Hace unos días me enteré de que mi hermana se había convertido en mujer.
Suena tan grande, tan solemne, como si de un momento a otro hubiera dejado de ser la niña que conocí. Pero al final eso fue lo que sentí. Me llegó la noticia y, en vez de alegrarme o reírme como quizás debería, sentí una pena extraña. Una nostalgia que no sabía de dónde venía ni porque me pertenecía.
Le llegó la menstruación. Y yo me quedé ahí, con el teléfono en la mano, pensando en ella. En cómo ya no era tan pequeña. En cómo el tiempo había seguido avanzando mientras yo estaba tan ocupada intentando hacer que pasara rápido.
Y pensar que lo llevaba deseando hace ya... unos 18 meses...
Pensaba que si los días pasaban rápido, el dolor también se iría rápido. Que si cerraba los ojos y esperaba lo suficiente, despertaría en un futuro donde ya no doliera. Donde mamá y papá estuvieran bien. Donde nosotros fuéramos una familia normal otra vez.
Saltarme la adolescencia. Saltarme el dolor.
Y el tiempo, ese maldito tiempo, me escuchó.
Pasó. Pasó más rápido de lo que debía. Pero no solo pasó para mí. Pasó para todos.
Mientras yo pensaba solo en mi. Dejó de ser una niña. Ahora tiene su cuerpo cambiando, sus propias cosas que vivir, sus propios dolores que quizás todavía no sabe nombrar. No estuve presente la mayoría en esos meses.
Cómo fuí tan tonta... no merezco esta familia...
Me entristece darme cuenta de que, sin querer, dejé que el tiempo se llevara cosas que no quería perder. Pensé que estaba huyendo sola, pero en realidad estaba dejando que la vida de los demás siguiera sin mí.
Mi hermana ya no es una niña. Y yo sigo atrapada en esta maldita niña de 16 años que pedía que el tiempo pasara más rápido para que el corazón dejara de dolerle.
Qué ironía tan cruel.
Tal vez por eso me dio tanta pena cuando me enteré.
Y yo, que quería detener el dolor, terminé dejando que el tiempo se llevara también mi vida.