Corazones Tempestuosos +18

20. Una amenaza inofensiva III

Cory Shane.

—Todavía no me dices qué hacemos aquí.

Quizás debí decirle a Ithiel que se fuese adelantando al estacionamiento, para no tener que lidiar con ese tipo de dudas y todo lo que yo no podía, ni me apetecía, explicarle.

Sí, Ithiel escuchó a esas chicas hablar sobre la beca que había solicitado, sobre lo afortunada que fui al ser seleccionada para esta, pero desde que salimos del edificio general había estado en silencio, sin mencionar ni un mínimo de palabras, pero una vez que lo hiciera, sabía que eso solo desataría una discusión.

Con Ithiel todo era impredecible. Demasiado y no quería arriesgarme a arruinar lo que habíamos arreglado, por una tontería como esa.

—Tengo que hablar con mi tío sobre unos asuntos... —tragué saliva lo más discreta que me fue posible— familiares.

—Familiares —pronunció, saboreando la palabra en su voz— Bien. Ya me dirás después de qué se trata si es que deseas decirme.

Se inclinó a mí y me dejó un beso casto en los labios antes de verme marchar directo a la oficina del rector.

Ithiel se equivocaba al decir que le contaría después. De todo lo que podría hacerlo explotar, saber que estuve a un pelo de irme a otro continente, lo sacaría de sus cabales. Mudarme no solo implicaba empacar mis pertenencias y subir a un avión con destino al otro lado del mundo, también implicaba tomar una decisión definitiva en cuanto a mi relación con Ithiel, como en su momento Josh tuvo que tomarla antes de irse a Inglaterra cuando estábamos juntos.

Si hubiese habido una remota posibilidad de que mis padres me permitieran irme, Ithiel buscaría cualquier medio para evitarlo del mismo modo. Lo sentía en el fondo de mi corazón, aunque todavía no podía darle una razón.

Me despojé de esos pensamientos y me dirigí a la secretaria de mi tío. La mujer se encontraba en un cubículo cerca de la oficina del rector, leyendo "cumbres borrascosas" de Emily Brontë. Dejó el libro sobre el escritorio y se ajustó los lentes como si tratase de enfocarme mejor. Una sonrisa se extendió en sus labios teñidos de rosa pálido.

—¿Mark está ocupado? —me adelanté a hablar, antes de que se soltara a hablarme de todos los rumores que había escuchado sobre mí.

—No. ¿Te urge hablar con él?

Asentí, entonces ella presionó un botón en el teléfono ejecutivo que tenía sobre el escritorio y anunció mi visita.

—Dice que es urgente. —contestó al teléfono— Bien, ya le aviso yo.

Frida colgó la llamada y se relamió los labios al dirigirme una mirada.

—Mark se reunirá con el sindicato de docentes por video llamada —su tono tenía cierto pesar— Hoy no podrás verlo. Lo siento, Cory.

Apreté los labios. Ya lo veía venir. No tuve más opción que decirle a Frida el asunto por el que estaba ahí entonces. Ella me aseguró que lo hablaría con Mark en cuanto él saliera de su junta.

No duré demasiado tiempo dentro de rectoría, pero el tiempo que estuve ahí, bastó para que Ithiel tuviese compañía, y no una agradable. Se me apretó algo en el pecho al verlo sonreírle de un modo menos arrogante a esa tipa. Y juro, por dios mismo, juro, que traté de no darle rienda suelta a estos celos que me devoraban desde el fondo.

Pero una cosa era intentar controlarme y otra muy diferente era haber tenido éxito en ello, y no lo tuve. Mis celos ganaron la batalla y tuve la necesidad absurda de marcar territorio como lo haría una perra.

Avancé hacia ellos con una meta en claro, y la puse en práctica en cuanto tuve cara a cara a Ithiel. Me coloqué de puntillas y con las manos afiancé mi agarre en el rostro de mi novio para bajar sus labios a los míos.

Le robé un beso profundo, de esos que saben a posesividad y celos insanos. Un beso que quemaba y marcaba hasta el alma. Ithiel no hizo nada por apartarme de él. No me rechazó, en lugar de eso, me envolvió la cintura con sus cálidas manos varoniles, y me atrajo a su anatomía, apegando nuestros cuerpos y envolviéndome en un calor que me instaba a querer desnudarme ahí mismo para él.

Jamás, en el año y cacho que llevaba junto a Ithiel, había sentido esa necesidad malsana de reclamarlo como mío. Creía que, si intentaba marcar territorio, él me haría a un lado y me rechazaría delante de esas mujeres que lo miraban con deseo y algo más.

Y de todos modos ¿por qué habría de marcar territorio si yo era su novia? ¿Por qué buscar mi lugar, si ya sabía cuál era?

O por lo menos eso creía en aquel entonces. Ahora las cosas habían cambiado. Yo ya no era la Cory que se conformaba y se callaba, era la que quería más y la que pedía lo que le apetecía. Por eso no me sentí culpable por besarlo de ese modo.

Era suya y él mío, si ese beso no había dejado claro aquello para Nerea, bueno, allá ella, porque solo el día que lo nuestro terminase para siempre, ella tendría —tal vez— una mínima posibilidad de estar con él.

Nos separamos cuando el aire se volvió una necesidad, entonces entorné la mirada en ella.

Nerea llevaba una muda de ropa atrevida, telas que apenas le cubrían las tetas y el trasero, pero, aun así, incluso con su cabello rubio y sus ojos claros, lo único que conseguiría de Ithiel sería mucho menos de lo que a mí me daba.




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