Cuando Dejé de Buscarte

10 - Ojos grises

POV: Charlotte Whitmore

La mañana de la boda de Olivia amaneció con un sol radiante iluminando los rascacielos de Manhattan, aunque el viento de diciembre soplaba con fuerza, recordando que el invierno ya estaba allí. En la suite del hotel, el ambiente era pura calidez y movimiento. El aroma a fijador de cabello y a flores frescas lo inundaba todo mientras el equipo de estilistas atendía a la novia.

Alejada del ajetreo, Lottie se contemplaba frente a un espejo de cuerpo entero. Llevaba un vestido de seda negro que se ceñía a su figura con elegancia, haciendo destacar su cabello cobrizo. Estaba abrochándose uno de los pendientes de diamantes cuando la pantalla de su teléfono se iluminó sobre el tocador.

Era William.

Una sonrisa sincera, nacida de esa paz que tanto le había costado alcanzar, le curvó los labios. Deslizó el dedo por la pantalla para contestar.

—¿Aterrizaste al fin? —preguntó con voz suave, tratando de hacerse oír sobre el murmullo de las damas de honor—. Te extrañé anoche en la cena de ensayo. Tu lugar vacío me hacía falta.

Al otro lado de la línea se escuchaba el bullicio de la terminal de un aeropuerto, seguido por el suspiro frustrado de su novio.

—Lottie, mi amor, lo siento tanto. Hubo un fallo técnico en el avión en Heathrow. Acabo de embarcar, pero llegaré directamente a la recepción en la noche. No hay forma de que alcance la ceremonia en la iglesia.

Lottie cerró los ojos un segundo, sintiendo una leve punzada de decepción. Le habría gustado tenerlo a su lado en los bancos de madera, afianzando su presente. Sin embargo, exhaló despacio y acomodó un mechón rebelde sobre su hombro.

—No te preocupes, de verdad. Lo importante es que el vuelo sea tranquilo y que llegues bien. Te guardaré un sitio a mi lado.

—Eres increíble. Disfruta mucho por mí y dale un abrazo enorme a Olivia. Te amo. Nos vemos en unas horas, hermosa.

—Y yo a ti. Buen viaje.

Al colgar, Lottie volvió a mirarse al espejo. Respiró hondo y enderezó la espalda. Frente a ella ya no estaba la joven rota de hacía tres años; la mujer que le devolvía la mirada era fuerte y segura. Ya no le temía a su reflejo ni a las sombras del pasado. Estaba lista.

El trayecto hacia la iglesia transcurrió entre risas y nervios compartidos. Al llegar, la enorme escalinata de mármol blanco era un hervidero de invitados. Hombres con traje de gala, mujeres en vestidos elegantes y fotógrafos buscando la mejor toma bajo la brisa helada.

Lottie empezó a subir los escalones. Su taconear firme marcaba el paso. Sentía el viento mover el bajo de su vestido negro y, por un momento, cerró los ojos para disfrutar de la calma que sentía. Se sabía a salvo. Era feliz.

O al menos eso creyó hasta llegar a la mitad de la escalinata.

De pronto, como un pequeño torbellino, una figura diminuta salió disparada de entre la multitud.

Antes de que Lottie pudiera reaccionar, una niña de unos dos años y medio, vestida con un esponjoso vestido blanco de pajecita, chocó de lleno contra sus piernas. El impacto hizo que la pequeña perdiera el equilibrio y, con un gemido de sorpresa, comenzara a caer hacia el frío suelo de mármol.

Sin importar el vestido de diseñador ni los tacones, el instinto de Lottie la hizo reaccionar a toda velocidad. Extendió los brazos y logró atraparla justo a tiempo.

Lottie soltó un suspiro de alivio y la abrazó con cuidado.

—Tranquila, pequeña, despacio —le susurró con dulzura, revisándole las manos y las rodillas para comprobar que no se hubiera hecho daño—. ¿Estás bien? Ya pasó, no te hiciste nada.

La niña, que apretaba un muñeco de peluche desgastado contra el pecho, levantó la carita. Lottie se quedó inmóvil. La pequeña no lloraba; en cambio, la observaba con curiosidad, parpadeando despacio.

Eran sus ojos. Unos ojos grandes, expresivos, de un gris tan intenso que a Lottie se le cortó la respiración. Una coincidencia, pensó de inmediato. El mundo estaba lleno de ojos grises.

Entonces sucedió.

Una voz masculina, grave y profunda, resonó por encima del murmullo de los invitados y del tráfico distante. Tenía ese matiz de autoridad firme capaz de captar la atención de cualquiera al instante.

—Amelia, ten cuidado, te he dicho que no corras…

Esa voz.

El impacto fue inmediato.

El aire se le escapó de los pulmones y sintió que el suelo tambaleaba bajo sus pies. Sus dedos se apretaron contra el tul del vestido de la niña mientras los recuerdos y la confusión la invadían de golpe.

Amelia.

El nombre retumbó en su mente.

Con lentitud, casi sin poder creerlo, levantó la vista.

Primero vio los zapatos de piel negra a pocos pasos de ella. Luego, las líneas impecables de un traje oscuro, unas manos grandes tensas en puños, una camisa blanca perfecta... y, finalmente, el rostro.

El tiempo se detuvo. El entorno pareció desaparecer, dejándola atrapada en un silencio absoluto.

Ahí estaba. La mandíbula marcada, el cabello oscuro ligeramente despeinado por el viento, y esa misma mirada inconfundible y tormentosa que la había perseguido en sus pesadillas durante tres largos años.

Lottie sintió que el mundo se le venía abajo al encontrarse de frente, sin escapatoria posible, con los ojos grises de Nathaniel Sinclair.

✨✨✨

Después de tres años, por fin están frente a frente otra vez.

¿TeamWilliam o TeamNathaniel? Los leo 🫣

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