Cruzada de Sangre - Presagios #3

Capítulo 33

Nieve. Pequeños copos blancos se deslizan cubriendo todo el campo de blanca alfombra. Una joven vampiresa de veinte años pero cuya apariencia no sobrepasa los quince cabalga con calma contemplando con una sonrisa la nieve caer. Lleva una gruesa capucha de tono rojo oscuro, unas largas botas negras y un vestido negro de gruesa tela; me contempla con ciertos aires de victoria por lo que arrugo el ceño fingiendo estar molesta.
 

—No tengo tus habilidades para cabalgar menos en la nieve — refunfuño.
 

—Mamá —masculla Millaray moviendo la cabeza—. Una vampiresa como tú debería siquiera cabalgar con elegancia.
 

Pienso responderle pero mis ojos se detienen en las ruinas del castillo de la bruja. Contrastando con la blanca alfombra el gris edificio de piedra se mantiene en pie a pesar de los años que han pasado.

 

Mi mirada se queda detenida en aquel lugar, el final e inicio, el final de una guerra, el inicio de mi vida sin él. Y aun cuando ha pasado el tiempo no puedo evitar sentir el mismo dolor de aquella vez, la misma desolación, el mismo pesar.

 

—Bueno, ya estamos aquí, querido esposo, otro año más —señalo intentando sonreír.
 

—Vamos mamá, traje muchas flores muy lindas para papá, de seguro él estará feliz de vernos —me sonríe animándome.
 

Le sonrío moviendo la cabeza y cabalgamos hasta llegar a la entrada del castillo. El viejo edificio de piedra luce apacible y confortable a pesar de que cada año parece arruinarse más. La nieve cubre el tejado y las paredes solidas acumulan escarcha entre sus uniones. 
 

Ambos caballos relinchan ante nuestra inmovilidad y el frío. Es imposible no contemplar con fijeza lo que se ha convertido parte de la vida de ambas, aquel castillo que es el lugar en donde duerme nuestro querido Víctor. 
 

Millaray desciende de su caballo.
 

—Ve mamá, necesitan un tiempo a solas, yo luego iré con ustedes —señala tomando las riendas de ambos caballos.
 

Muevo la cabeza afirmando y luego entro a aquel lugar. Hace diez años que tuvimos la batalla contra la brujas y aunque el mundo aparentemente luce más tranquilo algunos vampiros se han vuelto insurrectos comandados por Baltazar. Los dos clanes de vampiros aun existentes han unido sus lazos con los cazadores y las hadas para enfrentar a esta nueva amenaza. Cristóbal es un excelente líder, serio y severo, amable y cariñoso, en tanto Marcos no lo he vuelto a ver hace años, decidió recorrer otras ciudades en busca de sobrevivientes y en busca de si mismo como él lo dijo antes de irse. 

 

El mundo aun no se recupera del todo, seguimos utilizando caballos y carruajes, y aunque luego al parecer tendremos luz eléctrica recuperarse ha sido difícil. Lo cierto es que ahora los humanos reconocen nuestra existencia y aunque vivimos en paz hay voces humanas que se levantan contra nuestra.

 

—No puedo negar que aun sigo pensando en que las cosas hubieran sido mejor si estuvieras a nuestro lado, Víctor —hablo al acercarme al lugar en donde se encuentra la estatua de Víctor y la bruja—. Te extraño, a pesar de los años aun no puedo creer que ya no estas...

 

Y en aquella sala, en aquel lugar de su última batalla, donde el cielo dañado deja pasar la nieve que se cuela al interior cubre de blanco el piso bajo mis pies. El rostro de mi amado vampiro. Cierro los ojos y le sonrío.

 

—He sido fuerte, por ti, por Millaray, por todos, a pesar que muchas veces estuve a punto de caer, ahora te entiendo, ahora entiendo por todo lo que pasaste cuando creíste que yo estaba muerta... —aprieto los dientes guardando silencio. 

 

Siento un ruido y me sobresalto.

 

Desde el otro lado de la estatua veo la sombra de alguien que esta dejando un pequeño ramo de flores a los pies de la estatua. Al sentir mis pasos levanta la cabeza observándome tranquilamente. Es una mujer de cabellos castaños y ojos almendrados de color marrón, me observa con fijeza y sonríe con una familiaridad que me confunde. Lleva una capucha roja que le cubre casi todo el cuerpo y la cabeza. 
 

Entrecierra los ojos en forma amistosa.
 

—¿Quién eres? —le preguntó extrañada tensando mi rostro.
 

Cierra sus ojos.
 

—No hay tiempo para explicar, ya es hora de que las armas se reúnan con sus dueños —arruga el ceño y levanta sus manos contra mí.
 

—¿Que planeas? —retrocedo de un salto con actitud de pelear.
 

—Tu ayuda —murmura con desconsuelo y al ver su semblante adolorido no puedo evitar cambiar mi actitud defensiva confundida por aquella extraña mujer—. Transgressus ratio.
 

Apenas dice estas palabras mi cuerpo se queda paralizado y todo a mi alrededor comienza a difuminarse.
 

"Es hora de que ayudes a papá" escucho la voz de la mujer antes de que la oscuridad la haga desaparecer de mi vista. 

 

No entiendo que pasa ni quién es y porque me ha dicho eso ¿Acaso es Millaray? Pero esa mujer es adulta a diferencia de mi adolescente hija. Sin embargo no alcanzo a aclarar mis ideas cuando una repentina luz irrumpe en la oscuridad obligándome a cerrar los ojos. Cuando logro ver a mi alrededor noto que estoy en un lugar extraño, en una  cueva subterránea al parecer.

 

—¡Catalina! —exclama Francisca corriendo a mi lado.
 

—¿Francisca? ¿Qué haces aquí? ¿Qué es este lugar? —le pregunté sorprendida.
 

—No lo sé, pensé que podrías saberlo, estaba en mi escritorio y repentinamente todo a mi alrededor desapareció, cuando abrí los ojos ya me encontraba en este lugar.
 

—Ha sido un hechizo —interrumpió Arístides apareciendo en el lugar. Ambas lo miramos sorprendidas—. Solo un hechicero muy poderoso sería capaz de hacer algo así.
 

Arrugó el ceño seriamente contemplándome con fijeza.
 




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