La lluvia ya no le importaba.
Drago caminaba por el callejón empapado, con la capucha baja y la mano derecha apoyada en la empuñadura de su katana. El acero estaba lleno de muescas. Igual que él.
Tres años.
Tres años desde que el olor a sangre de su familia se le quedó pegado a la piel. Tres años desde que las primeras líneas negras y rojas se abrieron bajo su antebrazo como heridas que nunca cerraron del todo. Tres años desde que juró que Ryūgar Noctis iba a morir gritando.
Ahora tenía veinte.
Y ya no era humano del todo.
Una sombra se movió al fondo del callejón.
Drago no aceleró el paso. Solo inclinó ligeramente la cabeza.
El demonio salió de entre los contenedores de basura. Era de rango bajo: piel grisácea, mandíbula demasiado ancha y garras largas que chirriaban contra el concreto. Tenía restos de ropa humana colgando de los hombros. Había comido hace poco.
—Hueles… raro —gruñó la criatura, oliendo el aire—. Hueles a odio viejo.
Drago no respondió.
El demonio se lanzó.
Fue rápido… para un rango bajo.
No lo suficiente.
Drago desenvainó en un solo movimiento. La hoja cortó el aire con un silbido seco y se clavó en el hombro de la bestia, abriendo un tajo profundo. El demonio aulló y contraatacó con las dos garras. Drago giró el cuerpo, dejó que una de ellas le rasgara el costado izquierdo (sintió la carne abrirse) y aprovechó la cercanía para empujar la katana hasta el fondo del pecho del monstruo.
La sangre negra salió a presión.
Pero el demonio no cayó.
Los de su tipo no morían tan fácil.
Drago apretó los dientes.
Las marcas bajo su piel ardiendo.
—Marca del Desgarro —susurró.
Las líneas negras y rojas se extendieron de golpe por su brazo derecho, subiendo hasta el hombro y el cuello. Una energía oscura, espesa como alquitrán, envolvió la katana. El aire alrededor de la hoja empezó a vibrar.
El demonio intentó regenerarse.
Drago giró la espada dentro de su pecho.
El corte ya no era limpio.
Era un desgarro. La carne se abrió en tiras, los músculos se separaron como si alguien estuviera arrancando tela mojada. La regeneración del demonio se detuvo en seco. La herida seguía sangrando, más y más, como si el propio cuerpo se negara a cerrarse.
El monstruo gritó.
Un grito agudo, desesperado, casi humano.
Drago lo miró a los ojos sin expresión.
—Duele, ¿verdad?
Empujó la hoja hacia arriba.
La katana salió por la espalda, llevándose una buena parte de la columna. El demonio se desplomó de rodillas, temblando, intentando gatear. Drago le puso el pie en la nuca y lo aplastó contra el suelo encharcado.
Un último tajo.
La cabeza rodó.
La lluvia empezó a diluir la sangre negra.
Drago se quedó de pie unos segundos, respirando agitado. Las marcas en su brazo seguían ardiendo, y por un instante creyó escuchar una voz lejana… la misma voz que lo había obligado a mirar mientras desollaban a Aya.
Apartó el pensamiento de un golpe mental.
Se limpió la hoja en la ropa del cadáver y la envainó. Luego sacó un pequeño sello de metal negro del bolsillo interior de su chaqueta y lo clavó en la frente del demonio decapitado. El cuerpo empezó a consumirse en humo oscuro hasta desaparecer por completo.
Misión cumplida.
Sacó el comunicador del Velo Negro y habló en voz baja:
—Drago. Objetivo eliminado. Zona este del distrito de los almacenes. Sin testigos.
Una voz fría respondió al otro lado:
—Recibido. Regresa a la base. El Comandante quiere verte.
Drago guardó el comunicador.
El Comandante nunca lo llamaba para felicitarlo.
Algo se estaba moviendo.
Y en el fondo de su pecho, exactamente donde las marcas latían más fuerte, Drago sintió una punzada familiar.
La misma que sentía cada vez que el nombre de Ryūgar Noctis se acercaba.
Se dio la vuelta y caminó bajo la lluvia, dejando atrás el callejón vacío y el olor a sangre diluida.
Tres años.
Todavía no era suficiente.
Pero estaba más cerca.
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Editado: 01.11.2026