Cuando Dejé de Buscarte

7 - Viejos fantasmas, nuevos comienzos

POV: Charlotte Whitmore

Tres años. Mil noventa y cinco días exactos desde que Charlotte cruzó el Atlántico con el alma hecha pedazos, los pulmones ardiendo por el aire helado y una maleta cargada de culpas que no le pertenecían.

Ahora, sentada en una íntima y cálida cafetería de Marylebone, mientras la llovizna londinense empañaba los cristales, la mujer que devolvía la mirada desde el reflejo oscuro de su espresso doble era una absoluta desconocida para aquella chica que huyó bajo la tormenta de nieve. Ya no había hombros encorvados ni miradas inseguras. Lottie caminaba con la espalda recta, la barbilla en alto y una seguridad inquebrantable que solo emana de quien ha tenido que reconstruir cada uno de sus cimientos con sus propias manos.

La vida en Londres le había devuelto el timón de su propia existencia. A su lado, pasando las páginas de un libro antiguo con calma y lentitud, estaba William. Su relación —sólida, madura, envuelta en un respeto mutuo y, sobre todo, libre de las tormentas tóxicas que casi la destruyen en el pasado— era la prueba viviente de que Lottie había aprendido a elegir la paz por encima del caos. Él era un puerto seguro; el hombre que no exigía, que no quemaba, que simplemente estaba.

El teléfono vibró de pronto sobre la mesa de mármol, rompiendo el hipnótico murmullo del local y el suave jazz que sonaba de fondo. El aparato zumbó una, dos, tres veces, deslizándose unos milímetros con urgencia.

Olivia Davis.

Lottie sintió un pinchazo de afecto en el pecho y una sonrisa curvó sus labios pintados de carmín.

—¿A qué debo el honor? —contestó, apoyando la espalda contra el asiento de terciopelo verde, sabiendo perfectamente que un huracán estaba a punto de desatarse al otro lado de la línea.

—A que me voy a casar y la mujer que se supone que es mi mejor amiga lleva tres días ignorando mis mensajes.

—He estado trabajando, Liv. Los cierres trimestrales no perdonan.

—Mentira.

—Bueno, un poco.

—Charlotte Whitmore.

El uso de su nombre completo fue como un chasquido. Lottie soltó una carcajada suave que hizo que William levantara la vista de sus páginas, regalándole una de esas sonrisas lentas y cómplices que le alisaban el alma.

—¿Qué quieres, Liv? —preguntó Lottie, bajando la voz.

—Tu presencia obligatoria, física y espiritual, en mi despedida de soltera. Y en la boda. Y en las pruebas del vestido. En todo.

Lottie sintió que el aire se volvía repentinamente denso. Nueva York. Volver a Nueva York. Durante tres años, había evitado pisar la costa este de los Estados Unidos.

—Liv... sabes que es complicado.

—No acepto excusas.

—Vivo en otro continente. Tenemos un océano de por medio.

—Tienes un sueldo excelente en esa firma londinense.

—Liv.

—Tienes un pasaporte británico y uno americano, no necesitas visa.

—Liv, por favor.

—Y además trabajo en finanzas, Charlotte. Ya calculé cuánto cuestan el vuelo, el hotel y los taxis desde el JFK. Te lo pago yo, si tu orgullo te lo permite, pero vienes.

Lottie se echó a reír con ganas, pero esta vez había un leve temblor en su exhalación. Absolutamente nada había cambiado en Manhattan; ni la obstinación feroz de Olivia ni su capacidad para convertir cualquier conversación en una negociación imposible de ganar.

—Lo pensaré —comentó Charlotte, intentando mantener una falsa compostura mientras trazaba el borde de su taza con la yema del dedo.

—No —respondió contundente Olivia, con un tono que no admitía réplica—. No lo pensarás.

—¿Y entonces? —replicó Lottie, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba.

—Vas a venir. Porque si no vienes, cruzaré el océano Atlántico, te arrastraré por el aeropuerto de Heathrow por esa preciosa melena cobriza que tienes, y te sentaré en la primera fila de la iglesia.

—Eres insoportable.

—Lo sé. Y por eso me amas.

Un silencio cómodo, pero cargado de un peso invisible, se instaló entre ambas. Era esa complicidad intacta a pesar de las millas, de los husos horarios y de los fantasmas. William cerró su libro suavemente. Estiró la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos cálidos con los de Lottie, apretando con suavidad. Sus ojos azules parecían decirle: Estás lista. Ya no hay nada a lo que temer.

Lottie miró a William, luego miró la lluvia tras el cristal, y finalmente dejó escapar un suspiro que sonó a rendición, pero se sintió como una liberación. Por primera vez en tres años, descubrió que la idea de regresar a la ciudad de los rascacielos ya no le provocaba pánico, ni náuseas, ni aquella opresión en el pecho que la dejaba sin aire. Solo sentía una ligera y madura nostalgia.

—Está bien, Liv —cedió al fin, devolviéndole el apretón a su novio—. Estaré en Nueva York. No me perdería tu despedida de soltera ni aunque el Atlántico se congelara. Y con James Harrington haciendo de novio nervioso y perfeccionista, seguro que será un espectáculo digno de ver.




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