Corazones Tempestuosos +18

18. Una amenaza inofensiva I.

Cory Shane

Estaba sentada en la orilla de mi cama, moviendo de arriba abajo una de mis piernas, incapaz de detener ese tic nervioso que me recorría el cuerpo. El pulgar derecho acabó entre mis dientes antes de que pudiera evitarlo; mordí la uña hasta sentir un leve ardor. El mensaje seguía ahí, invisible pero presente, repitiéndose en mi cabeza como un eco que no encontraba salida. No importaba cuánto intentara distraerme, volvía una y otra vez, recordándome todo lo que podía perder si alguien decidía abrir la boca en el momento equivocado.

Ya me había cambiado. La ropa estaba perfectamente acomodada sobre mi cuerpo, el bolso colgaba del respaldo de la silla y las llaves descansaban en el mueble junto a la puerta. Todo estaba listo… excepto yo. No había logrado cruzar el umbral de la habitación. El corazón me golpeaba el pecho con una fuerza irregular, y mis pensamientos giraban en círculos, siempre alrededor del mismo miedo.

Si esa persona —quien fuera— decidía mandar la foto a los medios, o peor aún, enviársela a Ithiel, todo se iría al carajo. No habría explicación suficiente, no habría palabras capaces de sostener lo que se rompería entre nosotros por un malentendido.

Inspiré hondo, obligándome a bajar la mano hasta el regazo. Necesitaba recomponerme, al menos lo suficiente para no levantar sospechas.

Me levanté y caminé hasta el espejo. Me observé unos segundos, buscando en mi reflejo alguna señal de calma que no encontraba. Los ojos me delataban. Parecía alguien a punto de huir. Estaba a punto de apartarme cuando un movimiento detrás de mí me hizo dar un respingo. Mis hombros se tensaron al instante.

Había un hombre apostado en la entrada de la habitación.

Me giré de golpe, llevándome una mano al pecho.

—¿Se le ofrece algo? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.

Jace me observó con una seriedad impenetrable. Su postura era rígida, como si cada músculo estuviera entrenado para no moverse más de lo necesario.

—Su novio quiere saber si ya está lista —respondió. El tono era correcto, profesional hasta lo incómodo, pero su voz grave arrastraba una aspereza que me puso la piel de gallina.

Exhalé despacio, como si con eso pudiera liberar parte de la presión que me oprimía.

—Sí, lo estoy —dije—. Puedes decirle que ya bajo.

Asintió una sola vez y se retiró sin añadir nada más. Ni una mirada extra, ni una palabra fuera de lugar. La puerta quedó abierta, y con ella regresó el silencio. Me quedé quieta unos segundos, escuchando mis propios latidos, antes de decidirme a salir. No podía seguir escondida. Tenía que enfrentar a Ithiel, aunque fuera fingiendo normalidad, aunque tuviera que tragarme el miedo.

Bajé apenas un par de minutos después, tras asegurarme de que mi cabello estuviera en orden, de que no hubiera rastro evidente de mi ansiedad. Cada escalón se me hizo eterno. Al poner un pie en el último peldaño, la voz de Ithiel atravesó el recibidor como un latigazo.

—Si quieres conservar tu trabajo, te sugiero que no vuelvas a amenazarme —dijo, seco—. Aquí no eres más que yo.

Se me heló el estómago.

Lo vi salir de la sala de estar a grandes zancadas. Su expresión estaba endurecida, la mandíbula apretada, los puños cerrados. Al verme, algo en su rostro cambió; no desapareció el enojo, pero lo contuvo, como si no quisiera que yo lo notara.

—¿Por qué esos gritos? —pregunté, mirando por encima de su hombro. Jace estaba unos pasos atrás, inmóvil, con la vista al frente—. ¿Ithiel?

Él soltó un bufido.

—Tu nuevo canguro se creyó con derecho a amenazarme —explicó—. Dijo que cuidara mis pasos contigo, porque si te hacía algo, él se encargaría de enseñarme a tratarte. Hijo de puta…

Sentí un nudo formarse en mi garganta. Avancé hasta él y levanté las manos para tomarle el rostro, obligándolo a mirarme.

—Amor, por favor, cálmate —le pedí—. Él solo está haciendo su trabajo. Estoy segura de que fue mi padre quien le dijo que te amenazara. Solo… respira, ¿sí?

Ithiel cerró los ojos un segundo, como si luchara contra algo interno. Su respiración era irregular. Cuando volvió a abrirlos, me miró con una intensidad que me hizo estremecer.

—No necesito que nadie me diga cómo tratarte —respondió—. Mucho menos un tipo que se cree con autoridad sobre mí.

—Lo sé —susurré—. Pero no vale la pena pelear por esto. No hoy.

Salimos de la casa en silencio y fue entonces cuando el Mercedes de mi padre apareció por el camino de grava, avanzando con lentitud solemne hasta rodear la fuente enorme que presidía el centro del jardín principal. El agua caía con un murmullo constante mientras el auto se detenía frente a las escalinatas, impecable, como si nada en ese lugar pudiera estar fuera de su sitio.

Papá bajó de inmediato. Rodeó el vehículo y, con un gesto caballeroso, abrió la puerta para mamá. Le tendió la mano y la ayudó a descender, inclinado hacia ella, murmurándole algo al oído que no alcancé a escuchar, pero que bastó para arrancarle esa sonrisa suave y encantadora que siempre lograba desarmarlo todo. Ginebra Gutiérrez y André Shane se miraban como si el mundo entero se redujera a ese instante, a ese espacio diminuto en el que solo existían ellos dos.




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