Lunes, 7:20 de la mañana. Preparatoria Nova Atenas.
El lunes comenzó con un ambiente distinto en Nova Atenas. La competencia del sábado seguía siendo tema de conversación y algunos estudiantes felicitaban al equipo de canotaje por su segundo lugar.
Braulio caminaba por el pasillo con Eduardo y Samuel.
—No entiendo por qué siguen hablando de la carrera —comentó Samuel—. Ya pasó.
—Porque quedamos en segundo lugar y pudimos ganar —respondió Eduardo.
—Exactamente. Por eso digo que ya deberíamos estar pensando en la siguiente.
Braulio sonrió.
—Primero tenemos que revisar qué hicimos mal.
—Tú siempre pensando en entrenar —protestó Samuel—. ¿Nunca descansas?
—Cuando tú aprendas a remar sin perder el ritmo.
Eduardo soltó una carcajada.
Al llegar al salón, encontraron a Diana conversando con Elenita.
—Buenos días —saludó Braulio.
—Buenos días, capitán —respondió Diana—. ¿Ya superaste la derrota?
—No fue una derrota. Fue un segundo lugar.
—Eso suena a que todavía estás molesto.
—No estoy molesto. Solo quiero mejorar.
Diana sonrió.
—Entonces espero que pronto consigas ese primer lugar.
—Con un poco más de entrenamiento, seguro.
Cony, que estaba cerca de su casillero, escuchó la conversación. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Qué rápido se hicieron amigos —comentó.
Diana la miró.
—Buenos días, Cony.
—No sabía que ahora también eras parte del equipo.
—Todavía no. Estoy aprendiendo.
—Pues espero que sepas que no es un juego.
Braulio intervino.
—Cony, solo está conociendo el deporte.
—No te preocupes, Braulio. No estoy hablando contigo.
Diana prefirió no responder. No quería comenzar la semana con una discusión.
Una propuesta inesperada
Durante el descanso, el entrenador reunió a los integrantes del equipo.
—La competencia del sábado nos dejó algunas lecciones. Quiero que mantengamos el entrenamiento, pero también necesitamos preparar a los alumnos interesados en conocer el canotaje.
Braulio levantó la mano.
—Diana está interesada. Ya comenzó a practicar.
—Lo sé. Si sigue asistiendo y aprende las reglas de seguridad, puede participar en las sesiones para principiantes.
Diana, que estaba cerca, se sorprendió.
—¿De verdad?
—Por supuesto —respondió el entrenador—. Pero tendrás que comprometerte. No es una actividad para venir solo cuando tengas ganas.
—Estoy dispuesta.
Braulio le sonrió.
—Te dije que podías intentarlo.
—Y yo te dije que no iba a quedarme como espectadora.
El entrenador les entregó los horarios.
—El miércoles será la primera sesión para principiantes. Braulio, quiero que la ayudes con las indicaciones básicas.
—Claro, profesor.
A Diana le hizo ilusión la noticia. Por primera vez desde que había regresado a México, sentía que estaba construyendo algo propio.
Un mensaje del pasado
Al salir de clases, Diana revisó su teléfono. Tenía varios mensajes de Constanza, Anet y Lorena.
Constanza: ¿Cómo va todo en tu nueva escuela?
Anet: ¿Ya encontraste amigos?
Lorena: ¿Y qué tal México? ¡Cuéntanos algo interesante!
Diana sonrió y comenzó a escribir.
Diana: La escuela está bien. Ya tengo un grupo de amigos y estoy aprendiendo canotaje.
Constanza: ¿Canotaje? ¡Eso suena a ti!
Anet: Solo prométenos que no terminarás expulsada otra vez.
Diana: No puedo prometer milagros.
Las cuatro intercambiaron mensajes durante unos minutos. Diana extrañaba a sus amigas, pero no quería quedarse atrapada en lo que había perdido.
Cuando guardó el teléfono, vio que tenía una llamada perdida de su madre.
Se quedó mirando la pantalla.
Hacía días que Irene no la llamaba. Diana dudó antes de devolverle la llamada.
—¿Bueno? —contestó Irene.
—Hola, mamá. Vi tu llamada.
—Diana. ¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Cómo te va en la escuela?
—Bien también.
Hubo un silencio.
—Tu padre me dijo que aceptaste su propuesta.
—Sí. Voy a terminar la preparatoria por mi cuenta.
—No tenías que llevar las cosas tan lejos.
Diana frunció el ceño.
—¿Yo? Mamá, ustedes fueron quienes me dejaron claro que tenía que resolverlo todo sola.
—No quiero discutir contigo.
—Yo tampoco. Solo quería saber por qué llamaste.
Irene tardó en contestar.
—Quería saber si estabas bien.
Diana sintió una pequeña punzada de tristeza.
—Estoy bien, mamá.
—Me alegra.
La llamada terminó poco después. Diana guardó el teléfono y respiró profundamente. A veces, las conversaciones con su madre la dejaban más sola que antes.
Una visita a casa de Braulio
Esa tarde, Braulio llegó a casa y encontró a su tía revisando unos papeles en la mesa.
—Necesito que vayas a la tienda por unas cosas —le dijo ella.
—Está bien. Solo voy a dejar mis libros.
—Y después tienes que limpiar el patio.
Braulio dejó la mochila.
—Hoy tengo que terminar un trabajo en equipo.
—Siempre tienes algo de la escuela.
—Es importante. Lo entregamos mañana.
Esteban apareció en la cocina.
—No te preocupes, tía. Yo puedo ir a la tienda.
Braulio lo miró con sorpresa.
—¿De verdad?
—Claro. No todos tenemos que estar presumiendo que somos capitanes.
La tía le entregó una lista a Esteban.
—Gracias. Al menos alguien entiende que aquí todos tenemos que colaborar.
Braulio decidió no discutir. Subió a su habitación y abrió sus cuadernos.
Un rato después, escuchó que llamaban a la puerta. Bajó las escaleras y encontró a Eduardo esperándolo.
—¿Estás listo? —preguntó su amigo.