Corazones al límite

CAPÍTULO 9. Una advertencia peligrosa

El mensaje seguía iluminando la pantalla del teléfono de Braulio.

Número desconocido: Deja de acercarte a Diana. No sabes en lo que te estás metiendo.

Braulio lo leyó una vez más. Después revisó el número, esperando encontrar alguna pista. No tenía foto, nombre ni ningún dato que le permitiera reconocer al remitente.

Escribió una respuesta:

Braulio: ¿Quién eres?

No recibió contestación.

Se quedó sentado en la cama, con el teléfono entre las manos. Podía tratarse de una broma, pero había algo en aquellas palabras que le provocaba inquietud. ¿Quién podía estar tan interesado en lo que hacía con Diana?

Pensó en Cony. Luego en Esteban.

No quería acusar a nadie sin pruebas, así que decidió no contarle a Diana todavía. No quería preocuparla por algo que quizá no significaba nada.

Sin embargo, aquella noche le costó trabajo dormir.

A la mañana siguiente, Diana llegó a Nova Atenas con una sonrisa que desapareció en cuanto vio a Braulio esperándola junto a la entrada.

—¡Buenos días! —lo saludó.

—Buenos días.

—¿Qué cara es esa? Parece que no dormiste.

—No dormí muy bien.

—¿Problemas en casa?

Braulio dudó.

—Algo así.

Diana lo observó unos segundos.

—¿Quieres hablar?

—Después, ¿sí? Tenemos que entrar.

Ella aceptó, aunque notó que algo no estaba bien.

En el patio, Elenita y Eduardo los esperaban. Sammy estaba intentando equilibrar una botella sobre la cabeza, mientras Artemisa y Olga se reían de sus intentos.

—¡Por fin llegaron! —exclamó Eduardo—. Necesitamos testigos. Sammy asegura que puede hacerlo durante un minuto.

—Puedo hacerlo durante cinco —protestó Sammy.

—Llevas diez segundos y ya se te cayó dos veces —señaló Olga.

—La botella está defectuosa.

Diana soltó una carcajada. Braulio también sonrió, aunque su expresión seguía siendo distraída.

Elenita se acercó a él.

—¿Todo bien?

—Sí, no te preocupes.

Pero Eduardo, que conocía a su amigo desde hacía tiempo, notó que estaba ocultando algo.

—Luego hablamos —le dijo en voz baja.

Braulio asintió.

En el salón, Cony no dejaba de mirar a Diana. A su lado, Isadora revisaba unas notas.

—¿Ya hablaste con Esteban? —preguntó Isadora sin levantar la vista.

—Sí.

—¿Y qué piensa hacer?

—Todavía no me ha dicho todos los detalles.

Isadora cerró su cuaderno.

—Cony, ¿no crees que estás llevando esto demasiado lejos?

—¿Desde cuándo te preocupa lo que hago?

—Desde que estás metiendo a Esteban en un problema que puede terminar afectando a todos.

Cony cruzó los brazos.

—Braulio no entiende que yo soy la persona que más se preocupa por él.

—Quizá porque nunca le has preguntado qué quiere.

La frase molestó a Cony.

—No necesito que me des consejos.

Isadora volvió a abrir su cuaderno. No quería involucrarse más, pero empezaba a sospechar que el plan de Cony y Esteban no se limitaría a simples rumores.

Durante el descanso, Braulio se apartó del grupo y se dirigió hacia las instalaciones deportivas. Eduardo lo siguió.

—Ahora sí. ¿Qué te pasa?

—Nada.

—Te conozco. Cuando dices que no te pasa nada, normalmente significa que tienes un problema enorme.

Braulio sacó el teléfono y le mostró los mensajes.

Eduardo los leyó con el ceño fruncido.

—¿Quién te mandó esto?

—No lo sé. Es un número desconocido.

—¿Crees que fue Esteban?

—No tengo pruebas.

—¿Y Cony?

Braulio guardó el teléfono.

—Tampoco lo sé.

Eduardo se quedó pensativo.

—Tal vez deberías decírselo a Diana.

—No quiero asustarla.

—No se trata de asustarla. Si alguien la está usando para amenazarte, ella tiene derecho a saberlo.

Braulio miró hacia el patio. Diana conversaba con Elenita y Nancy.

—Se lo diré. Solo quiero entender primero qué está pasando.

—Está bien. Pero no te quedes callado si las cosas empeoran.

Braulio le dio una palmada en el hombro.

—Gracias.

—Para eso están los amigos. Aunque también estamos para recordarte cuando haces tonterías.

—Eso último lo haces bastante bien.

Los dos sonrieron y regresaron con los demás.

Al terminar las clases, Diana encontró una hoja doblada dentro de su casillero. No tenía nombre ni firma. La abrió con curiosidad.

En el papel había una sola frase escrita con letras recortadas de distintos lugares:

“No todos los que se acercan a ti tienen buenas intenciones.”

Diana sintió un escalofrío.

Miró a ambos lados del pasillo. Había estudiantes saliendo de sus salones, pero nadie parecía prestarle atención.

Volvió a leer la frase. ¿Era una amenaza? ¿Una advertencia? ¿Alguien estaba intentando asustarla?

—¿Qué tienes ahí?

Diana se sobresaltó. Braulio estaba detrás de ella.

—Nada. Bueno… no sé.

Le entregó el papel.

Braulio lo leyó y su expresión cambió.

—¿Dónde lo encontraste?

—En mi casillero. ¿Por qué?

—¿Alguien te ha dicho algo raro últimamente?

—No. ¿Por qué preguntas?

Braulio vaciló. Recordó los mensajes que había recibido la noche anterior. Ya no podía seguir ocultándolos.

—Anoche me llegó algo parecido.

Sacó el teléfono y le mostró la conversación.

Diana leyó los mensajes en silencio.

—¿Quién podría estar haciendo esto?

—No lo sé.

—¿Crees que es alguien de la escuela?

—Podría ser.

Diana levantó la mirada.

—¿Cony?

—No quiero acusarla sin pruebas.

—¿Y Esteban?

Braulio suspiró.

—Tampoco puedo asegurarlo.

Diana dobló cuidadosamente el papel.

—No voy a dejar que alguien decida con quién puedo hablar.

—Yo tampoco quiero que te pase nada por mi culpa.

—Braulio, no eres responsable de lo que otra persona decida hacer.




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