrió.
—Acepto el reto.
Braulio le explicó algunas reglas básicas de seguridad y le ayudó a colocarse el chaleco salvavidas. Después la acompañó hasta una canoa de entrenamiento.
—Despacio —le indicó—. Primero coloca un pie y luego el otro. Mantén el centro de gravedad bajo.
Diana subió con cuidado, pero la canoa se movió ligeramente.
—¡Uy!
Braulio sujetó el costado para estabilizarla.
—Tranquila. No pasa nada.
—Eso espero. No quiero que mi primer día termine con un rescate.
—No te preocupes. No voy a dejar que te caigas.
Diana lo miró.
—¿Siempre cumples lo que prometes?
Braulio tardó un instante en responder.
—Lo intento.
Por alguna razón, aquella respuesta le pareció más sincera que cualquier frase ingeniosa.
Cuando Diana comenzó a remar, avanzó unos metros con bastante dificultad. La canoa giró hacia un lado y terminó moviéndose en círculos.
Eduardo se llevó una mano a la frente.
—¡Eso sí que es nuevo!
—¡No te rías! —protestó Diana.
Braulio intentó contener la sonrisa.
—Estás remando con más fuerza de un lado. Alterna los movimientos.
—¡Eso estoy haciendo!
—No exactamente.
—Pues ven a hacerlo tú.
Braulio se acercó a otra canoa y se colocó junto a ella.
—Mira. Sigue mi ritmo.
Diana lo imitó. Poco a poco, la canoa comenzó a avanzar en línea recta.
—¡Lo estoy logrando! —exclamó.
—Eso parece.
—No suenes tan sorprendido.
—No estoy sorprendido. Sabía que podías hacerlo.
Diana sonrió, satisfecha.