Corazones Tempestuosos +18

22. Autocontrol I.

ITHIEL HALE.

ACTUALIDAD.

16 DE ABRIL DEL 2019

Durante más de un año creí rotundamente que lo que había visto había sido solo obra de mi imaginación, debido a que no la había vuelto a ver después de ese día. E intenté no darle vueltas al asunto, no obsesionarme hasta romperme la cabeza pensando día y noche en ese rostro y esa voz. Traté de seguir con mi vida, de olvidarla, de concentrarme en algo más que me sacara de la cabeza a esa mujer de ojos ámbar, pero fue imposible. Me volví loco y en un intento por disipar el caos que esa aparición causó en mi mente, caí una vez más en adicciones que me estaban destruyendo desde adentro.

Llegué a un límite en el que ya no me reconocía y solo vivía para consumir drogas y alucinar con ella de la manera más destructiva posible. Toque fondo hasta que me hundí en las penumbras de un dolor que no sabía gestionar bien, porque a los hombres le enseñan a no mostrar debilidad, porque sentir demasiado es el arma perfecta para aquellos, cuyo deseo, es verte jodido. O por lo menos, eso decía mi padre, un hombre curtido de pies a cabeza, duro por su experiencia, y bastante poderoso en toda Europa.

Él me encontró con una sobredosis. Me llevó al hospital y después de que me salvaran la vida en octubre del 2016, mi padre me obligó a ir a terapia, puso a Rainer a vigilar mis movimientos y me dio un ultimátum para tomar las riendas de mi vida de una vez por todas, si no quería terminar en la miseria.

No fui a terapia por él. No fui a terapia ni siquiera por mí. Lo hice porque no soporté mirar el dolor en los ojos de mamá. Porque sabía que, si continuaba así, ella perdería más y su vida dejaría de ser la que era por mi propia culpa. Así que tomé esa maldita terapia contra todo lo que deseaba, y mientras me mantuviera alejado de las drogas y el alcohol por muy buen tiempo, conseguiría desintoxicarme.

Sin narcóticos en mi sistema, sin alcohol que me recorriera las venas ni nada por el estilo, tras terapias y terapias durante tres meses seguidos, logré recuperarme lo suficiente para volver a la universidad en febrero del 2017.

Para entonces, ya había olvidado a la chica de Hortaleza y había recuperado amistades que dejé en el olvido tras mi recaída. Sin embargo, cuando todo parecía mejorar a mi alrededor, ella volvió a mi vida de la manera más inesperada posible. Fue en agosto del mismo año, unos días después del regreso a clases. Paseaba por la facultad de extracurriculares cuando ella cruzó las puertas del edificio y vislumbró a la mayoría con su sola presencia, incluyéndome.

Era la misma mujer que había visto un año atrás. La misma mujer que había abierto heridas que todavía no sanaban del todo. Llevaba su cabello lacio y brillante suelto; caminaba con una seguridad impresionante, como si supiera que su belleza era etérea, inigualable; como si nadie en esa sala fuera más que ella, y en realidad así lo era. Nadie estaba a su altura por más que lo intentaran, ni siquiera aquella rubia oxigenada que solía tratar de sabotearla cada vez que podía.

Cory poseía ese algo que te obligaba a querer quedarte a su alrededor, aunque fuese solo para verla. Era optimista, carismática... sonreía sin maldad, con una dulzura hipnótica que nunca pude comparar con ella, aunque hubiese querido hacerlo.

Traté de no obsesionarme una vez más, de dejarlo pasar como si fuese algo sin sentido, pero la ansiedad de no saber si era real o solo una alucinación terminó consumiéndome y, una hora más tarde, después de luchar contra todo pronóstico conmigo para no hacer una tontería que pudiera dejarme en ridículo, investigué todo sobre ella.

O por lo menos lo que la gente hablaba al respecto. En el momento que escuché el nombre salir de la boca de un tercero supe que no era ella, sino una mujer llamada Cory Shane. Una mujer que me condenaría tarde que temprano.

Los chicos tampoco podían creerlo. No sopesaban la realidad que se planteaba ante nosotros, porque sonaba y parecía descabellado. Aquel rostro, aquella voz, aquel cuerpo... todo lo que conformaba a Cory se asemejaba a todo lo que una vez conocí en alguien más, pero no era ella.

Joder, nunca lo fue y nunca lo sería.

Pero aun así la atrapé para mí y la hice mía sin complicaciones. Ni siquiera necesité un plan elaborado para hacerlo; Cory había estado tan ansiosa por ser amada, que solo bastó con mirarla a los ojos con devoción y decirle un par de palabras coquetas.

Pero en el fondo siempre supe que no estaba con ella por quien era, sino por lo que me recordaba. Por lo que traía a mi vida de regreso, a pesar de que su esencia no era igual al de aquella persona, cuya ausencia me marcó de un modo tan despreciable. Había ocasiones en las que la veía a los ojos y entonces no veía a otra, sino a ella. A Cory. La miraba de verdad como quien era, y eran esos momentos en los que me detenía un segundo a pensar en la idiotez que había hecho con ella.

Cory no se merecía nada de lo que le había hecho pasar. No tenía ni siquiera por qué soportarme, pero se quedó más de una vez a mi lado, incluso cuando todo lo que debió haber hecho fue haberse ido para siempre.

Se quedó y me dio una oportunidad más que yo no merecía.

La observé desde el pie de la cama, acurrucada todavía sobre aquellas sabanas. Ethan había abandonado la habitación un par de horas atrás, no sin antes pedirme que durmiera un poco, pero no había podido hacerlo. No, mientras ella estuviera dormida sin idea de lo que le esperaba allá afuera, una vez que pusiera un pie en el exterior. Mi celular y el suyo estaba a explotar de notificaciones de mensajes y etiquetas en redes sociales. El escándalo que se había desatado por esa foto era jodidamente exasperante para mí, pero para ella sería un infierno.




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