Cronica de las fronteras grises, libro 2: Luna

64.-Un mes.

La mañana en que Gato Café acudió a la casa del León Herido, el cielo tenía el color de la ceniza vieja.
Hacía viento, y las banderas que colgaban del torreón central ondeaban con lentitud, como si también estuvieran cansadas. En los tejados cercanos, los pájaros evitaban posarse, pues sabían que aquel lugar no era de simple reunión: era el corazón del poder, el sitio donde los juramentos se hacían y las promesas morían.

El camino hasta la puerta fue largo. Nadie lo acompañó.
Atrás quedaba el murmullo de los mercados, el olor a pan tostado y aceite que siempre flotaba alrededor de La Lata de Atún. Cada paso que daba era una despedida anticipada, un recordatorio de que algunas promesas no se rompen sin romper también algo dentro de uno mismo.

Cuando llegó, los guardias lo reconocieron enseguida. Nadie se atrevió a detenerlo.
El León Herido había mandado abrir el gran salón. En el interior, el aire olía a incienso y vino. Las lámparas colgaban bajas, proyectando una luz dorada que hacía brillar las grietas de las columnas, las huellas de antiguas batallas.
Sentados junto al trono, esperaban el Tigre Amarillo y la Bruja Serpiente.
León Herido, más viejo, más lento, pero aún imponente, lo recibió con un rugido leve y una sonrisa sincera.

—Gato Café… —dijo, con la voz grave de quien carga demasiado peso sobre su pecho—. Qué alegría verte de nuevo. Pensé que los vientos te habrían arrastrado lejos, como a tantos otros.

El tigre Amarillo lo observaba con una sonrisa torcida, afilando con una garra invisible la burla que no tardaría en pronunciar.
La Bruja Serpiente, parecía un eco de humo, una figura que respiraba el aire de los secretos.

Gato Café inclinó la cabeza.
—Majestad —dijo, sin levantar la vista—. No he venido a hablar de mi viaje.
—¿No? —replicó el León, apoyando una garra sobre el brazo del trono—. Y yo que pensaba escucharte por horas.

Gato Café respiró hondo.

El silencio se instaló entre ellos.
El León Herido entrecerró los ojos, percibiendo el tono, el temblor leve en su voz.

—Entonces, ¿a qué debo el honor? —preguntó, con una amabilidad que apenas ocultaba la curiosidad.

Gato Café levantó la cabeza y, sin rodeos, dijo:
—He venido a romper mi compromiso con Gata Blanca.

Las palabras se extendieron como un eco lento, golpeando las paredes del salón.
El Tigre Amarillo soltó una carcajada seca, ronca, casi incrédula.
—¿Tú? —dijo, señalándolo con una garra sucia—. ¿El héroe del barrio? ¿El que volvió de la muerte para buscarla? ¡Esto sí que es nuevo!

La Bruja Serpiente bajó la mirada. Parecía lamentarlo, o fingía hacerlo.
Sus dedos delgados jugaron con un colgante de hueso, murmurando algo que sólo ella podía oír.

El León Herido se recostó en su trono, observando al gato.
—Esa no es una decisión ligera, Gato Café —dijo con solemnidad—. Las uniones bendecidas en este salón son pactos ante Madre Luna. Si rompes uno, debes tener una razón tan fuerte como la unión misma.

—La tengo —respondió él, sin dudar—. Ella ama a otro ser.

El León Herido guardó silencio un momento. Parecía medir las palabras, no con juicio, sino con cierta tristeza.
—Entonces no hay nada más que decir —murmuró finalmente—. La voluntad del corazón no se encadena, ni siquiera en este trono. Anunciaré la disolución a la familia de Gata Blanca. Puedes ir en paz.

El Tigre Amarillo se levantó bruscamente.
—¿Así de simple? —gruñó—. ¿Ni siquiera lo cuestionas? ¿Ni siquiera lo haces pagar por el deshonor?

El León lo miró con calma.
—No hay deshonor en aceptar que uno ya no es amado.

El Tigre bufó, pero se contuvo.
Gato Café inclinó la cabeza en agradecimiento, dio media vuelta y comenzó a retirarse.
La Bruja Serpiente, con un gesto apenas perceptible, se adelantó para acompañarlo.

Salieron juntos al patio, donde el aire olía a piedra mojada y flores secas.
El cielo estaba gris, y los árboles del jardín temblaban con un viento que parecía traer voces antiguas.
La bruja caminaba a su lado, sus pasos no hacían ruido.

—Ella te pidió que lo hicieras, ¿verdad? —susurró.
Gato Café no respondió.
—Ella te amaba. —Sonrió con tristeza—. Pero no podias estar con ella sin un nombre.

Él seguía mirando al frente, con la mirada fija en las escaleras que bajaban hacia la ciudad.
—Cállate —dijo al fin—. Todo lo que me has aconsejado, me ha dañado horriblemente.

—Siempre he querido tu bien —dijo la Bruja, casi con ternura.
Gato Café la miró entonces, por primera vez desde que salieron del salón.
En sus ojos vio reflejado el cansancio de ambos, el peso de los años, de las guerras, de las pérdidas que no se mencionan.
Pero no dijo nada.
Solo siguió caminando, hasta que su figura desapareció entre los portales de piedra que conducían de nuevo al barrio.

La Bruja Serpiente se quedó mirándolo irse, sin expresión y salió hacia su tienda un momento despues.

Dentro del salón, el Tigre Amarillo había retomado la palabra, iracundo.
—¡No puedes dejarlo libre, León! —rugió, golpeando con la garra el suelo de mármol—. Tú mismo dijiste que si traía desorden, lo exiliarías.

El León Herido lo observó con una mezcla de paciencia y autoridad.
—Prometí que lo pensaría. Y lo he hecho.

—¡Ha deshonrado a una familia bendecida! —insistió el tigre—. ¡Ha quebrado un juramento ante Madre Luna!

El rugido del León llenó la sala.
No fue un rugido de furia, sino de recordatorio. De mando.
El Tigre retrocedió instintivamente, bajando las orejas.

—Yo soy el gobernante de la Media Luna —dijo el León Herido, con voz tan grave que las lámparas vibraron—. Y lo seguiré siendo mientras Madre Luna no elija a otro en el próximo eclipse. No olvides tu lugar, Tigre Amarillo.

El silencio volvió a caer.
El Tigre Amarillo bajó la cabeza, disimulando su odio detrás de una reverencia.
—Por supuesto, mi señor. —Su tono era un veneno disfrazado de obediencia.



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En el texto hay: gato, batallas, magia

Editado: 26.10.2026

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