La entrada al Velo Negro no estaba en ningún mapa.
Drago Hakimi bajó las escaleras de metal oxidadas que se hundían bajo un edificio abandonado del distrito industrial. Cada peldaño chirriaba como si se quejara. La lluvia de arriba ya no se escuchaba. Solo el eco de sus botas y el zumbido bajo de las luces fluorescentes que parpadeaban cada pocos metros.
El aire cambiaba a medida que descendía.
Se volvía más frío. Más seco. Más muerto.
Al final de las escaleras había una puerta de acero grueso con el símbolo del Velo Negro grabado: un ojo cerrado atravesado por una línea vertical. Drago apoyó la palma en el sensor. El metal leyó las Marcas bajo su piel y la puerta se abrió con un siseo hidráulico.
Dentro, el mundo era de concreto, acero y silencio.
La sede principal del Velo Negro se extendía como un búnker interminable. Pasillos estrechos, salas de armas, celdas de contención y un olor permanente a desinfectante mezclado con sangre vieja. La gente que caminaba por allí no hablaba más de lo necesario. La mayoría llevaba el uniforme negro estándar: abrigo largo, cuello alto y el emblema cosido en el pecho. Todos tenían la misma expresión. La de alguien que ya había visto demasiado y había decidido no sentir.
Drago caminó hacia el sector de reportes.
Varios cazadores lo miraron de reojo. Algunos desviaron la vista. Otros sostuvieron la mirada un segundo de más. Él ya estaba acostumbrado. Las Marcas de Odio no eran comunes, y las suyas se estaban extendiendo más rápido de lo normal. La gente tenía miedo… o envidia. A veces ambas.
Llegó al mostrador de operaciones. Una mujer de unos cuarenta años, cicatriz que le cruzaba el labio superior, levantó la vista de una tableta.
—Hakimi —dijo sin saludo—. El Comandante te espera. Sala 3.
Drago asintió y siguió caminando.
La Sala 3 estaba al final de un pasillo más estrecho y peor iluminado. Dos guardias armados flanqueaban la puerta. Lo reconocieron y lo dejaron pasar sin decir palabra.
El Comandante estaba de pie frente a una gran mesa de metal cubierta de mapas y fotografías. Era un hombre alto, de hombros anchos, cabello gris cortado al rape y ojos de un azul tan pálido que parecían casi blancos. Nadie conocía su nombre real. Solo “Comandante”. Llevaba años dirigiendo el Velo Negro con puño de hierro y una indiferencia absoluta hacia las bajas.
—Drago —dijo sin mirarlo todavía—. Cierra la puerta.
Obedeció.
El Comandante señaló una fotografía sobre la mesa. En ella se veía un cuerpo humano parcialmente devorado en un callejón.
—Anoche eliminaste al demonio del distrito de los almacenes. Buen trabajo. Limpio. Sin testigos.
Drago no respondió. Sabía que los elogios del Comandante siempre venían acompañados de algo más.
—Sin embargo —continuó el hombre—, tus Marcas se están extendiendo otra vez. El informe médico de la semana pasada ya era preocupante. El de hoy lo es aún más.
Levantó la vista por fin. Esos ojos pálidos se clavaron en los de Drago.
—¿Cuánto control crees que te queda?
—El suficiente —respondió Drago con voz baja.
El Comandante sostuvo la mirada unos segundos. Luego volvió a los mapas.
—Te asigno un equipo. Misión de reconocimiento y eliminación en el Sector 9. Hay reportes de al menos tres demonios de rango medio y posible actividad de uno superior. La zona está cerca de zonas civiles. Quiero que sea rápido y discreto.
Deslizó una carpeta negra hacia él.
—Tus compañeros serán Lysandra Vey, Torren Hale y el novato Kael Riven. Los conoces de vista. Lysandra es eficiente. Torren es un animal útil. El chico… todavía no está roto del todo. Asegúrate de que no se convierta en un estorbo.
Drago tomó la carpeta sin abrirla.
—¿Cuándo salimos?
—En cuatro horas. Punto de encuentro en el andén 7.
Y Hakimi… —el Comandante lo miró otra vez—. Si tus Marcas se descontrolan en medio de la misión, tus compañeros tienen orden de priorizar la eliminación del objetivo. No a ti. ¿Quedó claro?
Drago sintió cómo las líneas negras bajo su antebrazo latían con fuerza.
Una parte de él quiso responder con rabia. Otra parte, más oscura, solo registró la información.
—Claro —dijo.
Salió de la sala sin esperar más.
El sector de descanso de los cazadores era poco más que una hilera de literas metálicas y casilleros. Drago se sentó en la suya, abrió la carpeta y revisó los archivos.
Lysandra Vey: 28 años. Especialista en combate con cadenas y veneno. Historial limpio. Eficiente. Fría.
Torren Hale: 34 años. Fuerza bruta. Varias amonestaciones por exceso de violencia. Útil en enfrentamientos directos.
Kael Riven: 19 años. Recién ascendido. Solo tres misiones reales. Todavía hacía preguntas.
Drago cerró la carpeta.
Tres años atrás él también hacía preguntas.
Ahora solo quería una respuesta: dónde estaba Ryūgar Noctis.
Se levantó y caminó hacia el lavabo del fondo. Se subió la manga izquierda. Las Marcas del Desgarro se habían extendido desde el antebrazo hasta casi el codo. Líneas negras con bordes rojizos que parecían moverse ligeramente bajo la piel, como si tuvieran vida propia. Cuando presionó con los dedos, sintió el ardor familiar… y un susurro lejano.
Todavía no es suficiente.
Apartó la mano de golpe.
Una voz joven lo sacó de sus pensamientos.
—¿Tú eres Drago Hakimi?
Se giró.
Kael Riven estaba de pie a unos metros, con el uniforme todavía demasiado nuevo y una expresión que mezclaba respeto y nerviosismo. Tenía el cabello castaño revuelto y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda.
—Sí —respondió Drago.
—Nos asignaron juntos. Yo… solo quería presentarme. He oído hablar de ti. De tus Marcas.
Drago lo miró en silencio. El chico sostuvo la mirada unos segundos y luego la bajó.
—No te hagas ilusiones —dijo Drago con voz plana—. En este lugar la gente no dura mucho. Especialmente los que todavía creen que estamos del lado correcto.
Kael abrió la boca para responder, pero se limitó a asentir.
—Entendido.
Drago pasó a su lado y salió del sector de descanso. Necesitaba afilar la katana. Y necesitaba estar solo.
Mientras caminaba por los pasillos fríos del Velo Negro, las luces fluorescentes parpadeaban sobre su cabeza. En algún lugar bajo tierra, lejos de la lluvia y del cielo, Drago Hakimi apretó la empuñadura de su espada hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Cuatro horas.
Después volvería a salir a la superficie.
Y cada paso que diera lo acercaría un poco más a la única cosa que todavía lo mantenía en pie:
Hacer que Ryūgar Noctis sintiera exactamente lo mismo que él había sentido esa noche.
O peor.
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Editado: 01.11.2026