Cuando Dejé de Buscarte

8 - Intervención amistosa

POV: Nathaniel Sinclair

Las manecillas del reloj de pared marcaban las siete y media de la tarde, pero para Nathaniel Sinclair, el tiempo había dejado de tener un significado real hacía exactamente dos años y dos meses. Revisaba por tercera vez el mismo informe financiero, buscando en las cifras frías, ordenadas y estériles un refugio temporal contra el caos invisible que lo devoraba por dentro.

Desde la muerte de Evelyn, su vida se había reducido a un tétrico reloj suizo de precisión milimétrica, diseñado únicamente para sobrevivir, no para vivir: la oficina, los balances, la mansión silenciosa que resonaba a ecos del pasado, y los cuidados obsesivos, casi desesperados, hacia su hija. Había convertido el trabajo en una armadura de titanio y la soledad en su única compañera de confianza. Era el CEO implacable de día, y un fantasma deambulando por pasillos oscuros de noche.

Un par de golpes secos contra la pesada puerta de caoba de su despacho rompieron el silencio sepulcral. Los nudillos no esperaron un ápice de cortesía ni permiso.

—No —dijo Nathaniel, sin siquiera levantar la vista de los papeles.

James Harrington no se detuvo. Giró el pomo y cruzó el umbral con la soltura arrogante de quien pisa su propia casa, trayendo consigo un torbellino de energía que desentonaba brutalmente con el aire asfixiante de la oficina.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir, idiota.

—Si implica que cruce esa puerta hacia el mundo exterior, la respuesta sigue siendo un rotundo no, James.

James soltó un bufido dramático y dejó caer su cuerpo sobre el sillón de cuero frente al escritorio, cruzando las piernas. Lo observó durante unos segundos en silencio.

—Dios mío, qué hombre tan aburrido y patético te has vuelto, Sinclair. Pareces una gárgola de mármol. Alguien debería comprobar si aún tienes pulso.

—Tengo trabajo acumulado. El mercado asiático abre en un par de horas.

—Son casi las ocho de la noche de un puto viernes.

—Precisamente por eso. No hay interrupciones. Excepto tú.

—Llevas aquí encerrado desde las siete de la mañana, respirando polvo de papel, bebiendo café intomable y rindiéndole culto a tu propia miseria —replicó James, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

Nathaniel ni se inmutó; su rostro permaneció tallado en piedra mientras su pluma fuente continuaba deslizándose con firmeza, firmando contratos que valían millones pero que no le importaban en lo absoluto.

—¿Tienes algún problema urgente o solo vienes a fastidiar mi productividad?

—Sí.

—¿Cuál de los dos?

—Tú. Eres mi problema. El hecho de que te estés pudriendo en vida frente a mis propios ojos y esperes que me quede aplaudiendo.

Nathaniel detuvo el movimiento de la mano. La pluma quedó suspendida sobre el papel, manchando el margen con una minúscula gota de tinta negra. Levantó la vista lentamente, y su mirada fue un filo de hielo puro, cargada de una advertencia letal.

—Qué dramático te pones cuando se acerca tu boda.

—No —James no retrocedió, sosteniéndole la mirada—. Dramático fue Adam cuando descubrió que rechazaste ir a la final de la NBA el mes pasado, poniendo la excusa más patética de tu amplio repertorio de mentiras corporativas.

—Tenía cosas que hacer. Una fusión importante.

—¿Y la cena de cumpleaños de Louis a la que faltaste?

—Tenía cosas que hacer.

—¿Mi cumpleaños número treinta?

—Tenía cosas que hacer, James.

—¿La barbacoa en la casa del lago?

Nathaniel apretó la mandíbula.

—...

—¿La cena benéfica de la fundación? —insistió James, su voz perdiendo el tono burlón, volviéndose más oscura—. Esa era importante, Nate. Y no fuiste.

—...

—¿La inauguración del club náutico? ¿El bautizo del sobrino de Adam?

Nathaniel soltó un suspiro denso, frotándose el puente de la nariz con un cansancio que le calaba hasta los huesos. Le dolía la cabeza, le dolían los ojos, le dolía respirar.

—Creo que ya entendiste el maldito patrón, James. Puedes ahorrarte el interrogatorio. No soy un criminal.

James se levantó de golpe, plantando ambas manos sobre el escritorio de Nathaniel, invadiendo su espacio, obligándolo a confrontar la verdad.

—Sí, lo entendí.

—Bien por ti. Ahora lárgate y déjame trabajar.

—El patrón es que llevas dos malditos años escondiéndote del mundo detrás de una pila de contratos y trajes de cinco mil dólares. Estás usando tu dolor como un puto escudo, y estoy harto de verte desaparecer.

El silencio cayó en el despacho con la pesadez de una losa de concreto.




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