De pronto dio vuelta sobre sí mismo y quedó sumido en su mutismo con sus ojos café oscuro mirando hacia la pared de piedra tallada a mano… y sin previo aviso, lo vió. Se le heló la sangre, y su tez ligeramente aperlada se tornó pálida. El era la respuesta, tenía que ser Él, y sin desviar la mirada de aquel punto fijo en la pared de piedra ni darle la cara a su clérigo favorito, sentenció. – Iremos a la guerra en nombre de Nuestro Señor Krisat, pues nuestra causa es noble y obtendremos su Gracia y Bendición. Recuerda mi querido Belzar que la magia es un sacrilegio y aquellos quienes la usan son el mal encarnado; es nuestro sagrado deber purificar el mal que existe en Azgar y a aquellos seres quienes lo portan, ya sea en vida o con la llegada de la muerte, que es el último grado de purificación, si ésta cae por nuestra mano, claro está. Esta es, mi querido Belzar, la prueba que nos ha puesto Nuestro Señor Krisat a sus hijos más amados y hemos de salir victoriosos de ella. – Tras un breve momento de silencio Ebek continuó – Apresúrate y comunica este mandato a los mensajeros más veloces y fuertes de este recinto y que cada uno tome dirección a cada uno de los siete templos a lo largo y ancho de Kalli y que lleven esta nueva a todo aquel que quiera levantar una espada en el nombre de Krisat Nuestro Señor, y también a aquellos seres benditos con el don de la sanación para asistir a nuestros hermanos en la guerra.
– ¿Y qué tarea me encomendará a mí, mi Paladín? – dijo Belzar.
– A ti, te dispongo una misión más compleja, escucha con atención: dirígete al reino de Rimbaw, busca las escuelas de combate y encuentra a nuestros hermanos los Seraphin, ellos son nuestros mejores guerreros y por ese motivo se les ha permitido dejar estas tierras sagradas y viajar al reino guerrero para perfeccionar aún más esa virtud. Explícales todo cuanto te he dicho aquí y tráelos de regreso a este templo para otorgarles mi bendición y la de Nuestro Señor. Hasta aquí, mi querido Belzar, termina la parte fácil de tu misión, lo siguiente será convocar al máximo número de guerreros posibles dentro de las escuelas de combate y convencerlos de unirse a nuestra causa, un consejo, nunca dejes de subrayar que los necesitamos para erradicar a los magos de Azgar. Los guerreros solo creen en la fuerza bruta y en su espada, odian a los hechiceros por usar sus artimañas y objetos mágicos así como el uso de lenguajes oscuros y desconocidos para pelear y derrotar a sus adversarios en vez de preferir una batalla sangrienta cuerpo a cuerpo. No menciones nuestra Sagrada Misión a los guerreros, simplemente no lo entenderían. – terminadas estas palabras, Ebek concluyó – apresúrate, y que Krisat te Bendiga desde Su Cielo.
Y mientras Belzar salía presuroso del templo de Astriud, Ebek non Kundal se quedó inmóvil, como los pilares cincelados al alto relieve con las imágenes de Virtudes y Poderes, su mirada seguía fija en el muro de piedra tallada a mano en algún punto indefinido para cualquiera menos para él, que sabía donde mirar. Y a varios kilómetros de distancia, bajo la mirada directa de Ebek detrás del muro de piedra de aquel templo, se erigía una portentosa estatua, en cuya placa de oro macizo aparecía grabado el nombre de "Abaddon". Mientras en la mente de Ebek volaba tan solo un pensamiento: Aún te tenemos a ti, "Destructor".
Belzar salió corriendo del templo central con la rapidez que le permitían imprimir sus largas piernas. El hombre era un devoto seguidor de su Paladín Ebek, y en más de una ocasión había manchado sus manos con sangre enemiga para salvaguardar la vida de su superior y amigo de orden, aún a pesar de la terrible repugnancia que le causaba tal acto, por lo que el discurso del Paladín había dejado una gota de dolor en su corazón y que poco a poco iba mezclándose con su sangre, invadiendo todo su ser. Belzar era un tipo sencillo, de edad y complexión media que gustaba de las cosas simples de la vida, sus facciones revelaban que era un hombre que había alcanzado la felicidad años atrás en los milagros diarios que otorga la vida y en las enseñanzas de su hermandad. Sin embargo, ese rostro pleno y pacífico había sido profanado por un semblante de tristeza que había encontrado morada en sus ojos dos años atrás, evento que Belzar no se había molestado en disimular. La idea de la guerra lo había asaltado tiempo atrás cuando Ebek había logrado evitar la construcción del tercer pilar de obsidiana para la casta mágica, quienes argumentaban que era preciso ser erigida en la noche de la luna roja de Azgar, evento que tenía presencia en el mundo cada concuenta años.
Los clérigos influyeron en la decisión final de los sabios vendiéndoles la idea de que dicha construcción era parte fundamental de un conjuro capaz de regresar a la vida a los Demonios de Azgar y traerlos de nuevo a la tierra, por lo cual, la edificación de la misma equivaldría a la destrucción total de la civilización entera. Así que llegado el día de la luna roja, los sabios se negaron rotundamente a construir el pilar en una sola noche.
Después de ese día, nadie en Azgar volvió a ver una túnica mágica rondar por los pueblos comerciales del mundo. ¡Se los había tragado el abismo! Y esas eran malas noticias, pues como es bien sabido por todo el mundo antiguo, los magos saben guardar rencores y dar golpes certeros a sus enemigos, y cualquier mago que vaya a enfrentarse en una reyerta, sea en entrenamiento mágico o en una batalla campal necesita exiliarse del mundo y sus distractores para conservar sus energías y memorizar los lenguajes arcanos de su arte. Y este exilio era el mas sepulcral pues ya habían pasado dos años desde aquel incidente y sobre el reino entero de Mistri sobrevolaba una neblina antinatural, casi mágica que impedía el paso a cualquier ser que desease entrar en él, aunque el reino tenía un aspecto tan solitario y misterioso que parecía una extensión de las tierras muertas del lúgubre Wingerdam, y ningún hombre en su sano juicio estaría deseoso de entrar en ese tipo de tierras malditas plagadas de leyendas y terrores.
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Editado: 20.10.2026