La invitación de Doménico había llegado a través de una llamada breve, casi fría. Sin embargo, desde que colgó, Diana no había dejado de pensar en ella.
—Tu padre quiere que vayamos a cenar esta noche —le había dicho Pilar mientras preparaba café—. También invitó a tu madre.
Diana fingió indiferencia.
—Qué emoción. Una cena familiar. Justo lo que necesitaba para completar mi semana.
Pilar dejó la taza sobre la mesa y la miró con paciencia.
—No tienes que ir si no quieres.
—Sí quiero —respondió Diana, aunque no estaba segura—. Quiero saber qué esperan de mí. O, mejor dicho, qué quieren reclamarme ahora.
—Entonces ve por ti, no por ellos. Y recuerda que no tienes que aceptar ningún reproche como si fuera una sentencia.
Diana asintió. Aquellas palabras le dieron un poco de valor.
Durante la tarde eligió con cuidado su ropa. No quería parecer demasiado arreglada ni dar la impresión de que la cena le importaba. Finalmente se puso unos pantalones oscuros, una blusa sencilla y una chaqueta. Antes de salir, miró su teléfono. Tenía un mensaje de Braulio.
Braulio: ¿Lista para sobrevivir a la cena familiar?
Diana: No sé si sobreviviré. Tal vez tenga que pedir rescate.
Braulio: Si necesitas una distracción, puedo mandarte una foto del entrenamiento. Es bastante menos peligroso que una reunión con padres.
Diana sonrió.
Diana: No prometo nada. Si desaparezco, dile a Elenita que fui una buena compañera.
Braulio: Se lo diré. Pero mejor vuelve para contarnos cómo te fue.
Diana guardó el teléfono y salió.
La casa de los Antillón parecía igual que siempre: impecable, enorme y silenciosa. Las luces del jardín estaban encendidas y, desde la entrada, Diana pudo ver a Irene a través de una ventana. Su madre acomodaba unas flores en un jarrón, como si aquella cena fuera una ocasión especial.
Cuando Diana entró, Irene se acercó para saludarla con un beso en la mejilla.
—Estás muy bonita.
—Gracias.
—Has cambiado mucho.
Diana dejó su bolso sobre una silla.
—Eso suele pasar cuando uno deja de vivir aquí.
Irene bajó la mirada. No encontró una respuesta inmediata.
Doménico apareció desde el despacho. Llevaba una camisa perfectamente planchada y tenía el gesto serio de siempre.
—Llegaste puntual.
—No quería darles motivos para empezar la cena hablando de mis irresponsabilidades.
—Diana… —murmuró Irene.
—¿Qué? Solo estoy intentando que todo sea más sencillo.
Doménico señaló el comedor.
—Sentémonos. Hay cosas que debemos hablar.
La mesa estaba preparada para tres. No había música, ni una conversación ligera, ni siquiera el intento de crear un ambiente agradable. Diana tomó asiento frente a sus padres y esperó.
—¿Cómo te está yendo en Nova Atenas? —preguntó Irene.
—Bien. Las clases son interesantes. Estoy conociendo gente.
—¿Y tus calificaciones? —intervino Doménico.
Diana dejó los cubiertos sobre el plato.
—Hola a ti también, papá. Yo estoy bien, gracias por preguntar.
—No conviertas cada pregunta en una discusión.
—No conviertas cada conversación en una evaluación.
Irene respiró hondo.
—Queremos saber cómo estás, hija.
—¿De verdad? Porque cuando estaba en Suiza tampoco parecían muy interesados en saber cómo estaba. Solo recibían los informes de la escuela.
Doménico endureció la expresión.
—Te enviamos a Suiza para que tuvieras una buena educación.
—Y yo lo agradezco. Pero no estaba pidiendo una escuela más cara. Quería que estuvieran presentes.
—No es justo decir que nunca estuvimos presentes —contestó él—. Siempre tuviste todo lo que necesitabas.
—Tenía todo lo que podía comprarse.
El silencio cayó sobre la mesa.
Irene intentó intervenir.
—Diana, sabes que tu padre y yo hemos tenido mucho trabajo…
—Siempre hay trabajo. Siempre hay reuniones. Siempre hay algo más importante.
—No tienes idea de las responsabilidades que tenemos —dijo Doménico.
—Y ustedes no tienen idea de lo que es crecer sintiendo que estorbas.
La frase quedó suspendida entre los tres. Por un instante, Diana pareció arrepentirse de haberla dicho, pero no retiró la mirada.
Doménico tomó su copa de agua.
—Tu comportamiento en Suiza fue inaceptable. Pusiste en riesgo tu seguridad y la de tus amigas. No puedes esperar que no haya consecuencias.
—Nunca dije que no las hubiera. Me expulsaron. Perdí mi escuela y tuve que empezar de nuevo. ¿Qué más quieren?
—Quiero que entiendas que tus decisiones tienen consecuencias.
—Ya lo entendí. Por eso acepté tu desafío. Estoy estudiando, estoy trabajando para cubrir mis gastos y no te he pedido dinero.
—No es necesario que conviertas esto en una competencia.
—Tú lo convertiste en una competencia cuando me dijiste que demostrara que podía vivir sin tu ayuda.
Irene miró a Doménico con preocupación.
—Quizá podríamos hablar de otra manera. No hemos venido a pelear.
Diana se volvió hacia ella.
—Entonces dime algo, mamá. ¿Por qué nunca me llamabas cuando estaba en Suiza? ¿Por qué siempre tenía que ser yo quien buscara un momento para hablar contigo?
Irene abrió la boca, pero no respondió.
—Yo también te extrañaba —dijo finalmente.
—No lo parecía.
—No sabía cómo acercarme a ti.
—Podías empezar preguntándome cómo estaba.
Irene bajó la mirada. Sus ojos se humedecieron, aunque hizo un esfuerzo por no llorar.
Doménico dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Esta conversación no está llevando a ninguna parte.
—Quizá porque no quieren escuchar lo que digo.
—No voy a permitir que me hables de esa manera en mi propia casa.
Diana se levantó despacio.
—Entonces no debiste invitarme para escucharme.