Crepúsculos de sangre

Prólogo

La lluvia caía como si el cielo también estuviera llorando sangre.
Drago tenía diecisiete años esa noche.
Todavía recordaba el olor de la comida que su madre estaba preparando. El sonido de la risa de su hermana menor, Aya, mientras intentaba asustarlo con una máscara rota. El calor de la casa. La normalidad.
Todo se rompió en menos de tres minutos.
La puerta no se abrió. Se partió.
La madera voló en astillas y el frío de la noche entró junto a él.
Ryūgar Noctis.
Cabello largo y negro que goteaba lluvia. Ojos rojos que no parpadeaban. Una sonrisa lenta, casi perezosa, como si acabara de encontrar un juguete interesante.
Drago ni siquiera pudo gritar.
El demonio se movió demasiado rápido.
Su padre intentó protegerlos con un cuchillo de cocina. Ryūgar le rompió el brazo con una sola mano y luego le abrió el pecho de un tajo, tan profundo que las costillas crujieron. La sangre salió a borbotones. Su padre todavía estaba vivo cuando el demonio lo levantó por el cuello y lo obligó a mirar a su familia mientras se desangraba.
Su madre gritó.
Ryūgar le cortó la garganta a mitad del grito. El sonido se convirtió en un gorgoteo húmedo.
Aya corrió hacia Drago.
Tenía solo once años.
Ryūgar la alcanzó antes de que pudiera tocarlo. La levantó del suelo como si no pesara nada. La miró un segundo… y luego empezó a desollarla viva.
Lento.
Muy lento.
Drago se lanzó contra él con los puños, con los dientes, con todo lo que tenía. El demonio ni siquiera se molestó en esquivarlo. Solo lo sujetó del cabello y lo obligó a arrodillarse, manteniéndole la cabeza hacia adelante para que no pudiera cerrar los ojos.
—Mira —susurró Ryūgar, con una voz casi cariñosa—. Mira bien. Quiero que lo recuerdes cada vez que intentes dormir.
Aya dejó de gritar en algún momento.
Solo quedaron los sonidos húmedos de la carne separándose.
Cuando terminó, el demonio soltó el cuerpo de su hermana frente a él. La sangre le llegaba a las rodillas. El olor era tan espeso que casi se podía morder.
Ryūgar se agachó a su altura. Le acarició la mejilla con una mano todavía caliente.
—Te dejo vivo —dijo—. Porque el dolor de perderlo todo… es mucho más divertido que matarte.
Y se fue.
Caminó bajo la lluvia como si nada hubiera pasado, dejando atrás una casa convertida en matadero.
Drago se quedó arrodillado entre los restos de su familia.
No lloró. No gritó.
Solo miró la sangre que se mezclaba con el agua de la lluvia y sintió cómo algo se rompía dentro de su pecho… y algo mucho más oscuro empezaba a nacer.
Esa noche, bajo un cielo que parecía estar en crepúsculo eterno, las primeras líneas negras y rojas aparecieron bajo su piel.
La Marca del Desgarro.
Y con ella, una sola promesa:
Ryūgar Noctis iba a morir.
Lento.
Y gritando.




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