Corazones al límite

CAPÍTULO 10. La trampa del sábado

El viernes por la mañana, Diana encontró un sobre blanco dentro de su mochila. No tenía remitente ni ninguna indicación en el exterior. Lo abrió mientras caminaba por el pasillo de Nova Atenas.

Dentro había una tarjeta negra con letras plateadas:

SÁBADO. 8:00 P. M.
Una noche para olvidar las preocupaciones.
Club deportivo Los Encinos.

En la parte inferior aparecía una frase escrita a mano:

No faltes. Habrá alguien que quiere verte.

Diana frunció el ceño.

—¿Qué es eso? —preguntó Elenita, que acababa de alcanzarla.

—Una invitación. Pero no sé de quién.

Elenita leyó la tarjeta.

—¿Una fiesta en Los Encinos? Suena interesante.

—No sé. Es bastante misteriosa.

—¿Vas a ir?

Diana se encogió de hombros.

—Todavía no lo decido.

Elenita sonrió.

—Podríamos ir juntas. Así no tendrás que llegar sola.

Diana guardó la tarjeta.

—Lo voy a pensar.

A unos metros, Cony observaba discretamente. Cuando Diana y Elenita se alejaron, sacó su teléfono y escribió un mensaje.

Cony: Ya recibió la invitación.

La respuesta de Esteban llegó poco después.

Esteban: Perfecto. Ahora falta Braulio.

Braulio recibió su invitación durante el entrenamiento. Un compañero del equipo se acercó y le entregó un sobre.

—Te dejaron esto en la entrada.

—¿A mí?

—Eso parece.

Braulio abrió el sobre. La tarjeta era idéntica a la de Diana.

—¿Quién la dejó?

—No sé. Un tipo dijo que era para ti.

Braulio leyó la hora y el lugar. No tenía ganas de asistir a una fiesta, especialmente después de los mensajes anónimos, pero algo le llamó la atención: al reverso de la tarjeta había una frase.

Diana también estará allí.

Su expresión cambió.

—¿Qué pasa? —preguntó Eduardo, acercándose.

Braulio le mostró la invitación.

—Esto no me gusta.

Eduardo leyó el mensaje.

—¿También invitaron a Diana?

—Sí.

—¿Y quién organiza la fiesta?

—No dice.

Eduardo se cruzó de brazos.

—Después de las amenazas, yo no iría.

—No pienso dejar que le pase nada a Diana.

—Precisamente por eso deberías tener cuidado. Puede ser una trampa.

Braulio guardó la tarjeta.

—Voy a hablar con ella.

—Y antes de decidir, averigua quién está detrás de esto.

Braulio asintió. Sabía que Eduardo tenía razón, pero la idea de que alguien estuviera utilizando a Diana para atraerlo le resultaba insoportable.

En el comedor de Nova Atenas, Diana le enseñó la invitación a Braulio.

—¿También te llegó? —preguntó él.

—Sí. ¿Tú sabes quién organiza la reunión?

—No. Pero me preocupa que nos hayan invitado a los dos.

—A mí también.

—No deberíamos ir sin saber quién está detrás.

Diana miró la tarjeta.

—Tal vez sea una fiesta de algún alumno.

—Entonces no tendría por qué ser anónima.

—Tienes razón.

Braulio bajó la voz.

—Además, después de los mensajes que recibimos, no creo que sea una coincidencia.

Diana se quedó pensativa.

—¿Crees que Cony y Esteban tengan algo que ver?

—No puedo asegurarlo.

—Pero lo sospechas.

Braulio no respondió. Su silencio fue suficiente.

Diana dobló la tarjeta y la guardó en su bolso.

—No voy a permitir que me intimiden. Si quieren decirme algo, pueden hacerlo de frente.

—No se trata de tener miedo. Se trata de no ponernos en peligro.

—Lo sé. No voy a ir sola ni a hacer nada imprudente.

Braulio sonrió ligeramente.

—Eso quería escuchar.

En otra parte de la escuela, Cony y Esteban se reunieron detrás del gimnasio.

—¿Ya confirmaron? —preguntó Cony.

—Todavía no, pero van a ir.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque Braulio no va a dejar que Diana se presente sola en un lugar que no conoce.

Cony se mordió el labio.

—¿Y qué haremos cuando lleguen?

Esteban sacó su teléfono y le mostró una fotografía de un pequeño salón junto a las canchas del club.

—La reunión será en el salón principal. Pero nosotros vamos a preparar algo en la zona de vestidores.

—¿Qué cosa?

—No necesitas saber todos los detalles.

—No me gusta que me ocultes cosas.

Esteban guardó el teléfono.

—Tú quieres que Braulio se aleje de Diana. Yo quiero que deje de creerse mejor que todos. Nuestros objetivos coinciden, pero no confundas eso con una amistad.

Cony lo miró con frialdad.

—No te preocupes. No somos amigos.

—Bien. Entonces no te metas en lo que yo haga.

Cony se alejó, aunque la inquietud comenzó a crecer dentro de ella. Había aceptado participar en el plan porque quería recuperar a Braulio, pero empezaba a preguntarse hasta dónde estaba dispuesto a llegar Esteban.

Esa tarde, Diana pasó por casa de Pilar después de clases. Encontró a su tía revisando unas cuentas sobre la mesa.

—¿Tienes planes para mañana? —preguntó Pilar.

—Me invitaron a una reunión con algunos compañeros.

—¿Quiénes van?

—Elenita, tal vez otros chicos de la escuela. Todavía no estoy segura.

Pilar dejó los papeles.

—¿Dónde será?

—En el club deportivo Los Encinos.

—¿Y quién organiza?

Diana dudó.

—No lo sé. La invitación no tenía nombre.

Pilar frunció el ceño.

—Eso no me encanta.

—Tía, no voy a hacer nada peligroso. Si voy, será con Elenita y los demás.

—No se trata de prohibirte salir. Quiero que seas prudente. Si no sabes quién organiza, averígualo antes.

Diana se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—Prometo tener cuidado.

—Y si algo no te parece bien, te vas. No tienes que quedarte para demostrarle nada a nadie.

—Lo sé.

Pilar volvió a sus papeles, pero la invitación le había dejado una sensación extraña.

En casa de Braulio, la situación tampoco era sencilla.




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