POV Nathaniel Sinclair
La fachada oscura, imponente y blindada del Marquee New York se alzaba sobre la Décima Avenida como una fortaleza inexpugnable, recortándose contra un cielo plomizo que amenazaba con ahogar Manhattan bajo una tormenta helada.
Afuera, el frío cortaba la piel, pero las interminables filas de personas detrás de las vallas de terciopelo y metal. Los guardias de seguridad, revisaban las listas exclusivas en sus tablets, despachando con un simple movimiento de barbilla a cualquiera que no portara el apellido correcto, el contacto adecuado o una reservación de cinco cifras.
—Me sigue pareciendo una absoluta y patética estupidez que necesites una maldita recomendación para cruzar una simple puerta de madera —comentó Adam, ajustándose los gemelos de zafiro de su camisa con una mueca de fastidio, exhalando una nube de humo blanco.
—Por eso mismo te fascina venir aquí, Adam. Porque te alimenta el ego saber que tú no necesitas pedir permiso —replicó Louis con una sonrisa cínica, dándole una última calada a su cigarrillo antes de aplastarlo contra el asfalto.
—No lo niego ni por un segundo. Soy un esclavo de mis propios privilegios.
James soltó una carcajada seca, negando con la cabeza mientras se ajustaba el abrigo.
—Dense prisa y caminen de una vez, antes de que a Adam se le congele la paciencia e intente sobornar al portero con las llaves del Aston Martin.
Los cuatro atravesaron la entrada VIP sin un solo contratiempo, sin detenerse a mirar a los mortales que quedaban atrás.
Dos horas más tarde.
El interior del club era un asalto directo a los sentidos. La música electrónica vibraba desde los cimientos, un pulso frenético y oscuro de bajos que no se escuchaba, sino que golpeaba directamente contra el esternón. Las luces estrobo cortaban la penumbra en ráfagas de neón azul, carmesí y violeta, bañando a la marea de cuerpos que se retorcían en la pista principal.
Desde la zona privada del segundo nivel —un reservado semicircular protegido por cortinas de terciopelo oscuro y flanqueado por dos guardias personales—, el aire pesaba, saturado de feromonas, champaña derramada y perfumes que costaban más que el salario anual de un oficinista. Desde allí arriba, apoyados en la barandilla de cristal templado, se podía dominar el caos de la pista inferior como emperadores romanos evaluando su propio coliseo.
Adam acababa de vaciar su segundo vaso de Macallan de un solo trago cuando algo al otro extremo del inmenso balcón capturó su atención, paralizando su movimiento.
—Espera un maldito segundo.
Louis levantó una ceja, girando lentamente el hielo en su vaso de cristal.
—Ese tono nunca termina bien, Adam. ¿Qué rompiste ahora?
—¿Esa de ahí abajo no es Olivia?
James giró la cabeza, siguiendo la trayectoria del dedo de su amigo. En el extremo opuesto del nivel superior, separado por un abismo de luces tenues y sonido ensordecedor, un grupo de mujeres reía animadamente alrededor de una mesa de mármol que gemía bajo el peso de botellas de cristal iluminadas con bengalas y cubos de plata repletos de Dom Pérignon.
—Sí —respondió James, conteniendo una sonrisa afilada.
—¿Me estás diciendo que tu prometida está celebrando su despedida de soltera exactamente en el mismo maldito club y a la misma hora que nuestra despedida de soltero? —inquirió Adam, entrecerrando los ojos con suspicacia.
—Una feliz y calculada coincidencia —respondió James con una tranquilidad exasperante, dándole un sorbo a su trago.
Louis soltó una carcajada sonora, echando la cabeza hacia atrás.
—Sabía que había gato encerrado. Ninguna coincidencia en esta ciudad es tan jodidamente perfecta.
—Liv solo quería asegurarse de que no termináramos tras las rejas de la comisaría o demandados por destrucción a la propiedad antes de la boda. El pago de una fianza arruinaría sus planes nupciales.
—Qué poquísima fe nos tiene tu futura esposa, James.
—Conociendo tu historial con el Departamento de Policía de Nueva York, Adam, la entiendo con absoluta perfección.
—Completamente ofensivo y fuera de lugar.
Pero Adam ignoró el comentario con rapidez, porque su radar ya se había desviado por completo. Había perdido el hilo de la conversación, atraído por una fuerza irresistible. Sus ojos, depredadores y expertos, se habían fijado en aquel grupo de mujeres.
—Entonces respóndeme algo con total sinceridad y sin rodeos.
James siguió la dirección exacta de su mirada. En cuanto identificó el blanco de la curiosidad de Adam, una sombra de pura y perversa diversión cruzó su rostro.
—Ah... —murmuró James, dejando escapar una media sonrisa letal.
—¿Ah, qué? ¿Qué significa ese "ah"? —exigió Adam, golpeando la barra con los dedos.
—Ya entendí por dónde va tu mente. Y créeme, estás caminando en un campo minado.
—¿Quién diablos es ella?
Entre aquel racimo de mujeres vestidas con alta costura, había una figura que simplemente anulaba por completo al resto del lugar. Absorbía la luz, la energía y el aire.
Tenía el cabello cobrizo, una cascada que caía como fuego y sedoso sobre sus hombros desnudos. Llevaba un vestido dorado, de seda y corte impecable, que se ceñía a cada curva de su silueta con una sensualidad tan natural que resultaba violenta. Su espalda permanecía recta, altiva, sostenía una copa de champaña con una delicadeza entre sus dedos largos.
Y su risa... Incluso a través del estruendo del club, se podía intuir la efervescencia de esa carcajada genuina, cristalina, que iluminaba sus facciones cada vez que Olivia se inclinaba para susurrarle algo al oído.
—Charlotte Whitmore —respondió James con una naturalidad estudiada.
Adam soltó un silbido, reverencia, incapaz de apartar los ojos de la mujer.
—Vaya, por el amor de Dios.
Louis observó a la pelirroja en silencio durante un par de segundos, deteniendo por completo el movimiento oscilante de su vaso. Tragó saliva.