Crown of darkness

Cinquantanove.

Las semanas siguientes fueron una mezcla de rutina y tensión. Angelo había cumplido su palabra y aumentado la seguridad tanto en la mansión como en mi trabajo. Había guardias discretos en el bufete, y aunque mis compañeros no parecían notar su presencia, yo sí. Cada vez que salía a almorzar o caminaba por los pasillos, sentía sus miradas siguiéndome. No eran intrusivos, pero su presencia constante me recordaba que mi vida ya no era tan simple como antes.

Sin embargo, había algo más. Algo que no podía explicar. No eran los guardias de Angelo lo que me hacía sentir vigilada, sino algo más sutil, más escurridizo. Era como si alguien más estuviera observándome, alguien que no pertenecía al mundo de Angelo. Al principio, intenté ignorarlo, atribuyéndolo al estrés o a mi imaginación nuevamente. Pero con el tiempo, la sensación se volvió más intensa, más real.

Una tarde, mientras trabajaba en mi oficina, sentí esa extraña sensación de nuevo. Era como si alguien estuviera mirándome desde la ventana, aunque mi oficina estaba en el tercer piso. Me levanté y me acerqué a la ventana, mirando hacia afuera. La calle estaba tranquila, con la gente caminando apresuradamente y los coches pasando de vez en cuando. No vi nada fuera de lo normal, pero la sensación no desaparecía.

—¿Todo bien, Isabel? —preguntó Carla, mi asistente, al verme parada frente a la ventana.

—SÍ, todo bien —respondí, tratando de sonar calmada—. Solo necesitaba estirar las piernas.

Carla asintió, pero noté que me miraba con curiosidad. Sabía que no podía seguir así, que necesitaba averiguar qué estaba pasando. Pero no quería preocupar a Angelo sin tener algo concreto. Decidí investigar por mi cuenta, al menos hasta tener más información.

Esa noche, mientras cenábamos en la mansión, no pude evitar sentirme distraída. Angelo notó mi silencio y me miró con preocupación.

—¿Isabel? —dijo, tomando mi mano—. ¿Estás bien? Pareces... distante.

—Estoy bien —respondí, sonriendo para tranquilizarlo—. Solo estoy un poco cansada. Ha sido un día largo.

Él asintió, pero no parecía convencido.
—Si hay algo que te preocupa, puedes decírmelo —dijo, su voz suave pero firme—. No quiero que cargues con todo sola.

—Lo sé —dije, apretando su mano—. Y te lo agradezco. Pero de verdad, estoy bien.

Él no dijo nada más, pero su mirada seguía siendo preocupada. Sabía que no podía ocultarle todo por mucho tiempo, pero tampoco quería alarmarlo sin razón. Decidí que necesitaba averiguar más antes de decirle algo.

Al día siguiente, decidí tomar un camino diferente al trabajo. Quería ver si la sensación de estar siendo vigilada persistía. Mientras caminaba por una calle menos transitada, noté que la sensación se intensificaba. Era como si alguien estuviera siguiéndome, pero cada vez que me daba la vuelta, no veía a nadie sospechoso.

—¿Estoy imaginando cosas? —me pregunté, tratando de calmarme. Pero no podía ignorar el nudo en mi estómago, la sensación de que algo no estaba bien.

Al llegar al bufete, decidí hablar con Carla. Ella siempre había sido perspicaz y conocía bien el entorno. Tal vez podía ayudarme a averiguar si había algo raro.

—Carla —dije, cerrando la puerta de mi oficina—. Necesito preguntarte algo. ¿Has notado algo extraño últimamente? Alguien merodeando por el bufete, o algo fuera de lo común?

Carla frunció el ceño, pensando.
—No, nada fuera de lo normal —dijo finalmente—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Crees que hay algo mal?

—No estoy segura —respondí, tratando de sonar calmada—. Solo he tenido una sensación rara últimamente. Como si alguien me estuviera observando.

—¿Crees que podría ser por los guardias de tu marido? —preguntó Carla, bajando la voz.

—No —dije, negando con la cabeza—. Ellos son discretos, pero los reconozco. Esto es diferente. Es como si alguien más estuviera ahí, pero no puedo verlo.

Carla asintió, aunque parecía un poco incómoda.
—Bueno, si necesitas algo, estoy aquí —dijo—. Y si ves algo raro, no dudes en decírmelo.

—Gracias, Carla —dije, sonriendo—. Significa mucho para mí.

Esa noche, al regresar a la mansión, decidí que necesitaba hablar con Angelo. No podía seguir ignorando esa sensación, y si había algo que él pudiera hacer para ayudarme, necesitaba decírselo.

—Angelo —dije, encontrándolo en su estudio—. Necesito hablar contigo.

Él levantó la mirada, y al ver mi expresión seria, dejó lo que estaba haciendo y se acercó a mí.
—¿Qué pasa? —preguntó, tomando mis manos—. ¿Estás bien?

—No lo sé —respondí, sintiendo cómo el miedo comenzaba a apoderarse de mí—. Últimamente, he tenido la sensación de que alguien me está vigilando. No son tus guardias, Angelo. Es algo más. Algo que no puedo explicar.

Él frunció el ceño, y su expresión se volvió más seria.
—¿Desde cuándo? —preguntó, su voz tensa.

—Hace unas semanas —dije—. Al principio pensé que era mi imaginación, pero la sensación no desaparece. Hoy incluso intenté cambiar mi ruta al trabajo, pero seguí sintiéndolo.

Él asintió lentamente, como si estuviera procesando la información.
—No voy a ignorar esto —dijo finalmente—. Voy a investigar. Y hasta que sepamos qué está pasando, no quiero que salgas sola.

—Angelo —dije, tratando de mantener la calma—. No quiero que esto afecte mi vida. He trabajado duro para volver al bufete, y no quiero que todo se vaya al traste por esto.

—Lo sé —respondió, tomando mi rostro entre sus manos—. Y no voy a permitir que eso pase. Pero necesito que estés a salvo. Por favor, confía en mí.

—Confío en ti —dije, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir—. Solo no quiero perder lo que he construido.

—No lo perderás —dijo, abrazándome con fuerza—. Te lo prometo. Pero primero, necesitamos asegurarnos de que estás a salvo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dije, apoyando mi cabeza en su hombro.

Esa noche, mientras nos acostábamos, no pude evitar sentir una mezcla de emociones. Por un lado, estaba agradecida de que Angelo se tomara en serio mis preocupaciones. Pero por otro, no podía evitar preguntarme cuánto más podríamos aguantar así, con la sombra de sus enemigos siempre presente. Y ahora, con esta nueva sensación de estar siendo vigilada, todo parecía más complicado.




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