Zaraki era un clérigo poco común, guiado siempre por su razón y su sentido común antes que por su fe y sus creencias, era un tipo que a menudo se metía en largas discusiones con sus hermanos en cuanto a los temas que desafiaban su sentido de supervivencia, y no es que Zaraki no creyera en su orden o careciera de fe, pero creía plenamente en sus ganas de vivir.
– No lo entiendo Dálacar, si Paladín Ebek quisiera enviar esta noticia con la mayor premura ¿qué más veloz que las sagradas criaturas de las caballerizas?
– Bien es sabido por todo el mundo que tienes razón en esto hermano, pero eso está fuera de discusión, pues estoy seguro de que si su Santidad no ha dado la orden de utilizar las monturas es porque pretende usarlas en la batalla.
– ¿¡En batalla!? – gritó atónito Zaraki haciendo un alto tan brusco que por poco cae al suelo. – ¿Por qué? Todo mundo sabe que los pegasos no son animales aptos para la guerra, sus dominios no son la tierra sino los cielos, su mayor destreza no es el correr sino volar, dudo mucho que ofrezcan verdaderas posibilidades en una batalla campal.
– Precisamente, mi estimado Zaraki – dijo su compañero mientras regresaba sobre sus pasos para reunirse junto a él y tomar un par de bocanadas de aire tras haber corrido gran parte de un bosque de arboles de Maple momentos atrás – ellos serán la forma más veloz y segura de atravesar el Desierto Escarlata y el bosque mágico de Tendar del reino de Mistri. O es que ¿acaso quieres aventurarte por tu propio andar en el desierto de las arenas rojas y cruzar el lúgubre Tendar simplemente portando tu fe, un escudo y una espada? – Dijo Dálacar en tono burlón, esperando la conocida respuesta de su amigo.
– ¿Bromeas? – Mustió Zaraki con un bufido, mientras buscaba una roca para descansar un poco las piernas, y al poco tiempo, Dálacar lo imito – mi fe no me obliga al suicidio. Se dice que después de las islas malditas de Wingerdam y Heinryuth, que por cierto ni el mismísimo Lótcaran se atreve a aventurarse en ellas, y mira que me han contado que ese tipo es descendiente directo de los abismos, – Comenzó a desvariar el sacerdote – hay incluso quienes aseguran que los Diablos mas poderosos de Azgar rondaron esas tierras incluso antes de nuestra civilización, y que hoy en día todavía puedes ver sus espíritus en pena si es que eres lo bastante tonto como para pasar por ahí; el Desierto Escarlata y ese maldito bosque en los lindes de la región de Mistri son los mas temidos por Azgar. Además, cuenta la leyenda que en ese endemoniado desierto fue enterrado uno de los Diablos de Azgar y que su sangre fue la que tiñó de rojo las arenas de ese extraño lugar, y que aun hoy en día se sigue derramando la sangre de la infernal criatura, misma que quemará vivo a aquel que ose pisar su eterna sepultura. Ya ni hablar del Bosque Vivo de Tendar.
– Calma, hermano Zaraki – dijo su compañero pacientemente, mientras daba unas ligeras palmadas en la espalda de su asustadizo hermano de orden – posees una mente muy traviesa e imaginativa, o es que ¿acaso temes entrar en las tierras de los magos? – comentó entre risas.
– Seré un cobarde si tú quieres Dálacar, pero un mago es un mago, y aunque es cierto que su poder es limitado y su fuerza física es la de un hombre promedio, o incluso menos que eso, son capaces de conjurar aberraciones como Thir-Vann, o que me dices de Oxel-Tar… que compensen su falta de fuerza física. Y sinceramente, no soy de los tipos que les gusta correr hacia su muerte, prefiero caminar despacio, hacer millones de pausas en el camino, y de ser posible, retrasarme el mayor tiempo posible para llegar a la cita.
– Tranquilízate Zaraki, sobre nuestros hombros está derramada La Bendición de su Santidad Ebek y de Krisat Nuestro Señor; nada ni nadie podrá contra nosotros en esta ocasión.
Quizá tengas razón hermano, sin embargo, yo no seré partícipe en esta empresa, discúlpame Dálacar.
– ¿Acaso desconfías de La Bendición de Ebek y de Krisat desde su Cielo? –Dijo un Dálacar atónito, se notaba un hilo de indignación en su pregunta, y sin poder evitarlo su rostro se puso de un intenso carmesí, producto de la ira.
– No, sin embargo he tomado mi decisión – Fue la firme sentencia del aludido.
– ¡Serás llamado cobarde y conocido como un traidor a nuestra orden, serás acusado de herejía y exiliado de Kalli! – gritó Dálacar, poniéndose de pie de un salto.
– Pues si he de ser un hereje – comentó el clérigo – entonces prefiero ser un hereje con vida. Lo siento, hermano. Pero no todos en Kalli estamos dispuestos a morir por una guerra absurda. Los hechiceros tienen el mismo derecho de existir que nosotros, no veo la razón para exterminarlos, y pienso que Belzar tiene la misma idea. Yo no estoy dispuesto a arriesgar mi vida por una tontería – comento Zaraki aun sentado en aquella roca, con la mirada fija en el suelo, removiendo con una rama las hojas secas que había por su alrededor.
– Yo tampoco – comento Dálacar en tono pausado, tratando de reprimir el coraje que sentía, después de unos instantes comentó – pero creo fielmente en mi Dios y en mi Superior y se que no moriré si ellos dos están de mi lado, o mejor dicho, si tengo el privilegio de pelear en su nombre.
– Quisiera tener una fe tan férrea y sólida como la tuya, Dálacar – suspiró el clérigo. Aun con su mirada baja para no encontrarse con el sabido escrutinio de su compañero.
– Entonces acompáñame, Zaraki. – dijo el clérigo tendiendo una mano a su hermano.
#1021 en Fantasía
#557 en Personajes sobrenaturales
venganza dolor odio rencor, demonios humanos y guerra, magia dioses mundos
Editado: 20.10.2026