Creciendo Juntos [bilogía Bajo el mismo cielo •1]

Capítulo 19

El sol de julio bañaba con una luz dorada los muros de piedra y la fachada cubierta de buganvillas de Villa Belmonte. Los pétalos morados se mecían apenas con la brisa, y el calor olía a ciprés y a tierra mojada. Entre los árboles centenarios y las colinas toscanas, la villa respiraba una quietud tan densa que, al detenerse un segundo, uno podía creer que se trataba de un sueño.

Las familias llevaban cuatro días allí. Al atardecer se les veía caminar despacio entre los viñedos, el sol bajo tiñéndoles la piel de cobre, las risas de los niños llegando apagadas desde los olivos.

Hacía dos noches que había llegado el momento de mantener la tradición. Cuñado y hermano arrastraron a Marcos al ala opuesta, lejos de las mujeres, para que los novios no se cruzaran un día antes del tan esperado acontecimiento. Las emociones andaban a flor de piel en todos.

Hoy eran las nueve de la mañana. Dentro de las paredes de la villa se oía el caos: pasos rápidos de los empleados del evento, la voz de Harriet dando indicaciones, Chloe revisando las mesas. Los niños correteaban entre ellas bajo la mirada de Cristina. Afuera, los campos seguían en silencio, tan quietos que parecían de otra vida.

Habían transcurrido dos años entre brisas vespertinas. Empezar a vivir juntos no fue un camino fácil. Acudieron a terapia, trabajaron en sus miedos e inseguridades para poder construir el hogar que siempre habían deseado.

Lucien, su primer hijo, los tenía a todos cautivados. Risueño, con aquellos ojos que miraban el mundo desde el izquierdo verde como su padre y desde el derecho azul como su madre. Valeria se había proclamado su cuidadora y no lo soltaba. Owen, el primo, los seguía a todas partes. Savannah, la pequeña de Nathan y Emily, corría detrás de una mariquita que se le escapaba entre la hierba.

El embarazo trajo más cambios. Cuando ella dio a luz, comenzaron las obras del estudio fotográfico. En la fachada ya se leía el nuevo nombre: Serena & Marcos Harrington. Bodas & Eventos. Donde, uniendo sus profesiones, juntos crearían magia para otros.

En el exterior del ala sur, a pocos minutos de sentarse a desayunar junto a la piscina, Marcos se había apoyado en la pared de un rincón apartado de la terraza. Miraba la pantalla del teléfono y tecleaba con rapidez. No oyó los pasos de su hermano acercándose.

—¿Vas a seguir con esa cara de tonto enamorado toda la mañana?

Marcos levantó la vista de golpe y cubrió la pantalla de su móvil contra su pecho.

—No sé de qué hablas —intentó disimular sin éxito.

Alejandro sonrió de lado y le pasó el brazo por los hombros.

—Por favor, hermanito. Pareces un adolescente solo cuando le escribes a ella.

Marcos se puso colorado hasta las orejas y miró hacia otro lado.

—Solo quería saber cómo estaba Lucien. Hace una semana que se ha recuperado de un resfriado y…

Antes de que terminara la frase, Alejandro le arrebató el móvil con rapidez y echó a correr en dirección contraria.

—¡Eh! ¡Devuélvemelo!

—¡Ven a por él! —exclamó Alejandro mientras cotilleaba los mensajes—. A ver, a ver… «¿Estás segura de que quieres casarte conmigo o te has arrepentido?». ¿En serio, hermanito?

Marcos intentó alcanzarlo, pero Alejandro chocó de espaldas contra Nathan, que regresaba de su habitación.

—¿Qué pasa ahora? —inquirió Nathan, ya elevando la comisura de los labios en una sonrisa ladina.

Alejandro le tendió el teléfono sin decir nada.

Nathan leyó en silencio un par de segundos y soltó una risa baja.

—Sois iguales los dos, de verdad. Tu cuñada le ha quitado el móvil a Serena hace un rato precisamente por esto. Me ha estado llamando cada quince minutos desde las seis. No podía dormir y quería asegurarse de que no te habías escapado en medio de la noche.

Marcos se pasó una mano por la cara, entre avergonzado y rendido.

—No pensaba hacerlo…

—Lo sé —aseguró Nathan, devolviéndole el móvil—. Ella tampoco. Solo estás los dos hechos un manojo de nervios. Es normal. Todavía recuerdo que en mi boda me subía por las paredes, pero ahí estabais vosotros manteniéndome con los pies en la tierra.

Disimuladamente, Alejandro y Nathan compartieron una sonrisa cómplice y una mirada traviesa que no podía presagiar nada bueno. Marcos al darse cuenta se puso en alerta, sus músculos se tensaron, retrocedió unos pasos, pero chocó con el pecho de su hermano.

—No… —empezó Marcos señalando a su cuñado con el dedo acusador.

No logró terminar la frase cuando Alejandro comenzó a hacerle cosquillas en los costados; Marcos, muerto de la risa, echó a correr hacia el jardín donde se encontraban Frederick, Josh y Michael hablando. Pero antes de llegar a ellos, fue derribado por Trevor y Anthony, dos de los mejores amigos de Serena, facilitando la tarea de atraparlo.

Nathan lo tomó por las piernas, mientras Alejandro lo agarraba por los brazos.

—¡Soltadme! —comenzó a removerse en un intento de zafarse—. Tengo el móvil y las gafas, idiotas —se quejó.

Ronan, el tercer amigo que se había mantenido a un lado observando la escena divertido, se acercó, le quitó las gafas de sol y tomó el móvil de Marcos en sus manos.

—No te preocupes, yo cuidaré de esto por ti —le dio unas palmaditas en el pecho, con una sonrisa de medio lado, dando unos cuantos pasos atrás.

—¡Papá, ayuda! —intentó pedir auxilio.

—Lo siento, hijo. Son mayoría.

—Traidor… —refunfuñó, haciendo reír al resto.

Nathan y Alejandro, junto al borde de la piscina de agua cristalina, comenzaron a balancearlo de un lado a otro contando en voz alta:

—¡Uno…!

—¡Dos…!

—¡No se os ocurra, que…!

—¡Y tres!

El chapuzón fue fuerte y ruidoso. El agua de la piscina se abrió con una gran salpicadura en medio, destellando reflejos dorados por la luz del sol. Trevor, Anthony y Ronan aplaudían y reían sin disimulo. Alejandro y Nathan se quedaron de pie en el brocal, todavía riéndose, y chocaron los cinco triunfantes.




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