Zaraki regresaba sobre sus pasos mientras cavilaba sobre su muy probable futura situación: Si participaba en el combate seguramente moriría pues jamás le había interesado el hecho de adiestrarse en el combate, mucho menos en esgrimir una espada; y sin embargo, si no formaba parte de la batalla se aseguraba el exilio de su tierra materna, lo cual equivalía a la muerte, pues un exiliado era mal visto en el mundo antiguo y nadie osaba acogerlo en sus tierras, ya que hacerlo significaba un mal augurio, incluso los magos se apegaban a esta ley.
El exiliado era abandonado a su suerte por los de su género sin mas salida que la de refugiarse en los valles y bosques de la región, para ser olvidado por siempre.
Mientras el clérigo meditaba sobre este hecho, un ente casi esférico que había pasado inadvertido por los seguidores de Ebek decidió alzar el vuelo nuevamente para ir tras Dálacar.
– ¿Quién está ahí? – gritó Zaraki al escuchar un sonido fuera de lo habitual. El sonido que escucho fue el de un par de alas coriáceas al desplegarse y chocar contra las ramas mas frágiles y escandalosas de los árboles de Maple.
El ente infernal voló con premura para dar alcance al segundo clérigo, haciendo caso omiso de las amenazas e injurias propinadas por su inteligente descubridor, que pese a sus fallidos esfuerzos de lanzar un grito que pudiera alcanzar a su hermano y ponerlo sobre aviso, decidió darle caza a la escurridiza aberración, mismo hecho que a ésta última le tenía sin el mas mínimo cuidado, pues sin un arma capaz de surcar los cielos, no corría peligro mortal, y por mas santo que fuera su perseguidor, estaba seguro que no sería capaz de volar.
Zaraki observó con asombro que el Ojo Diabólico volaba al descubierto y a una altura que se hallaba mucho menos elevada que el de su escondite en las alturas de las copas de los árboles.
Es como si quisiera ser visto a propósito por su víctima – pensó – pero ¿por qué? – se preguntó a sí mismo el último competidor de la carrera. Instantes más tarde encontró su respuesta. Una secuencia de imágenes surgieron de su cerebro y se maldijo a si mismo por tener una imaginación tan premonitoria y perspicaz, fueron imágenes que le hicieron helar su sangre, palidecer su rostro y momentos después exigirle mas velocidad a sus ya cansadas piernas.
Muerto Dálacar, el número de hermanos convocados a la guerra sería reducido a menos de la mitad, y ya que la guerra comenzaría sin ellos, los magos tendrían ventaja sobre los monjes, y al llegar los refuerzos simplemente sería tarde. La raza de los oradores sería sometida y exterminada.
Si, sería una ventaja demasiado apetitosa para el clan de la magia como para dejarla escapar, demasiado perfecta como para no sacrificar una vida – pensó, mientras comprendía en ese mismo instante que ciertamente ese tipo de criaturas infernales poseían una parte de la lógica bélica y retorcida de su creador, y que era precisamente esa lógica la que las hacía actuar y decidir a favor de la causa de su Señor.
Los bosques mágicos de Mistri se encontraban atestados como nunca lo habían hecho en su historia. A lo largo y ancho de sus espesuras se podían observar los múltiples colores que distinguían a cada tipo de mago y hechicero. Los Túnicas Verde representaban a la clase de magos que obtenían su poder de la naturaleza, principalmente de la fuerza de los árboles y los minerales de la tierra. Los Túnica Azul eran el distintivo de aquellos hechiceros que eran capaces de controlar el reino animal a voluntad y absorber sus mejores habilidades por un corto periodo de tiempo, incluso entre ellos era posible, para los más experimentados, realizar un hechizo para transformarse en el animal de su elección. El rojo era el representativo de los nigromantes, seres odiados y temidos por el mundo antiguo por su arte arcano de levantar a los muertos de sus sepulturas, nadie además de ellos sabía con exactitud cual era la fuente de su poder, aunque todo indicaba parecer que este tema era uno de los que el mundo prefería no estar enterado en lo absoluto, sin embargo sus atuendos eran los únicos adornados con runas arcanas y vocablos mágicos en el extremo de sus mangas, capucha y el repulgo de sus túnicas, quizá a modo de protección contra sus propios esbirros. Y finalmente, en las profundidades de los bosques se encontraban los Túnica Negra, misteriosos y lúgubres hechiceros especializados en el arte de absorber el alma y la fuerza espiritual de sus adversarios para usarlos en contra de sus propios cofrades. Se decía que un Túnica Negra era capaz de vivir tanto tiempo como se le antojase pues su propia magia y su ser se alimentaban de las almas absorbidas por sus conjuros.
–Disculpe, Maestro Febos, – dijo un joven nigromante mirando al anciano con curiosidad – Pero ¿no cree que debería ir en busca de más ingredientes? Y no es que yo dude de su sabiduría, pero sinceramente no creo que un par de huesos como esos sean de utilidad en la batalla; y ahora que lo pienso, ¿qué clase de huesos son? No parecen ser de ninguna especie conocida.
–Cierto, Lacarius – contestó el más antiguo de los magos, que se encontraba sentado en el pasto, sin intención alguna de cambiar de sitio – Este tipo de huesos no son famosos por ser abundantes precisamente, y contrario a tus especulaciones, son más que suficientes. Son fragmentos óseos de la salamandra del fuego. Sus huesos son difíciles de encontrar puesto que estos animales son astutos y escurridizos, pues desde tiempos antiguos viven, se reproducen y mueren por debajo de nuestros pies eficazmente, ya ni que decir de encontrarlos con vida. Pero hoy he tenido la fortuna de encontrar su nicho y no pienso moverme de aquí hasta capturarlos a todos. Se dice que las salamandras del fuego, mi joven aprendiz – comenzó a decir Febos a su escéptico oyente – También conocidas como Llamas del Infierno, son animales malditos que fueron desterrados de los cielos desde tiempos inmemoriales y que aún hoy en día son las encargadas de mantener encendida la Llama Eterna del Abismo o eso es lo que cuenta su leyenda, de ahí que provenga su nombre y su mote; por lo tanto, el fuego es un poder inherente a su naturaleza, mas no es éste su único encanto – dijo sonriendo a un Lacarius invadido por la curiosidad – Su piel es venenosa al tacto y su baba mortal. De ahí la utilidad de estas criaturas, joven mago.
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Editado: 20.10.2026