Belzar corría sin parar por la escalinata del templo hasta llegar a las caballerizas del lugar, donde hizo una breve pausa para recuperar el aliento. Además, el clérigo nunca dejaba pasar la oportunidad de visitar las caballerizas sagradas, únicas en el mundo que abrigaban en su interior a los últimos Pegasos de Azgar.
Belzar dejó que sus ojos se recrearan ante la bella imagen que aparecía frente a él, y poco a poco fue inundándole un sentimiento de paz que nublaba la tristeza que sintió al escuchar las palabras de Ebek.
Al clérigo le agradaba ese lugar, siempre que padecía una pena gustaba de pasar por los alrededores para ver a su alado favorito y contarle a él lo que le afligía en esos momentos, más aún, se sentía reconfortado, incluso comprendido por la criatura, así que era común ver al sacerdote rondar por ahí cuando las cosas no marchaban del todo bien.
– ¿Qué pasa, hermano Belzar? – Comentó uno de sus hermanos de orden, que pasaba por las caballerizas en esos momentos – siempre que te veo por estos rumbos es por algo que te ha disgustado. ¿No estas de acuerdo, Emery? – dijo el sacerdote dirigiendo una mirada hacia la criatura y ella asintió con su cabeza a la vez que lanzaba un relincho, como si pudiera entender la pregunta a la perfección.
– Es cierto, mi querido hermano – dijo Belzar, dirigiendo una mirada de soslayo a su hermano, sin dejar de acariciar el rostro de Emery – las cosas no andan bien.
– Despreocúpate, todos sabemos que Azgar se está pudriendo, quizá seamos nosotros los únicos que siguen los caminos que marca la sagrada ley de Krisat, Nuestro Señor.
– No, no es eso – comentó el mensajero – ojala fuera algo tan simple como eso. Nuestro Paladín, Ebek, me ha mandado para darles un comunicado.
– ¿Paladín Ebek? – dijo Dálacar atónito. Que habrá dicho el Sumo Pontífice para que éste hermano haya venido hasta acá con esa cara. Pensó – Pero anda, vamos, suéltalo ya ¿Qué mensaje nos traes del Sumo Sacerdote?
– Iremos a la guerra – fue la atona respuesta del mensajero, una voz carente de cualquier sentimiento. Vacía.
– ¡La guerra! – Gritó incrédulo Dálacar – no es posible. ¿Acaso el reino de Kalli esta siendo atacado?
No. Creo que somos nosotros los iniciadores de ésta.
– ¡Imposible! No juegues conmigo hermano – Comentó Dálacar entre risas. ¿Y qué haremos, juntar nuestras fuerzas para atacar al reino de Mistri y acabar con los hechiceros? – dijo en tono burlón – por Dios, Belzar, somos clérigos, no guerreros, nosotros no iniciamos guerras, solamente oramos y nos defendemos.
– Pues me temo que ésta la hemos iniciado nosotros hace dos años atrás, mi querido amigo, cuando el Sumo Pontífice de nuestra orden influyó en la decisión final de los sabios para evitar la edificación de una construcción arcana. Ese fue el inicio de esta guerra Dálacar. O dime tú ¿A cuantos magos has visto rondar por Azgar en estos años? Ninguno ¿Cierto? – conminó el mensajero sin dar oportunidad a su interlocutor de llegar a formular la misma respuesta.
Belzar transmitió el mensaje de Ebek a su hermano de orden y vio como este último se marchaba en dirección de uno de los templos que poblaban el reino de Kalli, mientras él prefirió pasar esa noche en las caballerizas del lugar.
El mundo antiguo dividía el año en cuatro estaciones básicas, de acuerdo al clima de la tierra para su trabajo por la mano del hombre; así mismo, los días eran medidos de acuerdo a la posición del sol con respecto a la tierra y el transcurso de los meses en periodos lunares; así pues, de acuerdo a la posición de la luna se podía saber en que parte del ciclo se encontraban. Cada luna nueva era el inicio de un ciclo y cada luna llena anunciaba su final; de este modo se contaban las horas,días y ciclos en el mundo antiguo, periodos regulares a tiempos determinados y establecidos por los Sabios de Batrim, pues según sus cálculos, la rotación de la luna con respecto a Azgar era siempre la misma y por lo tanto un patrón fidedigno para establecer periodos largos de tiempo. De este modo, cada trece ciclos lunares las estaciones volvían a su recorrido por la tierra.
Los años eran contados según el paso de los ciclos lunares. Corría el año 524 de la Tercera Era en el mundo antiguo; el inicio y el final de una Era siempre había sido un flujo irregular en el tiempo, pues en el mundo debía existir un acto tan memorable o devastador que definiera sin duda alguna el cambio a lo que supondrían los sobrevivientes del holocausto a una mejor forma de vida que las anteriores, una trascendencia existencial a nivel global.
La Segunda Era había durado 1263 años según las bibliotecas de los Sabios aunque de la Primera Era no se conocía mas que el nombre y ciertos relatos aislados que con el paso del tiempo fueron considerados irreales o inexistentes y por lo tanto condenados a convertirse en leyendas y fabulas fantásticas para contar a los niños mas pequeños antes de ir a dormir.
Dos personajes se dirigían a toda velocidad entre la espesura de los bosques hacia los templos restantes del reino de Kalli. El mensaje de Paladín Ebek había sido comunicado a los mensajeros mas veloces de la región de Astriud y ellos se disponían a difundirlo a los templos restantes para apremiar a sus hermanos de orden a prepararse para la guerra que se avecinaba.
– En estos casos correr no es suficiente, ¿no lo crees así, hermano?
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Editado: 20.10.2026