POV: Charlotte Whitmore
El tiempo se detuvo sobre el frío mármol de la escalinata y un silencio denso pareció devorarlo todo.
Lottie seguía de rodillas, sosteniendo con suma delicadeza a la pequeña Amelia. Le temblaban las manos, traicionando la fachada de mujer fuerte que tanto le había costado construir, y el aire se le atascó en la garganta.
A solo dos metros, Nathaniel Sinclair permanecía inmóvil. La brisa invernal le despeinaba el cabello oscuro, pero el resto de su cuerpo parecía tallado en piedra. Tenía el aliento cortado y la mirada —esos profundos ojos grises que alguna vez fueron el refugio de Lottie— fija en ella.
Ninguno sabía qué hacer. El mundo seguía girando a su alrededor con una normalidad indiferente: los invitados charlaban entre risas, el tráfico de Manhattan rugía a lo lejos y los fotógrafos lanzaban ráfagas de luz. Pero para ellos, todo se reducía a ese minúsculo y asfixiante metro de distancia. El pasado acababa de desplomarse sobre sus hombros en un segundo.
Fue Amelia quien rompió la tensión. La niña parpadeó, ladeó la cabeza con inocencia y, al ver la figura imponente que se alzaba ante ellas, soltó el muñeco que llevaba y levantó los brazos hacia él con una gran sonrisa.
—Papá…
Lottie sintió que el corazón se le detenía antes de volver a latir con violencia.
Papá.
La palabra resonó en sus oídos como un golpe directo. La realidad la atravesó de golpe, fría y despiadada: los años habían pasado. Mientras ella intentaba recoger sus pedazos en Londres entre terapias y llantos de madrugada, Nathaniel había seguido adelante. Había formado una familia, construyendo un hogar y una vida sobre lo que alguna vez compartieron.
Nate reaccionó de inmediato. Levantó a la pequeña en brazos por puro reflejo, aferrándola contra su pecho. Aunque enterró el rostro un segundo en el cabello de la niña, sus ojos grises no se apartaron de Lottie. Parecía aterrorizado de que, si parpadeaba, ella fuera a desaparecer.
El silencio entre los dos pesaba como una losa, lleno de palabras no dichas y promesas rotas.
Nate tragó saliva con dificultad. Se le tensó la mandíbula hasta marcarse bajo la piel, un gesto que Lottie reconoció al instante: la señal clara de que estaba librando una batalla interna.
Entreabrió los labios, dudando, hasta que su voz ronca, grave y con un temblor imperceptible rompió el hechizo:
—Hola, Charlotte.
Escuchar su nombre completo fue un golpe directo al pecho. Lottie apretó las manos contra el vestido, clavándose las uñas en las palmas. Necesitaba ese dolor para anclarse al presente y recordarse que ya no era la joven frágil de hace tres años. Lo miró a los ojos, alzó la barbilla con firmeza y respondió con una calma glacial:
—Hola, Nathaniel.
Nate dio un paso al frente en un intento desesperado por acercarse, extendiendo una mano como si necesitara decir algo más. Pero en ese instante, el órgano de la iglesia comenzó a sonar y los coordinadores apresuraron a los invitados para dar inicio a la ceremonia.
Con un nudo en la garganta y la mirada oscurecida por una marejada de emociones, Nate tuvo que dar media vuelta y caminar hacia la enorme puerta de caoba con la niña abrazada a su cuello.
Lottie se quedó sola en la escalinata, sintiendo que el suelo cedía bajo sus pies. Respiró hondo, se tragó las lágrimas, contuvo el temblor de sus manos y obligó a sus piernas a moverse para entrar a la iglesia.
Sobrevivió a la misa por puro milagro. Sentada en uno de los primeros bancos, sentía la nuca ardiendo por la constante certeza de tenerlo a pocos metros, en el altar. Mientras Olivia y James juraban amarse para siempre, Lottie no podía evitar mirar de reojo el perfil tenso de Nathaniel, quien cumplía en silencio su rol de padrino de honor. Cada vez que él giraba levemente la cabeza, ella clavaba la vista en el libro de oraciones, sintiendo que le faltaba el aire.
Al terminar la ceremonia, mientras los novios salían al atrio entre pétalos blancos y destellos de cámaras, la verdadera tormenta se desató en su interior.
Horas más tarde, el salón de recepciones rebosaba de vida. La velada transcribía entre brindis con champán, suaves notas de jazz y el elegante tintineo de las copas.
Lottie simulaba escuchar una conversación sobre inversiones que Louis, un amigo del novio, mantenía cerca de su mesa. Asentía y sonreía por cortesía, pero su mente estaba en otra parte. Por más que intentaba dominarse, sus ojos volvían una y otra vez, como atraídos por un imán, al mismo punto.
A él.
Nathaniel estaba al otro extremo del salón, ajeno a los empresarios y mujeres de la alta sociedad que intentaban saludarlo. Amelia descansaba sentada en su regazo mientras él, con una paciencia infinita que a Lottie le oprimía el corazón, le daba pequeños trozos de pastel de bodas. La niña reía a carcajadas cada vez que lograba quitarle el tenedor.
Y Nathaniel sonreía con ella. Una sonrisa auténtica, breve y cansada, pero real.
Lottie sintió una punzada afilada en el pecho. Jamás lo había imaginado así. No lo veía como el implacable ejecutivo de Wall Street ni como el distante heredero del imperio Sinclair; tampoco como el hombre que, tres años atrás, la había rechazado con frialdad.
Lo veía simplemente como un padre.
Observó cómo Amelia se abrazaba a su cuello con timidez cuando una mujer intentó tomarla en brazos, y la ternura con la que Nathaniel la calmaba, besándole la sien. Notó cómo la niña, incluso al jugar en el suelo, buscaba su figura constantemente con la mirada, como si él fuera su único refugio.
Y entonces la misma duda volvió a rondarle la cabeza, carcomiéndole los nervios. ¿Dónde estaba Evelyn?
A juzgar por la complicidad entre padre e hija, esa niña no se separaba de Nathaniel ni un instante. Eran un equipo inseparable. Y sin embargo, en el evento social más importante del año, no había rastro de su esposa.