Crónicas de Azgar

Capítulo 1.3

– Uno de los Ojos Diabólicos ha regresado, mi Sabat – dijo un hombre enlutado, y en su voz se notaba un pequeño temblor a causa del miedo que provocaba estar tan cerca de él.

– Convoca al Círculo Negro – fue la escueta respuesta del personaje situado en el interior de la biblioteca de una de las torres de hechicería

– Si, mí Lord.

Lótcaran era el máximo representante de los magos y hechiceros, el mago negro más poderoso de Azgar y el más temido, incluso por sus más fieles seguidores, y aunque su nombre era conocido por todo el mundo antiguo, nadie osaba pronunciarlo en su presencia y a menudo se dirigían a él bajo el título de Sabat o Lord.

Tras un momento de meditación, Lótcaran cerró su libro de encantamientos y mediante unas breves palabras en el idioma de la magia se evaporó del recinto.

– Ats erkhakhalan mets.

El Ojo Diabólico se posó en el centro de un círculo formado por unos seres ataviados con túnicas negras. El grupo mágico más poderoso y temido: el Círculo Negro. Seis maestros de la magia que habían dado a cambio de su inmenso poder gran parte de su energía vital. Aunque las leyendas que corrían por el mundo afirmaban que cada miembro del Círculo tenía un pacto con un Ser de las profundidades del Abismo y esa era la verdadera fuente de su poder.

Finalmente Lótcaran se materializó en el centro del círculo en lo alto de una de las torres de hechicería destinadas a guardar los compendios y libros arcanos de los antiguos hechiceros más reconocidos y hábiles de su arte, la luna de Azgar relucía completa esa noche, llena, expectante. A su lado se encontraba el Ojo Diabólico, esperando la llegada de su creador.

Sin mencionar una sola palabra, el Sabat atravesó el cuerpo del esbirro con su mano desnuda hasta encontrar el centro mágico de la criatura para extraerlo de su ser, pues a diferencia de los humanos, los seres mágicos carecen de alma propia y se les proporciona un centro mágico que actúa como tal, un alma mágica. Al sacar el centro mágico de aquella coraza se escuchó un grito desgarrador, quizá el único sonido que era capaz de producir aquel ente infernal carente de voz, era aquello la representación de su último aliento y junto con él, asomó una nube ponzoñosa de gas envenenado. Esto último era solo una medida de precaución, solo por si algún ser aparte del creador del espía decidía enterarse de cierta información que no le correspondía, pues el gas entraba por los poros de su cuerpo envenenando lentamente al insensato, quemando sus órganos por dentro, marchitando su corazón y sus pulmones hasta la muerte, una muerte lenta y dolorosa, además formaba parte de una venganza instantánea y muy versátil ya que aquel que osara destruir a un espía de esta índole corría la misma suerte, pues el veneno era disparado tras su muerte, en dirección del agresor. Una vez que estuvo el centro mágico en las manos de Lótcaran se fundió en ellas recorriendo todo su interior hasta llegar a su cerebro para otorgarle a su amo toda la información recaudada durante su viaje de manera directa, eficiente y discreta, pues el grupo de imágenes recaudadas por los Ojos Diabólicos eran transmitidos a su amo en forma de conexiones mentales, siendo así la más segura forma de intercambio de información. Cuando el proceso finalmente concluyó Lótcaran habló:

– Desde tiempos ancestrales, los clérigos nos han temido, y el hecho de que hayan instalado espías en el puerto de Orak durante estos dos años, y la formación del ejército de los Seraphin hasta hoy descubiertos, es una prueba tangible de tal hecho. Vayan por sus herramientas arcanas y todo lo necesario para la guerra. – Concluyendo estas palabras, se fueron evaporando los miembros del Círculo Negro tras un breve susurro mágico.

–Mits – declaró Lótcaran una vez se hubo quedado solo, y uno a uno fueron llegando a la cima de la torre de hechicería el rango de los Nigromantes, famosos y odiados en Azgar por tener la facultad de arrancarle a la muerte sus victorias y levantar a los muertos de sus sepulturas sin importar su raza, condición, género o estirpe.

Los antiguos magos habían diseñado una manera eficaz de comunicación y congregación, muy útil cuando era necesario reunir de forma rápida a uno o más grupos de la misma estirpe. Era un vocablo derivado del idioma de la magia y simplificado a tan solo unas cuantas palabras que eran diseñadas para llegar hasta la mente de aquellos que eran solicitados, dichos integrantes solamente debían repetir la palabra que resonaba en su memoria y eran transportados directamente ante aquel que solicitaba su presencia, sin importar la distancia o el lugar en el que estuviese.

El gasto de energía era proporcional al número de integrantes de cada grupo, así que aunque todos conocían los conjuros, solo los más poderosos eran capaces de realizarlos con éxito.




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