Cuando caiga el último telón

Primer vals

La primera nota fue un error.

Al menos eso quiso creer el rey.

El arco del violinista rozó una cuerda y produjo un sonido largo, delicado y extrañamente fuera de lugar. No era desagradable. Tampoco particularmente fuerte. Sin embargo, consiguió abrirse paso entre las conversaciones, las copas chocando y las risas de casi doscientas personas como una aguja atravesando seda.

El rey dejó de escuchar al hombre sentado a su derecha. Permaneció inmóvil, con la copa suspendida a pocos centímetros de sus labios.

Quizá había escuchado mal.

El gran salón del palacio estaba lleno aquella noche. Nobles de diferentes provincias habían viajado hasta la capital para asistir al banquete de invierno. Pendones con los colores de Eldravar descendían desde las paredes de piedra; centenares de velas iluminaban columnas cubiertas de oro y enormes chimeneas luchaban contra el frío que golpeaba los ventanales.

Afuera nevaba.

Adentro sobraban el vino, la comida y las sonrisas.

Entonces llegó la segunda nota.

El rey bajó lentamente la copa.

Aquella sí la reconoció.

Una tercera nota. Después una cuarta. El laúd se incorporó con suavidad y, finalmente, el tambor marcó tres golpes.

Uno.

Dos.

Tres.

—Deténganse.

Los músicos no obedecieron.

—He dicho que se detengan.

El violinista intentó apartar el arco, pero su brazo siguió el movimiento como si otra voluntad lo guiara. Miró con desesperación el atril. No había partituras. Solo una pequeña tarjeta roja.

—Cuando llegamos... ya estaba ahí —murmuró.

El rey ya no necesitaba ninguna explicación.

La melodía era la tonada de entrada de la Caravana Carmesí.

Durante décadas, antes de cada función, aquella música había anunciado la llegada de sus carretas. Los niños corrían detrás de los caballos; los adultos salían de sus casas; los músicos recorrían las calles y los acróbatas caminaban sobre cuerdas tendidas entre balcones.

Había sido una melodía alegre.

Aquella noche alguien la había convertido en un vals lento, casi fúnebre.

Un cascabel sonó desde algún punto del salón.

Tin.

Todos callaron.

Otro cascabel respondió desde arriba.

Los guardias levantaron la mirada.

Una mujer estaba sentada sobre una de las vigas del techo, balanceando tranquilamente una pierna sobre el vacío.

Rojo. Negro. Marfil.

Su traje recordaba a los viejos arlequines de feria, aunque había poco de cómico en ella. Pequeños cascabeles colgaban de sus muñecas, cintura y tobillos. Su rostro estaba cubierto por una fina capa de maquillaje blanco. Bajo un ojo llevaba un rombo negro; bajo el otro, una lágrima roja.

Sonreía.

No como alguien feliz.

Como alguien que conocía el final de un chiste que nadie más había escuchado todavía.

—Shhh —dijo, llevándose un dedo a los labios—. Van a arruinar mi entrada.

Miró a los músicos.

—Continúen.

El violinista obedeció.

La mujer se puso de pie sobre la viga.

—Damas, caballeros... y aquellos cuya clasificación todavía estoy considerando: buenas noches.

Hizo una reverencia imposible.

Y saltó.

Los gritos estallaron.

La mujer atrapó una larga tela decorativa, giró alrededor de ella y cayó sobre una mesa. Platos, cubiertos y copas saltaron. Ella se mantuvo perfectamente equilibrada.

Probó una copa de vino.

—Ácido.

Miró al anfitrión.

—Como la hospitalidad.

Los guardias avanzaron.

—Siempre llegan aquí —suspiró.

Dos soldados subieron a la mesa. El primero atacó. Ella inclinó el cuerpo y la espada pasó a centímetros de su nariz. Cuando el segundo intentó atraparla, la mujer le vació una jarra de vino al primero.

—Caballero, no debería beber durante el servicio.

Desapareció bajo el mantel, derribó a un guardia tirando de su tobillo y apareció por el otro extremo. Le quitó la espada al segundo, comprobó el peso y se la devolvió.

—Horrible. Demasiado pesada.

Una patada lo lanzó contra una silla.

La mujer hizo una reverencia.

Uno.

Dos.

Tres.

No corría hacia la salida.

Avanzaba hacia el rey.

—¡Proteged a Su Majestad!

Los guardias formaron una línea.

Ella los contó con los dedos.

—Uno, dos, tres, cuatro... cinco, seis... Oh. Ahora sí se están esforzando.

El rey no retrocedió.

—¿Qué quieres?

La sonrisa desapareció apenas un instante.

—Eso suena mucho mejor.

Una nube blanca explotó a los pies de los soldados. Cuando el humo desapareció, la arlequina ya no estaba frente a ellos.

Tin.

El rey giró.

La mujer estaba a su lado.

Al verla de cerca, el monarca comprendió por fin.

Siete años. Fuego. Nieve. Una muchacha cubierta de hollín corriendo entre las carretas.

—Tú.

Ella ladeó la cabeza.

—¿Yo?

—Sobreviviste.

—Últimamente la gente parece muy decepcionada por eso.

El rey respiró lentamente.

—Seraphine.

Algo cambió en sus ojos.

Durante un instante el palacio desapareció para ella. Hubo humo. Gritos. Una carreta ardiendo. Una voz que le ordenaba no salir.

Entonces el salón regresó.

—Vaya —murmuró—. Me recuerdas.

—Lo que ocurrió con la Caravana Carmesí...

Seraphine levantó una mano.

—Todavía no.

Extendió la otra.

—Primero bailamos.

—No.

—Conoces esta melodía. La tocaron aquí mismo hace siete años, antes de que nos invitaras a actuar. Aquella noche mi familia bailó para ti. Esta noche tú bailarás para mí.

El rey terminó aceptando su mano.

—Sabía que tenías modales.

Los músicos transformaron la antigua tonada en un vals oscuro.

Seraphine colocó una mano sobre el hombro del rey y comenzó a moverse.

Uno.

Dos.

Tres.

—¿Qué quieres? —preguntó él.

—Que recuerdes.

—La Caravana Carmesí no conspiraba contra ti —continuó Seraphine—. Cerraron los caminos. Rodearon las carretas. Prendieron fuego a las tiendas mientras todavía había personas dentro.



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En el texto hay: fantasia oscura, arlequina, circo

Editado: 04.10.2026

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