El barrio de la Media Luna no olía igual.
El aire ya no tenía el perfume del pan recién hecho ni el humo dulce del tabaco; ahora era una mezcla de óxido, grasa y miedo. Las calles estaban más silenciosas, y las ventanas, cubiertas con tablones o cortinas oscuras.
Gato Café caminó por las veredas recordando los días en que corría por los tejados, en que la Lata de Atún era el refugio cálido donde todos se reían y soñaban con futuros imposibles.
Pero ahora solo quedaban los ecos.
Empujó la puerta del restaurante y el viejo timbre oxidado sonó como un quejido. Dentro, el aire olía a sopa recalentada y a soledad.
El gato morado, su antiguo jefe, estaba detrás del mostrador, limpiando vasos con expresión tensa. Levantó la mirada y por un instante su cara se deformó en una mueca de espanto.
Gato Café entendió la reacción: su aspecto debía ser el de un vagabundo o un espectro, con el pelaje sin brillo, la túnica azul gastada, las manos llenas de cicatrices y los ojos vacíos de descanso.
Se sentó en una de las sillas, sin pedir nada.
El gato morado dejó el vaso y se le quedó mirando sin decir palabra. Pasaron largos segundos. Luego, lentamente, la incredulidad se transformó en reconocimiento.
—No puede ser… —susurró el gato morado, acercándose—. Gato cafe… ¿de verdad eres tú?
El felino asintió, cansado.
—Volví —dijo simplemente—. Aunque parece que nadie lo esperaba.
Su voz sonaba rasposa, como si hubiera hablado poco en meses.
El gato morado se acomodó la gorra, nervioso.
—No es eso —respondió, con un dejo de culpa—. Es que el barrio… cambió mucho. No sabes lo que pasó mientras estabas fuera.
—Sí, lo sé —dijo Café, sin mirarlo—. Yo también cambié.
El silencio cayó entre los dos. Afuera, el ruido de un motor roto interrumpió la quietud.
Entonces la puerta del restaurante se abrió de golpe.
Una figura alta, vestida con una capa oscura, entró con paso firme. Serpenteo hacía gato con prisa.
El aire se volvió más denso, casi eléctrico.
—Vaya, vaya… —dijo una voz femenina, ronca, serpenteante—. Así que el rumor era cierto. Volviste gato cafe.
Era la Bruja-Serpiente.
Sus ojos, dorados y estrechos, se clavaron en él con una mezcla de fascinación y peligro. Antes de que el gato pudiera reaccionar, levantó la mano y quiso golpear a gato en la cabeza.
Pero el instinto del guerrero fue más veloz.
Gato Café levantó la mano y detuvo el golpe, sujetando la muñeca de la bruja con una fuerza que la inmovilizó por completo. El sonido seco del impacto resonó en la sala.
La Bruja-Serpiente arqueó una ceja, sorprendida. Intentó zafarse, pero los dedos del felino eran un cerrojo.
Por un instante, ambos se miraron —el fuego contra la calma, el poder contra la resistencia.
—No vine a pelear —dijo él, soltándola.
Ella retrocedió un paso, frotándose la muñeca con una mueca que era más orgullo herido que dolor.
El gato morado, que había permanecido inmóvil todo ese tiempo, se apartó de la barra, cediéndole la mesa principal.
La bruja se sentó con elegancia, apoyando en la silla.
—Había oído que habías muerto —dijo—
—No fue así —respondió Gato Café, sin emoción—. Pero algo de mí sí murió a donde fuí.
La bruja lo observó con atención, midiendo cada palabra, cada respiración.
—¿y el anillo? —dijo, al fin—.
El felino la miró con recelo.
—¿Por qué te importa?
—Solo quiero saber si ya te lo pusiste.
Gato Café apoyó las manos sobre la mesa. Sus ojos brillaron con violencia.
—No —respondió con calma—. En el mar de las arenas me advirtieron que tenía una maldición. Una magia hecha para matarme.
La bruja entrecerró los ojos.
—¿Y quién te dijo eso?
—Un amigo hechicero —dijo el felino—. Le dejé el anillo a la Ninfa de la Tortuga de Jade para que le quitara el hechizo.
El nombre hizo que la bruja se tensara.
Por un momento, su compostura se quebró.
—¿Le confiaste eso a ella? —preguntó, la voz cargada de alarma.
—Sí —respondió él—. ¿Por qué?
La Bruja-Serpiente bajó la mirada, pensativa, como si buscara las palabras correctas.
—Esa criatura no es lo que aparenta —dijo finalmente—. Ni buena ni benévola. Tiene poder, sí, pero poder que no pertenece a este mundo. Podría quedarse con tu anillo.
Gato Café la observó en silencio. No estaba seguro de creerle.
—Tal vez —dijo con un dejo de ironía—. Pero tú nunca apareciste cuando te busqué, tu nunca me advertiste de la maldición.
El comentario la golpeó.
Por primera vez la Bruja-Serpiente no tuvo respuesta. Se levantó bruscamente y se encaminó hacia la puerta.
La puerta se cerró tras ella.
El gato morado suspiró con alivio, volviendo a su puesto.
—Sigue siendo igual de desagradable —murmuró—. Aunque parece que contigo se contuvo.
Gato Café se quedó mirando la puerta por un largo rato. Luego giró la mirada hacia su antiguo jefe.
—¿Cuánto quieres por el restaurante? —preguntó.
El gato morado lo miró, desconcertado.
—¿Qué?
—Quiero comprarlo —repitió Gato Café, sin titubear—.
—No sé si es buena idea. El barrio está peor que nunca. Apenas entra gente. Hay bandidos, patrullas corruptas, saqueadores. Esto ya no es lo que era.
—Precisamente por eso —dijo el felino—. Quiero que vuelva a ser un lugar donde la gente se sienta segura. Como antes.
El gato morado lo observó largo rato. Luego sonrió débilmente.
—Sabes… nunca dejaste de ser terco.
Esa noche firmaron el acuerdo, sin testigos. Solo dos gatos y una lámpara que parpadeaba.
Durante las semanas siguientes, Gato Café se dedicó a reconstruir La Lata de Atún.
Contrató obreros, limpió los muros, cambió las mesas, pintó los ventanales. Trabajaba de día y de noche, como si con cada clavo y cada brocha pudiera también reconstruirse a sí mismo.
Los vecinos, al principio, lo miraban con desconfianza, pero poco a poco comenzaron a acercarse, a ofrecer ayuda, a preguntar si el restaurante volvería a abrir.
Y él, con su calma habitual, solo respondía: