Corazones Tempestuosos +18

15. Desde cero I.

CORY SHANE

12 de abril del 2019

—Es lindo —dijo Alicia de pronto, justo cuando me di cuenta de que había estado conteniendo el aire sin notarlo mientras veía a Sebastián alejarse con su hermanito.

Elevé apenas las comisuras de mis labios en una sonrisa discreta, intentando disimular el nudo de nervios que todavía me atenazaba el pecho.

—¿Es tu amigo? —preguntó ella con curiosidad.

Asentí en silencio. Solo eso. Pero no hizo falta decir más para que Anisha me mirara como si acabara de confesar un crimen. Primero siguió con la vista la dirección por la que Sebastián había desaparecido, y luego giró hacia mí, con ese gesto entre incrédulo y crítico que conocía demasiado bien.

Alicia, por su parte, era más prudente, más cuidadosa con sus opiniones. Sabía cuándo callar y cuándo sus palabras podían doler. Anisha, en cambio, era pura transparencia: todo lo que pensaba se reflejaba en su rostro antes incluso de salir de su boca. Y lo que vi en su mirada no dejaba lugar a dudas: no le había gustado ni un poco ver a Sebastián tan cerca de mí. Para ella, aquello era casi una ofensa... una traición a Ithiel.

Anisha lo adoraba.

Y, siendo honesta, entendía por qué. Ithiel había sido dulce con ellas, siempre atento y bromista. Les enseñaba juegos nuevos, las hacía reír y les hablaba como si de verdad fueran sus hermanas pequeñas. Para Alicia y Anisha, él era el hermano mayor que nunca tuvimos, el refugio seguro cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso o confuso.

Por eso no encontraba el valor para decirles la verdad.

No podía explicarles que Ithiel y yo ya no estábamos juntos. Que no volvería a cruzar la puerta de casa, ni a sentarse en el sofá a ver películas con ellas, ni a esconder dulces en la alacena para sorprenderlas después.
No sabía cómo poner en palabras que él ya no formaba parte de nuestras vidas, y que todo lo que ellas creían inmutable se había roto de golpe.

Quizá, más que protegerlas, lo que hacía era protegerme a mí. Porque solo imaginar la tristeza en sus rostros, o la lluvia de preguntas que no sabría responder, me partía en dos.

Así que preferí guardar silencio, fingiendo que nada había cambiado, aunque por dentro todo lo hiciera.

Volví a casa con las niñas y Coky, intentando esquivar las preguntas curiosas de Anisha más que nada. Sin embargo, no esperaba encontrarme con un taxi detenido frente al portón eléctrico de la mansión. Las niñas, sin aviso alguno, tomaron la correa de Coky y salieron corriendo hacia el interior, dejándome sola, a varios metros de la casa y cubierta por las sombras de los árboles que bordeaban el camino.

Por un segundo, creí que podría tratarse de Ithiel. Me había dicho que vendría a dejarme el vestido a casa, pero esa suposición se desmoronó tan rápido como llegó. Ithiel no pisaría un taxi ni aunque se incendiara su cochera. Tenía toda una jodida colección de autos lujosos, y la sola idea de imaginarlo compartiendo asiento con un desconocido era ridícula.

No sabía que la persona dentro de ese auto sería la que cambiaría mi vida por completo. Mi nana fue la primera en bajar, y después lo hizo él. Bastó su presencia para alterar todo lo que lo rodeaba, como si el aire se volviera más denso solo porque él estaba ahí. Me quedé quieta, observándolo con descaro, tomándome mi tiempo para recorrerlo de pies a cabeza. La caída de la tarde apenas me permitía distinguir sus facciones, pero aun con la luz menguante, el color de su cabello resaltaba: castaño oscuro, casi negro. Era un hombre fornido, de hombros anchos y postura firme. La camisa entallada que llevaba dejaba poco a la imaginación, revelando músculos bien definidos y tatuajes que serpenteaban por sus brazos. No podía ver el color de sus ojos a esa distancia, pero sabía que eran claros. Tan claros que resaltaban incluso desde las sombras.

Había algo en su figura que imponía respeto. Parecía el tipo de hombre capaz de dirigir a un pelotón entero sin alzar la voz. Rudo, varonil, de esos que no necesitan decir mucho para dejar claro que no se les contradice. Aun así, había una amabilidad extraña en su rostro, una serenidad que no encajaba del todo con el resto de su apariencia.

Sea lo que fuera que mi nana le dijo, lo hizo sonreír. Y joder... esa sonrisa era un arma. Radiante, divertida, capaz de derretir cualquier defensa en segundos. Me quedé atrapada mirando, completamente idiota, sin notar que él ya me había descubierto viéndolo tan descaradamente.

Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, sentí que el tiempo se detenía. Me obligué a moverme, a acercarme como si nada, aunque cada paso me pesaba. Tal vez él pensaba que era una intrusa o una estúpida que se había perdido en su propio jardín, pero su mirada... su mirada decía otra cosa. Era intensa, inquisitiva, casi dominante.

Solo al estar frente a él pude ver el tono exacto de sus ojos: verdes. No el verde común del bosque ni el oliva que uno suele encontrar, sino un verde cristalino, profundo y helado, como si pudiera atravesarte y leer todo lo que escondes. Sus labios, ligeramente gruesos y rojos, contrastaban con la dureza de su mandíbula. Y el cuello, cubierto a medias por la camisa, dejaba entrever la tinta que probablemente recorría su pecho entero.

Era alto, más de lo que me imaginaba. Dos cabezas por encima de mí, tal vez más. Tenía el rostro perfectamente definido, pómulos marcados y pestañas largas que rozaban apenas sus cejas.




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