
Ithiel Hale.
16 DE ABRIL DEL 2019, 4:20 AM
No sé cómo no me di cuenta de que su actitud no era normal. Me gustaría echarle la maldita culpa al alcohol, pero apenas y me tomé un par de cervezas. Estaba demasiado lúcido como para haberme dado cuenta, pero como siempre, mi mente estaba vagando en rumbos indeseados y perdía la noción de las cosas.
Le di una calada a mi cigarrillo y lancé el humo al aire, recargándome sobre el barandal del balcón de aquella habitación. La madrugada era gélida, pero el calor del cigarro me bastaba para no sentirlo hasta los huesos.
Le lancé una mirada a la pelinegra dormida sobre la cama. Su cabello oscuro se desparramaba sobre la almohada, desordenado, mientras su cuerpo se movía apenas, de forma inconsciente, como si buscara un poco más de comodidad en medio del descanso.
No sabía qué hacer con ella. Ni siquiera estaba seguro de si tenía derecho a sentirme tan molesto por esa maldita foto. Después de todo, Cory estaba en todo su derecho de fastidiarme si le daba la gana.
Y yo no podía esconderme detrás de esa excusa tan absurda de que todo lo que hacía era por amor. No era cierto. Nunca lo había sido. O al menos, no hasta que fui capaz de separar la realidad de la ficción y entender, por fin, lo que ella significaba para mí. Lo valiosa que se había vuelto en mi vida sin que me diera cuenta.
Pero ya era tarde.
Le había hecho demasiado daño.
La prueba más clara de eso seguía ardiéndome en la memoria: su mirada, llena de miedo, hace apenas unas horas, cuando creyó que iba a golpearla.
Tragué saliva, sintiendo el peso de esa imagen aplastándome el pecho.
No mentí cuando juré que antes preferiría morir que volver a ponerle una mano encima. Aquello había sido un error. Un estúpido, imperdonable error nacido de los celos, pero también había sido el momento en que todo encajó de golpe, brutal e inevitablemente.
Fue en ese entonces, cuando sentí tantos celos y rabia, que lo entendí.
Después de tanto negármelo, comprendí que me había enamorado de ella.
Quería a Cory, aunque la idea de hacerlo me jodía por dentro, porque no sabía si me había enamorado realmente de ella o del rostro que poseía. Y aunque lo hiciera, aunque la amase más que solo por su rostro, sabía que ella esperaba mucho más de mí. Esperaba una entrega total de amor; ramos de flores, cartas románticas y citas especiales cada aniversario, pero mentiría si dijera que era capaz de entregarme de esa manera a ella.
Estaría obligándola a vivir bajo una mentira cruel y desmedida, y no era justo, no para ella, que siempre me había dado lo mejor de su persona.
¿Pero cómo le explicas a alguien la razón por la que no puedes entregarte completamente? ¿cómo mierda le decía a Cory todo, sin perderla?
Todo lo que era tenía un inicio, todo lo que coseché fue sembrado con alevosía y ventaja, y el hecho de que ahora, Cory y yo estuviéramos juntos no fue casualidad de un encuentro escolar, sino de un plan insensato e inmaduro.
Estuve en el fondo del abismo. Me perdí a mí mismo... y, un día, sin previo aviso, mi mundo terminó por derrumbarse sobre mí.
La mañana del día anterior, Cory me había preguntado si la razón por la que me costaba tanto confiar en ella, en nosotros y en el amor, era porque alguna vez me habían roto el corazón.
Supongo que hay experiencias que te enseñan, de la peor manera, lo cruel que puede llegar a ser amar.
Porque sí... un día puedes entregar tu corazón sin reservas, y al siguiente, alguien decide arrancártelo del pecho y llevárselo consigo, sin intención de devolverlo jamás.
Y cuando eso pasa nada vuelve a ser igual.
Amar deja de ser algo simple. Puede convertirse en un calvario, o en un delirio peligroso, si no sabes cómo sostenerlo sin romperte otra vez.
Cory me estaba volviendo loco, porque una parte de ese jodido órgano en mi pecho, estaba abierto a ella sin remedio. Pero la otra, esa maldita mitad, seguía apagada e inerte, como si ya no funcionara.
Y todos dicen lo mismo: cuando algo está contaminado, termina arruinando todo lo que toca. Como una fruta podrida entre las sanas. Basta con dejarla ahí el tiempo suficiente, y lo que alguna vez fue bueno, termina corrompiéndose igual.
Eso justo eso fue lo que hice. La corrompí. De la peor manera posible. Porque nunca supe cómo amarla sin destruirla en el proceso.
Y ahora ahí estaba. Sobre esa cama. Retorciéndose.
Su cuerpo se tensaba en espasmos irregulares mientras esa maldita droga —una que ni siquiera recordaba haber tomado— luchaba por abrirse paso fuera de su sistema. Cada movimiento suyo era una punzada directa en mi pecho, una prueba viva de todo lo que había hecho mal.
Tuve que ver las amenazas en su móvil, junto a esa foto para entenderlo. Alguien más estaba detrás de todo aquello.
Apreté la mandíbula, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta como ácido.
Saqué el celular y marqué un número que llevaba demasiado tiempo evitando.
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Editado: 21.10.2026